por Itzel Rodríguez Mortellaro *

El 27 de febrero pasado, el programa mural que pintó José Clemente Orozco entre 1932 y 1934 en Dartmouth College, Hanover, New Hampshire, fue designado national historic landmark, o “sitio histórico nacional”, por el National Park Service de Estados Unidos (aquí está el documento). Doce días más tarde, el secretario del Interior de ese país, Ken Salazar, anunció la decisión en un acto en el que también fueron catalogados de ese modo la casa de la autora abolicionista Harriet Beecher Stowe en Hartford, Connecticut; el puente Edmund Pettus, en Selma, Alabama, donde fuerzas federales atacaron en 1965 a militantes afroestadounidenses por los derechos civiles, en un episodio conocido como “Bloody Sunday”; el centro histórico de San Juan de Puerto Rico; el campo de batalla Honey Springs en Oklahoma, lugar de la más importante contienda en territorio indio durante la guerra civil, donde combatieron una mayoría de soldados indios y afroestadounidenses. Y Yaddo, la comunidad de artistas fundada en 1900 por el financiero Spencer Trask en Saratoga Springs, Nueva York. (Aquí está el boletín respectivo.)

Desde que se estableció el programa de sitios históricos nacionales en 1935 se ha otorgado esa calidad a 2 540 lugares. Los más recientes sitios históricos nacionales comparten el reconocimiento de la participación de grupos y personalidades en otro tiempo marginados de la definición cultural y política de Estados Unidos.

José Clemente Orozco, "Dioses del mundo moderno". Darmouth College
José Clemente Orozco, “Dioses del mundo moderno” (1932-1934). Dartmouth College

La primera gran dificultad que tuvo José Clemente Orozco para pintar en una universidad de rancia tradición anglosajona fue que era mexicano. Desde el inicio, el proyecto artístico fue extravagante y controvertido. Un pintor extranjero, que además se tomaba por comunista, pintaría en uno de los más antiguos bastiones educativos de Nueva Inglaterra (fundado en 1769), recibiendo un salario mientras a varios miembros del claustro se les reducían los ingresos debido a la depresión económica. Pero el proyecto siguió adelante y Orozco pintó su Épica de la civilización americana sobre los muros de la Biblioteca Baker, el centro intelectual y cultural de Dartmouth.

Estos murales son complejos. Uno de los motivos que animó el desarrollo de este proyecto artístico fue el interés del mexicano por reflexionar sobre la esencia de la civilización americana. Las imágenes deambulan entre lo espiritual, lo histórico y lo político. Muestran escenas del pasado indígena mesoamericano, referencias a la conquista española y pasajes con asuntos contemporáneos a la realización del mural, como la traición a las causas sociales, la enajenación mental en las comunidades angloamericanas, la máquina y su papel en la deshumanización, así como alegorías sobre el conocimiento y la violencia del estado. Se destacan en los murales dos héroes trágicos: Quetzalcoatl y Cristo. El muralista es un crítico despiadado de valores caros a la sociedad de su época: el nacionalismo, la educación, el culto a la modernidad tecnológica. Su posición fue radical e influyente en el medio artístico estadounidense, entre muralistas como George Biddle (que pintó en el Departamento de Justicia en Washington D. C. y más tarde en la Suprema Corte de Justicia de México) y en personajes como Jackson Pollock, que admiró la capacidad expresiva del mexicano y lo citó en varias obras.

En su Épica de la civilización americana, Orozco se pregunta también acerca de las distancias y proximidades entre Estados Unidos y México. El ingrediente indígena, tanto mesoamericano como norteamericano, es importante en su narrativa plástica porque le permite establecer un sustrato común, de espiritualidad, en la cultura continental. El resto de los paneles, que aluden a ambiciones de control social a través de las instituciones y credos nacionalistas, revelan a la civilización moderna como un factor de distanciamiento entre los seres humanos.

El nombramiento de los murales de Orozco en Dartmouth como sitio histórico nacional contribuye a definir la identidad contemporánea de Estados Unidos y nos recuerda la necesidad de repensar continuamente la relación binacional en términos culturales.

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