por Marco Ornelas *

In hoc signo vinces es la frase milagrosa —traducida del griego al latín— que, según cuenta Eusebio de Cesarea, historiador cristiano contemporáneo de Constantino I, vio el emperador escrita en los cielos, junto a una cruz resplandeciente, mientras preparaba sus tropas para enfrentar a Majencio, quien se encontraba pertrechado tras las murallas de Roma.

La batalla del Puente Milvio, en 312, fue comandada con decidida seguridad por Constantino pues, según cuenta el mismo obispo de Cesarea, Cristo le había asegurado en sueños que la insignia le serviría para proteger a sus tropas de los embates del enemigo (véase H. A. Drake, “The Impact of Constantine on Christianity”, en The Cambridge Companion to the Age of Constantine, compilación de Noel Lenski [Cambridge: Cambridge University Press, 2006], 113 y ss.). La insignia estaba formada por la unión de la X y la P, las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, xpistos.

"Con este signo vencerás", Constantino I
“Con este signo vencerás”, Constantino I

Ésta es la feliz historia de la “conversión” de Constantino el Grande al cristianismo, quien gobernó por treinta años, primero como uno de los tetrarcas de la parte occidental del imperio —relevó a su padre Flavio Constancio— y a partir de 325, el año del primer gran concilio de la iglesia (Nicea), como emperador indisputable, hasta su muerte en 337. Si las convicciones cristianas de Constantino eran sinceras, o si sólo era un político pragmatico más (o ambas), es algo que sigue discutiéndose hasta el día de hoy. Lo cierto es que, durante los treinta años de su reinado, el cristianismo pasó de ser una religión perseguida a la religión favorita del príncipe, con cuya ayuda el emperador fincó su proyecto de gobierno.

Queda como prueba de ello el edicto de Milán (o de tolerancia religiosa) de 313, con el que se igualaba al dios de los cristianos con los dioses del panteón romano, a más de ordenar la devolución de los inmuebles confiscados a los cristianos en épocas de persecución y comprometer, si esto no fuera posible, la indemnización correspondiente (véase M. Artola, Textos fundamentales para la historia [Madrid: Revista de Occidente, 1968], 21-22). El vuelco en favor del cristianismo no fue absoluto ni inmediato —nada lo es en materia de comunicación social—, como lo muestra el hecho de que haya tenido que pasar más de medio siglo para que el cristianismo fuera declarado la religión oficial del imperio mediante el edicto de Tesalónica de 380 (véase Religión y propaganda política en el mundo romano, compilación de S. F. Marco, P. F. Pina y R. J. Remesal [Barcelona: Publicaciones de la Universidad de Barcelona, 2002], 154).

Independientemente de la veracidad de las visiones y sueños previos a la confrontación, la presunta importancia de la batalla del Puente Milvio puede servir para ejercitar la historia contrafactual o ucronía y para hacer ver que la consideración de las causas históricas de los acontecimientos corre a contrapelo del tratamiento de la historia como comunicación actualizada. La historia contrafactual, interesada usualmente por las causas de los acontecimientos, podría bien preguntarse qué hubiera sucedido con el cristianismo en Occidente si Constantino hubiera perdido la batalla, si hubiese sido capturado por las tropas de Majencio y hubiera sido ejecutado en el acto.

Tratar los “hechos” históricos como comunicación actualizada permite abordar el asunto desde una perspectiva un tanto distinta, pues considera que la causalidad es en último término la atribución de un observador. Siendo así, cabría preguntarse si la comunicación cristiana, ante la derrota y muerte de Constantino, hubiera sido capaz de encontrar de todas formas alguna otra oportunidad para hacerse visible y provechosa a los fines políticos de Majencio —aunque probablemente esta vez no a la manera de la visión celestial de una cruz resplandeciente.

¿Qué tal que la comunicación misma —ayudada por dóciles escribanos— buscara y encontrara las atribuciones necesarias para hacer verosímil una interpretación “a modo” de los acontecimientos? ¿Y qué tal que llamáramos a esto historia eclesiástica cristiana?

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