por Marco Ornelas *

I.

Robert William Hale Hardy fue un viajero inglés que visitó México entre 1825 y 1828, como comisionado de la General Pearl and Coral Fishery Association de Londres, con la finalidad de buscar bancos de perlas en el mar de Cortés y, de encontrarlos —que no fue el caso—, negociar los mejores términos para su explotación. El libro de Hardy fue publicado en 1829, ya de regreso a Inglaterra (existe una traducción española de Antoinette Hawayek: Viajes por el interior de México en 1825, 1826, 1827 y 1828 [México: Trillas, 1997]).

Pareciera que la literatura de viajes fue muy socorrida por los ingleses del siglo XIX, según puede deducirse de la edición original (londinense) de Colburn & Bentley, donde al final del volumen se hace publicidad de relatos de viajes publicados por la misma casa editora a los lugares más recónditos del planeta: México, Rusia, Turquía, Egipto, Palestina, Siam (hoy Tailandia), Estados Unidos, Canadá, Persia, Arabia, Perú, Sudáfrica y la India.

La literatura de viajes se desarrolló en paralelo con el Grand Tour practicado por aristócratas europeos y no tardó en ver el nacimiento y desarrollo de la antropología social inglesa. Treinta años después del viaje de Hardy a México, el considerado precursor de la antropología social, Edward Burnett Tylor —conocido por Primitive Culture (1871)— viajaría también a México y escribiría su primer libro: Anahuac: Or Mexico and the Mexicans, Ancient and Modern (1861). Con esto echaría a andar una larga tradición de pensamiento social dependiente de la observación naturalista, influenciada por el pensamiento ilustrado: James George Frazer, La rama dorada (1890); Bronislaw Malinowski, Los argonautas del Pacífico occidental (1922), y Edward Evans-Pritchard, Brujería, magia y oráculos entre los azande (1937).

Que si Hardy forma parte de la literatura de viajes tan en boga en el siglo XIX, o que si esta literatura no tardó en presenciar el nacimiento y desarrollo de la antropología social, no es otra cosa que una observación “de segundo orden”, es decir, observar a quien observa (en este caso, a Hardy). Otras observaciones de segundo orden nos las proporcionan, por un lado, Alfredo Ávila, para quien Hardy es, entre otras cosas, un observador romántico y prejuiciado por el conflicto anglo-hispano que inicia en el siglo XVI y, por el otro, Manuel Ferrer, quien enfatiza los prejuicios antiespañoles y anticatólicos entre extranjeros (ambas reflexiones, para mayor referencia, se encuentran en La imagen del México decimonónico de los visitantes extranjeros: ¿Un estado-nación o un mosaico plurinacional?, compilación de Manuel Ferrer[México: UNAM (Instituto de Investigaciones Jurídicas), 2001]).

Juego de espejos: la observación de segundo orden (El retrato de Arnolfini, Jan van Eyck, 1434).
Juego de espejos: la observación de segundo orden. El retrato de Arnolfini, Jan van Eyck, 1434.

¿Qué descripciones nos ofrece Hardy de México? Por motivo de su viaje, buena parte de las observaciones (de primer orden) que proporciona son sobre las ciudades, los personajes, la sociedad y los indios del estado de Occidente (los actuales estados de Sinaloa y Sonora, con asiento de poderes en El Fuerte), aunque no solamente. Por ejemplo, al referirse a la ciudad de México, observa:

Alguien que jamás ha estado en México no puede imaginar las mezquinas intrigas que diariamente inflaman las pasiones del que las fragua […]. Un puesto en el gobierno, el que depongan a alguien de un cargo, la elección de un diputado, de un alcalde o de un comandante; una señora, la compra de un caballo, una mula o un coche, la contratación de un criado; un libro, una publicación, un vestido, o un confesor, son todos objeto de gran interés para las personas que se dedican a intrigar en México. No hay nada ni demasiado importante ni demasiado trivial que no sirva para alimentar esa pasión; lograr su satisfacción constituye el primum mobile, y ocupa el tiempo y el pensamiento de una gran parte de los habitantes de la famosísima Tenochtitlán [Viajes por el interior de México, 354].

Con la misma frialdad con la que Hardy observa defectos es capaz de prodigar alabanzas, como en el caso de José María Luis Mora, con quien coincide en la tertulia de la biblioteca del señor Ackermann, que se celebraba diariamente de las 10 de la mañana a las tres de la tarde. Éste es el perfil y la opinión que le merece Mora:

 […] tiene unos 30 años de edad, y es pálido y lánguido como tantos hombres de mucho talento y conocimientos literarios. Escribe con mucha pureza, fuerza y elegancia, y su capacidad para la observación es mayor que para la conversación. Pero cuando dice algo, es siempre edificante y todo el mundo lo escucha con interés. Es de naturaleza amable, pero su entusiasmo por la política quizá sea excesivo. Creo que el doctor Mora posee la mejor biblioteca de literatura en México [355].

A su llegada a México, a mediados de 1825, Hardy logra entrevistarse con Guadalupe Victoria, quien “es un hombre de regular estatura y no daba la impresión, no sé si debido a su mala salud o a la capa que llevaba, de poseer el desarrollado instinto militar y la energía que, en principio, debe tener el hombre que el sufragio popular de toda la nación ha llevado a ocupar tan alto puesto”. Poco después logra entrevistarse con Lucas Alamán, ministro de Relaciones Exteriores y director de una asociación minera, puestos que le parecen incompatibles (“Lo mismo pensó el presidente más tarde”). En su opinión, cuando Alamán conversa “da la impresión de que está pensando lo que va a decir, lo que en un ministro es una necesidad y no de las menos importantes” (48 y ss).

II.

Después de conseguir los permisos para navegar el golfo de California, Hardy sale de la ciudad de México con rumbo a Guaymas el 5 de diciembre de 1825.

Llegamos a Guaymas el 8 de febrero [de 1826]. El puerto es, sin lugar a dudas, el mejor de todo México: está rodeado de tierra por todos lados y las montañas lo protegen del viento. No es muy extendido, ni aun en el muelle; el agua tiene una profundidad de más de ocho metros; pero más lejos hay lugares de mayor profundidad. Defiende la entrada la Isla de Pájaros; en la época en que las gaviotas ponen sus huevos, la isla se encuentra totalmente cubierta de ellos, y la superficie cubierta de cascarones se ve tan blanca como la nieve… Guaymas es un lugar miserable, por lo menos en lo que a las casas se refiere; están construidas de lodo, tienen el techo plano cubierto de moho, de modo que cuando cae un fuerte aguacero, los habitantes pueden darse una ducha sin salir de sus habitaciones [100 y ss].

Así, Hardy hace la primera mención de los yaquis:

Los únicos indios de Sonora que, desde que los blancos poblaron la provincia, han ayudado a descubrir y explotar las minas y criaderos de oro, a cultivar las tierras y criar ganado, son los yaquis… Más adelante expondré las causas y los males que han sobrevenido por haberse suscitado la ira de un pueblo útil, laborioso y pacífico por naturaleza [102].

Días después, el 13 de febrero, Hardy llega a Hermosillo (Pitic):

Pitic tiene un comercio considerable, aquí residen los comerciantes más ricos del norte de Sonora. Se calcula que tiene una población de cinco mil almas. Las casas son de un piso, pequeñas e incómodas. Las calles están cubiertas de una arena fina; cuando hace viento es necesario cerrar puertas y ventanas para evitar que las casas se llenen literalmente de polvo… Hacia el oeste del pueblo hay una montaña de carbonato de cal cristalizado que, si se tritura, tiene la misma consistencia y el color del azúcar. Si se golpea con un martillo, produce un sonido parecido al de una campana, de ahí que la montaña se llame ‘Sierra de la Campana’ [sic]… El cura tiende a la corpulencia, como todos los eclesiásticos que viven bien y llevan una vida fácil; se dice que especula con el dinero de entierros, casamientos y bautizos, pero fuera de esto no se habla mal de él [104 y ss.].

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