Sueño en otro idioma

por Ana Daniela Andrade López

En ocasiones pienso que mi escritura deja de lado la sensibilidad por servir a la formalidad que la academia exige. Suena muy obvio, pero a veces una olvida cómo funcionan otras formas del lenguaje. Por eso decidí escribir esta reseña como necesito que sea: más íntima. (Debo confesar que el trailer no logra vender todo lo que es Sueño en otro idioma [México, 2017], y que mis reflexiones parecerán caóticas si aún no han visto la película. Pero en fin.)

Todo comienza con visitar la Cineteca en domingo, que ya es de por sí una odisea. La batalla comienza al pensar quién podrá acompañarme. Juego entonces con una moneda, intentando conseguir un par. Una vez superada esa prueba, y con palomitas bajo el brazo, mi compañero y yo nos vimos lo suficientemente entusiasmados como para entrar a la sala.

La historia empieza con la llegada de un lingüista a un poblado pequeño de Veracruz, envuelto por verdes paisajes que en nada imitan la vida cotidiana de la ciudad. Martín, el lingüista, llega con la intención de estudiar una lengua antigua conocida como zikril, pretendiendo que recibirá la ayuda de sus últimos tres hablantes. Cómo el conquistador, llega con su tecnología, para abordar a los tres ancianos, hasta que se encuentra con que dos de ellos no se hablan desde hace cincuenta años. La intriga lo obliga a preguntar la razón del silencio entre los dos. Su casera le comenta que ha sido por una mujer, que se quedó al final con uno de ellos, don Evaristo.

Su amigo, don Isauro, no habla español, por lo que se comunica con la tercera hablante, quien trágicamente muere tras la llegada del lingüista. Esto ya representa un problema interesante: dos representantes de una cultura que está viviendo su extinción, la muerte de una representación del mundo, y dos personajes que no se hablan por lo que les ocurrió en el pasado. El lingüista intenta reunirlos para grabar conversaciones que le permitan conservar la memoria de la lengua.

En ese lapso, Martín se enamora de la nieta de don Evaristo, quien le ayuda con ablandar la dura actitud de su abuelo. Ella trabaja en la estación de radio comunitaria, dando clases de inglés para los oyentes, que como ella tienen el sueño de estar un día del otro lado y vivir el “sueño americano”. Por esta razón la lengua zikril le importa poco; como el nombre de la cinta, sueña estar en otro idioma, en otro lugar. Sueña con una “vida mejor”. A su vez, es ella quien le cuenta a Martín por qué callaron tantos años dos inseparables personas. Y es ahí donde la historia gira hacia el romance. Dos jóvenes que no pelearon por el amor de una mujer, sino en contra del amor que sentían el uno por el otro. Por sus sus convicciones religiosas y sociales, Evaristo rechazó el amor que sentía por su gran amigo, a quién llenó de miedo e ira y casi mata a golpes.

Foto de Víctor Mendiola tomada durante el rodaje de Sueño en otro Idioma, de Ernesto Contreras (México, 2017).

Por respeto a los lectores no revelaré el desenlace de la historia. Pero sí puedo hablar de otras cosas. En primer lugar, la espectacular fotografía, que retrata una comunidad alejada de lo que vemos aquí todos los días. Es un espacio donde naturaleza invade al hombre y no al revés, dejando que su fragilidad llegue a cada espacio de sus casas, de sus vidas. Luego, por supuesto el reparto: un conjunto de actores que transmiten y hacen olvidar por instante que todo lo que ocurre ahí no es más que un interpretación. Y la dirección de Ernesto Contreras; vaya, no sé cómo elogiarla si todo lo anterior envuelve lo que hace un cineasta.

También están las reflexiones que como nubes han invadido mi cabeza. Primero quiero escribir sobre la concepción de otras formas de vida. Es decir, cómo nosotros, en la vida cotidiana, vemos tan pasivos a los otros. Los otros que viven en lugares verdes aún, los otros quienes no han “avanzado como nosotros”. Que es justo donde entra Martín, el humanista que ha llegado para salvar a los pueblerinos. ¿A salvar qué? Lo primero que le dicen los hablantes de zikril es que “él no sabe nada”. Y, en efecto, nada de lo que hacemos logra unificar lo que un grupo de gente puede concebir del mundo, y cómo se ubica en él, en qué forma vive la muerte y cómo celebra la vida. ¿Qué estamos haciendo aquí nosotros que nos haga mejor que a ellos allá? Esto me lleva al tercer punto de mi reflexión: ¿hasta dónde nos ha llevado el progreso como para imaginar que “estamos mejor”?, ¿hasta dónde la ciencia nos ha conducido como para afirmar que la necesitamos?

Mientras veía la película, pensé en toda la comodidad que creo que necesito. ¿Alguna vez han pensando en toda la publicidad que enfoca a un niño campesino o indígena y te indica que debes apoyar con tus monedas para que logre logre avanzar y tenga todo lo que tú tienes? ¿Qué tenemos además de un mundo frío? ¿Qué tenemos además de la absurda idea de “ser mejores” y superarnos? Esa vida mejor, a la que aspiran los habitantes de la comunidad en la película, ¿existirá en realidad? En el fondo digo esto porque aquello que sí tienen ellos y nosotros son las relaciones humanas. Eso sí existe.

A veces, cuando hablo sobre el amor, me quiero sentir experta; hasta he dicho que no existe y que la idea del romance tiene más que ver con el consumo que con compartir con alguien. Pero como Evaristo e Isauro, yo también me he sentido entusiasmada con alguien, que me ha hecho sentir frágil, que pierdo el tiempo por preguntarle cómo está, haciendo cómo que no importa, cuando en realidad me interesa más de lo que parece. Eso, lejos de la conquista y la dominación, que incluye el romance del siglo XXI, sí existe: la necesidad de comunicar y compartir, en el idioma que sea.

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