Los villistas de Knight

por Pedro Salmerón Sanginés *

Mi nota anterior sobre Alan Knight suscitó numerosas respuestas en las redes sociales. Entre ellas destacaban un buen número de preguntas concretas sobre mis afirmaciones acerca de la parcialidad de sus fuentes, su falta de equilibrio y la inconsistencia de sus novedosas e interesantes aportaciones cuando una las mira por los pies. También pareciera, por algunas respuestas, que es válido demostrar las inconsistencias de quienes escriben historia fuera de la academia, pero que no lo es tanto hacerlo de la misma manera con los académicos, siendo que buena parte de las ideas de los “desmitificadores” son vulgarizaciones del trabajo de académicos revisionistas a veces tan poco consistentes como Knight.

Con su gente. La foto, del AGN.

Con su gente. La foto, del AGN.

Por mor del espacio, y porque creo que basta con un ejemplo, mostraré parte de los errores que comete Knight al presentar a lo que llama el “núcleo” villista y las razones por las que tal cantidad y tipo de errores, invalidan, según creo, sus conclusiones.

Como había dicho mi entrega del 15 de noviembre, la extremadamente generalizadora —y no fundamentada— definición de Knight de las revoluciones “serranas” le sirve para explicar y encajonar al villismo (La revolución mexicana, vol. II, pp. 143-154). Pero cuando quiere aterrizarla comete los errores que he mencionado; de ese modo, al responder a la pregunta “¿quiénes pertenecían a esa facción todopoderosa?”, presenta a José y Trinidad Rodríguez como hermanos que habían conocido a Villa desde la primera década del siglo y que llegaron a la jefatura militar por derecho propio, capitaneando la brigada Cuauhtémoc en “su distrito natal de Huejotitlán”. En realidad, Trinidad Rodríguez era un ranchero acomodado de la región de Huejotitán, distrito de Hidalgo, y era jefe de la brigada Cuauhtémoc; mientras que José E. Rodríguez, jefe de la brigada Villa, era hijo de campesinos pobres de Satevó, distrito de Benito Juárez.

Asimismo, Knight convierte en duranguense a Nicolás Fernández, oriundo de Valle de Allende, Chihuahua, donde vivió y trabajó y donde se hizo amigo de Villa y Urbina antes de la revolución. Hace de Fidel Ávila un “capataz de hatos de San Andrés”, según lo cual, el futuro gobernador de Chihuahua (nacido y radicado en Satevó) habría sido capataz de los —inexistentes— hatos de un pueblo libre y no, como lo era, de una hacienda.

Sumo y sigo: dice que “el principal jefe villista en Jalisco, Juan Medina” era un ex herrero “muy tonto y simple”. En realidad, Juan Medina era un ex oficial federal que fue jefe de estado mayor de la brigada Villa en 1913; el jefe de los villistas jaliscienses era Julián C. Medina, que sería “muy tonto y simple” para algún cónsul de su majestad británica. Y podríamos sumar otras imprecisiones sobre personajes como Rosalío Hernández, Santiago Ramírez y otros más, además de comentar su infundado afán por convertir a Manuel Peláez en parte del “núcleo” villista (todas estas imprecisiones en el vol. II, pp. 827-830).

Knight yerra otra vez cuando afirma en un párrafo en el que habla de los destacados maderistas que ocuparon posiciones importantes en el villismo: “Abel Serratos (revolucionario fracasado en 1910) y Emilio Sarabia (gobernador de Durango en 1912) asumieron la gubernatura en Hidalgo y San Luis Potosí, respectivamente”. La verdad es que Serratos fue gobernador de Guanajuato, no de Hidalgo, y quien fue gobernador maderista de Durango en 1912 fue el licenciado Emiliano (no Emilio) G. Saravia y Murúa, no su hijo, el general Emiliano G. Saravia Ríos, gobernador villista de San Luis Potosí, en 1915 (vol. II, p. 847).

¿Cuál es el resultado de esto? La incapacidad de entender a un movimiento al que no estudia en sus fuentes (reiteramos el ejemplo de la anterior entrada: en 45 referencias sobre las batallas del Bajío, cita sólo dos veces fuentes villistas, ambas secundarias) le permite repetir y hacer suyas las afirmaciones que ya habían hecho, desde 1917, quienes combatieron con las armas en la mano al villismo, sólo que con empaque y autoridad académicos.

Entre tantos problemas, hay que señalar uno: a la hora de nombrar a los personajes del “núcleo” que le permiten definir al villismo, Knight no hace explícito ningún criterio de selección. Tras darle vueltas y barajar sus nombres llegué a una conclusión: están quienes le permiten definir al villismo como “serrano”, algunas excepciones de sus aliados “clasemedieros” y son minimizados los de origen obrero y agrarista. Así, elude las historias de vida de aquellos villistas con clara trayectoria de liderazgo agrario (como Calixto Contreras, Toribio Ortega o Porfirio Talamantes) y convierte en rancheros a obreros y campesinos pobres, como José E. Rodríguez.

Digamos también que, en contra de lo que él cree, más de la mitad de los dirigentes duros del villismo provenían de los valles del semidesierto de Durango y de la comarca lagunera: la región serrana de Durango era el área de influencia de los hermanos Arrieta, enemigos de Villa, mientras que la región serrana de Chihuahua fue, hasta bien entrado 1913, “el país de Orozco”, donde los villistas carecían de base social.

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