por Óscar Álvarez Calderón de la Barca *

La cinta de no-ficción El paciente interno, de Alejandro Solar (México, 2012), hace tiempo estrenada en las principales salas de exhibición de la república mexicana, da cuenta de un problema que, pese a la retórica oficial, sigue reverberando en el ejercicio del poder: a saber, la acción sistemática de borrar, aunque con escaso éxito, cualquier vestigio de crítica hacia el sistema político. Me explico: tanto ayer como hoy, las administraciones de cualquier signo han tenido como denominador común mantener a raya a la sociedad civil que, desde sus trincheras, opta por la renovación del ámbito público desde una visión apartidista con matices profundamente políticos.

Opositor silenciado
Opositor silenciado

La historia se centra en la figura de Carlos Castañeda de la Fuente quien, al enterarse de la masacre del 2 de octubre, tuvo la intención de matar al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz en 1970. Con su acción quedaron al descubierto los usos y costumbres de un aparato político empeñado en cercenar la memoria colectiva mediante el silencio, el ocultamiento y el deseo manifiesto de suprimir este tipo de recuerdos.

El documental señala con fría puntualidad los hechos políticos de un pasado turbulento, cargado de contradicciones, en el que México se perfilaba como país puntero en el desarrollo económico latinoamericano, a la vez que entraba con más fuerza en el ojo del huracán del autoritarismo. El largo brazo de la opresión y la fuerza se dejó sentir en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco; 16 meses después, Carlos Castañeda, en medio de un desfile oficial, ponía en marcha su plan para asesinar a Díaz Ordaz.

Esta historia de silencio, dolor y coraje cabe perfectamente en las acciones que se han tomado el gobierno federal y el del Distrito Federal hacia los distintas manifestaciones publicas, como, por ejemplo, la de la toma de protesta de Enrique Peña Nieto el primero de diciembre del año pasado. Como si se tratara de un déjà vu, las autoridades han arremetido contra los manifestantes simple y sencillamente por expresar se derecho a la inconformidad. Antes como ahora, se ha intentado desarticular la protesta social por medio de policías infiltrados que emulan a los de aquella época.

Se ha hecho evidente una y otra vez que las autoridades han aplicado, según el manual al uso, la misma receta que sus predecesores a la hora de enfrentarse con expresiones sociales que claman por una reconfiguración del sistema. En cambio, tenemos la puesta en circulación de una lógica política que abreva directamente de las aguas de un pasado oscuro como lo fue el sexenio de Díaz Ordaz.

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