por Pedro Salmerón Sanginés *

1. El doctor Macario Schettino se ostenta en numerosos foros, espacios periodísticos y hasta en la academia como un pensador que nos revela una verdad novedosa y espectacular: la revolución mexicana nunca existió; es un mito o invención ideológica, una “falacia post facto” de la que se servía un régimen premoderno en materia política y precapitalista en materia económica (un “fósil” del siglo XVIII) —régimen que arranca en 1938 y gobierna durante medio siglo—. Para sustentar estas “fuertes” aseveraciones, Schettino escribió un libro de aparente solidez académica: “Por ello a estos párrafos les sigue medio millar de páginas en las que creo que sustento adecuadamente todas las afirmaciones que he hecho” (Cien años de confusión. México en el siglo XX [México: Taurus, 2007], 15).

Todo eso sería sumamente interesante, de no ser porque está montado sobre argumentos falaces, omisiones tramposas y mentiras tan gordas que invalidan cualquier conclusión que se pretenda extraer de ellas. El caso de Schettino es el típico de quien pretende sustentar sus prejuicios con una argumentación ingeniosa, sumada a un total desprecio por el análisis de los hechos. Mostraré esto con el análisis de sus dos primeros capítulos, que hablan de la “inexistente” revolución.

Schettino argumenta que las “causas” de la revolución fueron inventos ideológicos posteriores, necesarios para dar vida a un mito que justificara la sangre y la destrucción, que “no podía ser solo resultado de una lucha descarnada por el poder. Había que contar con una excusa suficientemente buena […] que se convirtió en verdad absoluta” (29).

“Así, la Revolución resulta ser la conclusión evidente de”: a) la lucha por la tierra; b) la lucha “emancipatoria” de los obreros; c) la lucha contra el imperialismo; y d) el “deterioro de un sistema autoritario y de un sistema económico agotado, como se mostró en la crisis económica de 1907 y en la entrevista” Díaz-Creelman. Las tres primeras, según Schettino, carecen de sustento, se fueron mezclando para construir el “mito”. “Las tres ideas son casos especiales de la lucha más atractiva para los seres humanos: la del débil que derrota al fuerte”. Pero “no existe ninguna conexión” entre las luchas de los pueblos o  de los obreros y la revolución: “la revisión cuidadosa de la información que tenemos acerca del periodo no nos permite sostener con algo de confianza ninguna de las tres primeras explicaciones. Es sólo la cuarta, la prosaica, la que parece contar con cierto apoyo de las fuentes”. Por tanto, la Revolución solo fue “destrucción, lucha descarnada por el poder” (31).

2. ¿Cómo “desmonta” las tres causas post facto Schettino? Veamos la primera, el conflicto por la tierra que, según él, era irrelevante o muy localizado (en Morelos), como irrelevante o al menos imposible de medir, era la desigualdad social: “simplemente no hay cómo evaluar el comportamiento de la distribución”. ¿Lo intentó, revisó las fuentes, se metió al archivo? No, por supuesto. Lo afirma porque leyó los tres o cuatro libros que le convienen. Lo mismo dice de las cifras relativas al problema agrario: “tampoco tenemos mucho de donde partir” y, una vez más, ni luces de trabajo con fuentes primarias. Podríamos recomendarle una visita a los archivos históricos del Agua y de la Secretaría de la Reforma Agraria, así como a archivos locales, donde los historiadores hemos podido calibrar la importancia de ese despojo de tierras que para Schettino es una “explicación post facto”.

Por lo tanto, la revolución no fue agraria, “más allá de la trivialidad de que fueron hombres de campo los que pelearon en todas las facciones” (la cursiva es mía). “El problema agrario, esencialmente el problema de la tenencia y aprovechamiento de la tierra, es fundamental para los zapatistas, mas no para el resto de quienes intervinieron en la revolución.” Y los zapatistas, dice, eran “campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución” (34), repitiendo a Womack, pero no la argumentación contenida en el mismo libro que contradice su primera frase. Y, por supuesto, ignora u omite, porque no le conviene, toda la bibliografía posterior sobre el zapatismo, desde Laura Espejel y Ruth Arboleyda hasta Felipe Ávila y Francisco Pineda, pasando por Salvador Rueda y Horacio Crespo, que con sólido trabajo de archivo y exhaustivo análisis, no sólo muestran la importancia decisiva del problema agrario, también el carácter profundamente revolucionario del zapatismo, así como su presencia y sus conexiones nacionales.

Continúa Schettino: “En el norte […] no habrá disputas significativas por la propiedad de la tierra” (37). Omite también la guerra del Yaqui y desconoce las revueltas de la década de 1890 en Chihuahua y otros estados (que siempre incluían el problema agrario y la democracia). Schettino cita unas cuantas fuentes secundarias que le dicen lo que todos los historiadores sabemos (que las cifras manejadas por Frank Tannenbaum son falsas), y por conveniencia o ignorancia omite lo principal: que el tema agrario no es un invento post facto, sino que aparece con claridad en el manifiesto del Partido Liberal de 1906 y en el Plan de San Luis de 1910 y que es el tema fundamental de los planes de Texcoco, Tacubaya y Ayala de 1911. Que la demanda agraria —la lectura del artículo tercero del Plan de San Luis— fue central en el levantamiento contra Díaz de Banderas en Sinaloa, Contreras en Durango, Argumedo en Coahuila, Ortega en Chihuahua, Carrera Torres en Tamaulipas, Cedillo en San Luis Potosí, Navarro en Guanajuato y muchos más, no solamente los futuros zapatistas de Morelos, Guerrero, Puebla, Tlaxcala y estado de México. Ignora esto porque no ha leído a los historiadores regionales que lo han probado con documentación primaria y no repitiendo prejuicios (como acusa Schettino). Ignora también que desde 1911 hay expropiaciones violentas de tierras y que en 1912 el gobierno de Madero fue desafiado por una rebelión nacional cuyo tema central era la restitución de la tierra arrebatada injustamente a los campesinos, y también la expropiación de los latifundios y su reparto.

La única manera de minimizar el problema de la tierra es haciendo como Schettino: estar convencido de antemano de que lo inventó post facto el cardenismo, y sólo citar los diez libros que ratifican sus prejuicios. Eso no es serio ni honesto.

Plan de San Luis (fragmento)
Plan de San Luis (fragmento)

3. Podríamos hacer lo mismo con las otras dos causas post facto o con otros agravios mencionados por los revolucionarios en su momento y que él ignora o llama “leyendas”, pero hablemos de “La única causa: La vejez de Díaz”. Durante tres páginas glosa un solo documento: la entrevista Díaz-Creelman. Con eso, sólo con eso, da el tema por visto sin ninguna explicación y pasa al capítulo segundo en el que pretende contar la historia de la revolución, empezando por borrar de nuestra historia los movimientos magonista y antirreleccionista.

“Es importante notar que en 1908 […] nadie planteaba seriamente una crítica a Porfirio Díaz”, dice Schettino. Esta mentira recuerda la fantástica afirmación con la que inicia el capítulo primero: “Hay algo sorprendente en la revolución mexicana. Poco antes de que ocurriese nadie parecía preverla”. No existió, pues, el Partido Liberal Mexicano ni Regeneración ni las insurrecciones de 1906 y 1908, como no existe el descontento agrario o “es irrelevante”. Para Schettino. “Todos” —los que apoyan a Díaz, por contraposición al “nadie” arriba advertido—  son los “políticos, científicos y la nueva generación de la élite económica”. No hay más. Seguramente así concibe también al México de hoy… ahora entiendo sus artículos y comentarios (55).

Y sigue la retórica sin sustento y los errores a razón de dos por página: “el día de la cita [20 de noviembre] pocos intentaron hacer algo y ninguno logró nada” (56; debería leer a Santiago Portilla). “En diciembre se levantaron en armas Pascual Orozco y Pancho Villa” (56; en realidad, lo hicieron desde el 20 de  noviembre). “En abril y mayo aparecen decenas de movimientos […] sin conexión con el maderismo” (58; el hecho de que en todos lados los rebeldes leyeran públicamente el Plan de San Luis es también, supongo, “irrelevante”). “Las batallas en el territorio nacional ocurren con mayor frecuencia en esos meses, a pesar del armisticio maderista; ya que a Madero no le hacían caso” (58; es “irrelevante” también que el armisticio sólo tuviera vigencia alrededor de Ciudad Juárez). “Con De la Barra, no hubo maderistas en el gobierno” (59; Emilio Vázquez, secretario de Gobernación, nomás fue presidente nacional del “irrelevante” Partido Nacional Antirreleccionista; y no menciono a otros). Y así hasta el cansancio.

No se puede basar una explicación tan sesuda sobre estas falacias. No se puede decir que un movimiento “no existió” cuando se inventa de ésta guisa. No se puede afirmar que va a “sustentar” sus “fuertes” afirmaciones, o hablar de “revisión cuidadosa de la información” cuando no revisó material de primera mano, cuando para explicar la base de toda su argumentación (la inexistencia de la revolución) lo que hace es glosar (mal) el libro de Alan Knight con el añadido, de tarde en tarde, de otra fuente. En efecto, la apariencia académica de su texto es sumamente tramposa: el capítulo está plagado de notas… 92 de las cuales son del libro de Knight, once de Hans Tobler y 28 más de otros nueve autores, con sólo tres citas de autores de la época.

4. El capítulo sobre la expropiación petrolera es igualmente falaz… y es la base de sus sesudas reflexiones a favor de la “reforma energética” que quieren el PRI y el PAN. Si me lo permiten, las glosaremos en la siguiente entrega.

8 Comments

  1. No creo que Macario Schettino vaya a contestar nada, de la misma manera como Luis González de Alba tampoco contestó. Son conscientes de que están mintiendo, y por eso no van a contestar, aunque el Profr. Salmerón no se canse de abrir tantas oportunidades para debates valiosos e interesantes en los que ellos podrían participar.

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  2. Esto va para Salmerón: ¿acaso este problema no tiene como eje central la anuencia de la vanagloriada academia? ¿Con qué horizonte deben guiarse las investigaciones contemporáneas?

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  3. Hola, doctor Salmerón, le escribe un ex alumno suyo: ¿no cree que últimamente “algunos” que escriben “sobre” historia les gusta el mote de ir “en contra de la historia oficial” sin decir cuál es esa “historia oficial” y que vende mucho poner “en contra de la historia oficial” en los libros que quieren vender. Saludos fraternales.

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  4. Entonces: ¡Al Diablo, con la historia¡, No puede ser que la historia este dejando de lado la revisión de fuentes, para convertirse en critica de los trabajos de otros historiadores que si hacen trabajo de Archivo. El trabajo de archivos es básico, no es interpretación de lo que dijeron los demás, (¡ ni que fuera el vocero de Fox!)¡refrito, de refrito!.

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  5. Zapatero a tus zapatos, Schettino ostenta un grado en ingeniería del ITESM. Es un lástima que pudiendo aplicar criterios sólidos a su mal llamada investigación (ya que sus grados en historia solo parecen confirmar la aferración a sus obsesiones) salga con tanto error. En eso se parece a Krauze, ingeniería industrial y grado en historia que solo lo confirman como un obsesivo de sus sesgados juicios. Ambos se autoproclaman como agoreros y profetas pero estudiando sus propuestas encuentra uno demasiadas incongruencias como para tomarlos en serio.

    Mal resultado tiene un investigador que parece utilizar la documentación para convencerse de sus prejuicios, y nada más.
    Me parece que Schettino es aprendiz de todo y maestro de nada.

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