por Wilphen Vázquez Ruiz *

Una de las condiciones o características inherentes al ser humano es su espiritualidad. Independientemente de la época y la cultura, los individuos han tratado de responder por vías diferentes las interrogantes que plantea no sólo su propia existencia sino la del mundo en que habitamos. Lo espiritual, necesariamente, hace referencia a las emociones que un individuo tiene con respecto a una deidad o algún otro factor situado más allá de la vida material. Al hablar de la espiritualidad, también hablamos hacemos inevitablemente del alma y de la mente; en tanto la primera hace referencia a un principio vital, la segunda lo hace a la conciencia e intelecto propios del ser humano.

Por supuesto, las religiones se yerguen como una de las alternativas más próximas al individuo promedio para acercarse y cultivar la espiritualidad, toda vez que contienen principios universales que hacen referencia a lo que genéricamente es humano en todos nosotros, los cuales se combinan con peculiaridades locales que dan lugar a ritos y ceremonias específicos. Tengamos claro, además, que la espiritualidad de las religiones no es equivalente a sus instituciones.

Vieja forma de comprender el mundo. (Foto: http://www.english-heritage.org.uk)
Vieja forma de comprender el mundo. (Foto: www.english-heritage.org.uk.)

Junto a las religiones, la filosofía, entendida como el pensar sobre el pensar humano, también ofrece una posibilidad para alcanzar y desarrollar la espiritualidad. Sin embargo, dado que la filosofía implica un pensamiento racionalmente crítico sobre la naturaleza general de mundo (es decir, la metafísica), sobre la justificación de la creencia (o epistemología) y sobre la conducción de la vida (la ética), es de esperar que se requieran de condiciones estructurales que faculten al individuo para sopesar y desarrollar ese pensamiento filosófico en cualquiera de sus múltiples vertientes. Lamentablemente, como sociedad hemos fracasado en la tarea de dotar al conglomerado social de las condiciones para ello.

Lo anterior, identificándome con una república federal y con un estado laico, me obliga —como a tantos otros— a revisar mi actuar como historiador, en virtud de que la espiritualidad debería ser alcanzada y cultivada por cualquier individuo independientemente de la religión que profese; de si es ateo, agnóstico o si se identifica con el espectro político de derecha, centro o izquierda. La historia como disciplina y enseñanza ofrece un espacio invaluable y relativamente accesible para los fines que la espiritualidad puede pretender.

La ciencia de la historia se dirige a todo lo humano y en ese carácter es que podemos acercarnos a todas las expresiones sublimes que como especie hemos sido capaces de formular, inventar y crear. Ya sea a través de las imágenes, los sonidos, las formas, las estructuras presentes en las manifestaciones artísticas y documentales, o simplemente a través del estudio de un segmento particular de la realidad que busca ser entendido y transformado, el alma y la mente lograrán la espiritualidad, no se diga a través de la recomposición del medio ambiente o del reconocimiento y dignificación de la otredad que implica también la nuestra. Por supuesto, la disciplina histórica requiere en todo momento no sólo confrontar y complementar el resultado de su quehacer con el de otras áreas del conocimiento sino, ante todo, ser autocrítica a fin de no caer en una postura y práctica que terminen por alienarnos de absolutamente todo.

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