La teoría como condición

por Daniel Medel Barragán

En fechas recientes hemos visto el lanzamiento de un conjunto de tesis dedicadas a la relación entre teoría e historia. Bajo una “firma colectiva”, Wild on Collective, Ethan Kleinberg, Joan Scott y Gary Wilder nos invitan a reflexionar alrededor de tres provocaciones en los modos actuales de escribir la historia: a) los límites de la disciplina de la historia, b) las múltiples formas de resistir o rechazar la teoría, y c) la teoría como condición para una historia crítica. (El texto íntegro puede consultarse en theoryrevolt.com.)

Es posible abordar la invitación de Wild on Collective desde un amplio abanico de interrogantes y claves de lectura. En primera instancia podemos señalar el carácter de “movimiento” que mantiene el colectivo entendido como “revuelta teórica”. El hecho de “firmar” con el nombre de un colectivo nos introduce de lleno en la cuestión del yo y el nosotros en la operación historiográfica; esto es, el tipo de persona que el historiador asume al momento de escribir bajo una serie de prácticas albergadas por instituciones.

Ethan Kleinberg y Joan Scott; ausente Gary Wilder. (Foto tomada de aquí.)

Una segunda clave de lectura consiste en observar la escritura del colectivo como un acontecimiento; esto es, un manifiesto con intenciones de polemizar con las convenciones historiográficas y sociales. Resulta sencillo apreciar una parte considerable de las significaciones que las tesis comparten. La “revuelta teórica” del colectivo interpela directamente a las funciones punitivas del conjunto de procedimientos y normas metodológicas establecidas por la American Historical Association. De ahí que una de las principales críticas contenidas en el manifiesto se centre en denunciar las consecuencias derivadas de una tautología singular en la historiografía contemporánea: el “fetichismo metodológico” y el “realismo ontológico”.

Una primera consecuencia de lo anterior consiste en el esencialismo disciplinario de la historia, entendido como el modo de observar al pasado o la búsqueda a priori de los elementos visibles (lo “inmediatamente observable”) y las constantes evaluaciones disciplinarias sobre la aplicación correcta de este modo de observación. Para el colectivo, las formas esencialistas de la disciplina limitan la capacidad crítica de la historia toda vez que contribuyen a la formación de “tecnócratas” escolares y excluyen tanto la imaginación como el pensamiento crítico. El ethos de la disciplina exige escribir para los pares del historiador en función de normas o consensos que establecen fronteras específicas y establecen distinciones jerárquicas entre la historia (entendida como el “trabajo real”) y la teoría (relegada a un lugar suplementario respecto del trabajo real).

Parte de esto puede ser observable a la manera de un síntoma en la normalidad del ethos disciplinario. Por ejemplo, algunas operaciones historiográficas entienden a la historia como un ser evidente y al acto de “hacer historia” a partir de la estructuración previa de elementos metodológicos como forma de reunir la evidencia factual. Es entonces cuando la teoría se “aplica” a un conjunto de datos empíricos, lo que conlleva la omisión de su potencia crítica para comprender las condiciones que hacen posible la existencia de un modo específico del conocimiento histórico. Dicho de otro modo, la teoría se “recupera” y “tematiza” bajo reducciones de complejidad que hacen, por ejemplo, de la deconstrucción, un “modo de interpretación”; del marxismo, una variante de “determinismo económico” y, en el caso de las posturas posestructuralistas, un riesgo latente por mor de su relativismo intrínseco.

La resistencia a la teoría es, precisamente, otro límite de la disciplina de la historia. En los seis rasgos característicos de las omisiones —irreflexivas— y exclusiones disciplinares que Wild on Collective identifica, destaca el hecho de distinguir entre una “filosofía femenina” y una “historia masculina”. Paradójicamente, los trabajos teóricos —como los estudios sobre las prácticas sexuales efectuados por Michel Foucault— son “tematizados” o puestos bajo una clave de lectura que reifica la historicidad en función de una historia naturalizada. Considerar que la historia es un ente localizado “ahí fuera”, esperando a ser encontrado y cuya “naturaleza” es la de ser evidente o literal, forma parte de la resistencia a la teoría en su variante ligada con el realismo ontológico.

En este punto, Wild on Collective es enfático: al omitir el análisis de los prejuicios, la historicidad de los conceptos tiempo y espacio junto a los problemas derivados de plantear causalidades, agencias, contextos, cronologías, o la socioepistemología (entendida como los modos autorizados de narrar, las formas de conocimiento, y las jerarquías conceptuales) detrás de la historiografía, el ethos refuerza el status quo en su variante política y disciplinaria. Por el contrario, como señala el colectivo, “El historiador equipado con un bagaje en teoría está en sintonía con el centro de los sueños, los lugares donde la historia ‘tiene’ y ‘no tiene sentido’, y ésta es la apertura a la interpretación y la innovación política” (Wild on Collective, “Thesis on Theory and History,” 11).

La capacidad crítica de la historia permitiría problematizar el estado de cosas en la actualidad del historiador al insertar el contexto presente en los planos de historicidad y contingencia. Imaginar otros mundos o escenarios políticos depende de qué tanto insertemos la función crítica-constitutiva de la teoría en la historia. Esto significa asumir, junto a Kleinberg, Scott y Wilder, que una “historia crítica es una historia teorizada”.

Ahora bien, lo anterior no implica que el historiador deba transformarse en un árido especialista teórico. Emplazar a la teoría en la historia consiste —al menos en primera instancia— en problematizar el suelo de certezas, los lenguajes y convenciones de análisis y las jerarquías conceptuales tácitas al momento de efectuar una operación historiográfica. Como señala el colectivo, la relación entre teoría e historia no pasa por considerar a la primera bajo una serie de textos separados del conocimiento histórico: la teoría, como producción cultural, es una práctica histórica orientada a cuestionar el “sentido común” compartido por la comunidad de historiadores sobre los conceptos coligatorios de “evidencia y realidad, subjetividad y agencia, contexto y causalidad, cronología y temporalidad” en diálogo con las teorías críticas del “yo, la sociedad y la historia” (8). Así, una historia crítica de sí misma problematizaría las certezas provistas por las oposiciones binarias latentes en los modos de conocimiento histórico: la relación del fetichismo metodológico con el realismo ontológico, por ejemplo, o las oposiciones establecidas entre la inducción empírica y la deducción racionalista, la descripción historicista y la abstracción transhistórica (9).

En este sentido, se requiere comprender las mediaciones con las que el historiador opera en su relación con el pasado, abierto a una pluralidad de lecturas. Si las categorías y conceptos forman parte de los modos de relacionarnos con el pasado, resulta preciso historizar y señalar los límites de dichas categorías y conceptos a partir del reconocimiento de que las formas de conocer, narrar y argumentar en la historia dependen de las condiciones sociales presentes en el contexto del historiador. Éste, a su vez, no se clausura como elemento evidente que “rodea” a las operaciones historiográficas. El contexto es, en última instancia, un conjunto de relaciones sociales que condicionan las preguntas del historiador.

En otras palabras: la historia crítica se entiende a partir de la dialéctica entre una historia “teóricamente informada” y una teoría “fundada en la historia”. Esto incluye la elaboración de nuevos modos de persona basados en la reflexividad de los supuestos epistemológicos, éticos, psicológicos y éticos que condicionan nuestro trabajo como historiadores. Considerar la relación entre los conceptos “socialmente producidos” y la postulación de comprensiones específicas del pasado o las aporías resultantes de la heteronomía que supone la historia como relación con el otro son, entonces, condiciones para una historia abierta, crítica y plural. Para Wild on Collective, la relación entre las partes antes señaladas puede dar cuenta de las condiciones sociales e históricas de posibilidad donde la historia se asienta y, además, proveer de los elementos suficientes para intervenir en estas condiciones.

Al ser conscientes de las limitaciones de nuestras operaciones historiográficas damos un paso que podríamos denominar político. Nos permite insertarnos en los debates públicos y políticos como pensadores críticos con miras a la construcción de nuevos mundos —por-venir— en la medida que reconozcamos tanto el carácter abierto de la historia como la idea de que la operación historiográfica crítica es siempre una historia del presente. Nuestras relaciones con el pasado son dinámicas, inquietantes o espectrales y, como tales, no pueden ser establecidas o clausuradas bajo regímenes de necesidad temporal. Abrir el pasado es parte de una cuestión política, cuestión que Wild on Collective expresa de la siguiente forma: “Los trabajos de la historia son actos mundanos que afirman o cuestionan el sentido común en el entendimiento y arreglos existentes, encaran contradicción sociales y se comprometen, implícita o explícitamente, con luchas en curso” (10).

3 comentarios

  1. Estimado Daniel: Me parece un comentario espléndido, particularmente porque resalta la vinculación entre nuestro quehacer como historiadores con el devenir presente. Sin importar la postura teórica a la que cada uno sea proclive, el fin último de nuestros análisis es llevar a cabo una crítica y autocrítica constructivas, ambas indispensables para el momento en que nos encontramos. Sin duda, pondré atención a lo que se publique en http://theoryrevolt.com/ y a los comentarios que publiques aquí. Gracias. Atentamente, Wilphen Vázquez Ruiz.

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