por Marco Ornelas *

Toca el lugar a la descripción de Álamos, que, a decir de Hardy, se encuentra en una cañada con suelo arenoso y árido:

[…] su cercanía a la rica mina del Promontorio […], así como a otras minas en los alrededores de la Aduana, ha sido la causa de que tenga una población de unas seis mil almas y de que haya mucho comercio. El aspecto de las casas, todas con portal a lo largo de todo el frente, es la mejor prueba de la opulencia y el lujo en que viven sus habitantes […]. En el aspecto y la conducta de los habitantes de Álamos hay un toque repugnante de estiramiento y formalismo que sólo puede ser el resultado de un exceso de riqueza, de una ausencia general de educación y de un arrogante desdén por todo aquel que supongan pobre. Practican todas las cortesías propias de las personas poco refinadas y su bon-ton está reñido no sólo con el buen gusto, sino también con una sensibilidad fina (Viajes por el interior de México, 150 y ss.).

El 6 de abril Hardy llega a la villa del Fuerte, ubicada en la ribera sur del río del mismo nombre, ciudad que debe su importancia al “hecho de ser la residencia de los poderes del estado de Sonora y de Sinaloa”. Debido a que Hardy se hospedó en el mismo edificio donde sesionaba la cámara, el comisionado de la General Pearl observa que:

Desde hace mucho existe un cisma entre los representantes de la Alta Sonora y los de Sinaloa. Se desprecian; la razón para ello no es fácil de determinar, pero la disputa en cuestión se debe, según los de Sinaloa, a que los diputados del norte desean controlar la cámara; mientras que los de Sonora dicen que los de Sinaloa son tan faltos de inteligencia e integridad que proponen y tratan de aprobar leyes nocivas e injustas para la Alta Sonora […]. Al principio, la novedad que suponía para mí este tipo de disputas en el seno de un congreso me incitaba a la risa, pero la frecuencia con que se repetían llegó a disgustarme. ¿Cómo es posible que un estado pueda prosperar si sus representantes, en vez de dedicarse con celo y con ardor a la consecución del bienestar de sus electores… parecen actuar movidos por otros intereses? Es imperdonable que todos se dejen arrastrar por sus pasiones y su único empeño sea humillar a un adversario igualmente violento y corrupto [155 y ss].

 III.

Hardy logró hacerse de dos barcos con los cuales llegó a la isla Tiburón y remontó el golfo de California en su afán por encontrar perlas. En la costa de California se topó con una misión y con un personaje que tomó por zapatero, por haberlo encontrado sentado en un taburete de tres patas:

Al acercarme a él se levantó de su asiento, vino a mi encuentro y me saludó diciendo “Que sea usted bienvenido”, y en seguida me invitó a bajar de mi caballo. Desmonté y lo seguí hasta un cuarto bastante grande, que tenía el piso de ladrillo; en él había una mesa, dos sillones, tres jovencitas, un niño como de 10 años y una cocinera india. Me pidió que me sentara, ¡no fue pequeño mi asombro cuando me enteré de que la persona que me ofrecía su hospitalidad era el fraile de la misión! Me pareció demasiado preguntón; en un instante me hizo mil preguntas que se contestó él mismo. Habló mucho de México y expresó serios temores de que el gran número de ingleses que vivían en el país (lo que no debía permitir ni el gobierno ni la iglesia) pudiera acarrear grandes males, puesto que el mal ejemplo de tantos herejes podía afectar las convicciones de los habitantes y, quizá, llevar a que se introdujera el protestantismo, ¡que consideraba una religión nueva, la cual se complacía en llamar paganismo judío, una invención del diablo para ganar prosélitos para su imperio de fuego! [208 y ss.].

La respuesta del fraile, como la suspicacia de Hardy, constituyen observaciones de primer orden, descripciones comunes fundadas en el punto de vista de cada quien, como normal es la enemistad novohispana ante lo anglosajón (o viceversa). La observación de segundo orden asoma, cuando en el delta del río Colorado, el comisionado de la General Pearl ensaya enfáticamente un desplazamiento del punto de vista y presta su voz para exponer la perspectiva del indio axua. Al explicar las razones de la negativa de los axuas, allá por 1750, para permitir un asentamiento cristiano en su territorio, lo que dificultaba las comunicaciones entre los jefes militares de California y de Sonora, Hardy observa al indio que observa:

Entre nosotros no existen las luchas ni los pleitos por la propiedad ajena. Vivimos contentos y satisfechos, nuestros vecinos, que saben que somos corteses en tiempos de paz e invencibles en la guerra, nos respetan. Nuestras mujeres cuidan a nuestros niños. Las hemos enseñado a ser valientes, no vengativas, siempre y cuando el enemigo no las provoque con insultos e injurias. ¡Qué diferencia con los cristianos! Estos beben fuego (así llaman al licor), le pegan a su familia y asesinan a sus amigos. Se roban unos a otros y, escondidos tras la cruz, persiguen al débil y traicionan al fuerte. Los viejos no son buenos consejeros pues el fuego que beben los hace insensatos; y en todas las tribus de indios que se establecen para hacerlos, según ellos, felices sólo logran crear la discordia entre esta apacible gente; y sus capitanes son crueles tiranos. ¿Cómo podemos permitir que los cristianos vengan a convivir con nosotros? Somos felices; y mientras seamos libres continuaremos siendo felices. Nuestra nación está dispuesta a mantener la paz con el hombre blanco, pero nuestros guerreros han jurado no permitir que ustedes se establezcan entre ellos [246].

Esta observación de segundo orden es digna de un sociólogo o antropólogo social del siglo XX. Las preguntas que se antojan: ¿es más importante la observación de segundo orden que la de primer orden?, ¿cuál es la importancia de la observación de segundo orden? La respuesta a la primera pregunta es un terminante no. La importancia de la observación de segundo orden estriba en que está más capacitada para describir la sociedad moderna, por el hecho de tratarse de una sociedad heterárquica que por fuerza enfrenta observaciones “cruzadas” (múltiples observaciones desde perspectivas distintas e inusitadas).

El retrato de Arnolfini. Detalle: observar a quien observa.
El retrato de Arnolfini. Detalle: observar a quien observa.

La perspectiva lineal nació en la Italia del siglo XIV y fue utilizada poco después en la pintura renacentista que, en casos extraordinarios, sugirió una observación de segundo orden con el uso de espejos en sus composiciones (Jan van Eyck). Por lo demás, toda observación —de primer o segundo orden— tiene su punto ciego, esto es, no puede observar y observarse observando a un mismo tiempo. El punto ciego sólo se “salva” ensayando una observación-descripción subsecuente que suponga un cambio de perspectiva, como logra hacer Hardy con la nación axua.

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