Racismo y lenguaje fascista (1 de 2)

por Pedro Salmerón Sanginés*

1. El lenguaje del fascismo

A veces parece complicado definir el nazismo y el fascismo, pero quienes los estudian críticamente han podido aislar sus elementos ideológicos y culturales fundamentales. Como mostré ayer en una nota en La Jornada, recientemente Enzo Traverso, La historia como campo de batalla (México: Fondo de Cultura Económica, 2013) los ha señalado, analizando las polémicas y debates entre George L. Mosse, Zeev Sternhell, Emilio Gentile, Martin Broszat y Saul Friedlände. El fascismo, fundado en las ideas de nación, raza y fuerza, se define mejor en negativo, en sus rechazos:

  • a la democracia, la igualdad y el liberalismo político;
  • a la alteridad de género de los homosexuales y de las mujeres que no aceptaban su posición subordinada;
  • a la alteridad social de discapacitados físicos o intelectuales y la de los criminales, que se expresa como rechazo a lo “degenerado”, “decadente”, “enfermo”;
  • a la alteridad política de los anarquistas, comunistas y “subversivos” en general, manifestada en un anticomunismo militante y la denuncia de “conspiraciones mundiales” al servicio de los enemigos de la nación y la raza; y
  • a la alteridad racial de los judíos y los pueblos colonizados.

Estos rechazos, particularmente el racismo convertido en antisemitismo, se expresan mediante un lenguaje de odio y calumnia sistemáticos que al final llevaron a amplios sectores de la población a tolerar el genocidio (E. Traverso señala también a los actuales historiadores que han probado el conocimiento del holocausto en marcha, de amplísimos sectores del pueblo alemán, y cómo los llevó a ello la sistemática propaganda racista). Otro elemento clave del discurso es el rechazo de la dicotomía “izquierda-derecha”.

He preferido el ensayo de Traverso para mostrar los elementos ideológicos del fascismo y en particular de su versión extrema ─alemana─ por su actualidad y frescura, pero hay que recordar que los estudios clásicos también muestran como piedra sillar de aquella ideología, al racismo, al darwinismo social y muy particularmente, al antisemitismo. Véase, por ejemplo, el capítulo VII y muy particularmente el apartado sobre la “concepción nacionalsocialista del mundo”, en G. Lukács, El asalto a la razón: La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler (México: Grijalbo, 1967).

Estos elementos discursivos, llenos de odio, están presentes en México. Es sencillo descubrirlos cuando se les usa abiertamente, como hacen los “historiadores” Enrique Sada Sandoval ─columnista de Milenio y colaborador de El Siglo de Torreón─ y Reydecel Mendoza (véase una nota sobre el particular); o cuando el discurso es abiertamente nazi, como en el caso de un asesor del PAN en el Estado de México.

No es tan fácil cuando ese agresivo radicalismo verbal ─primer elemento en común entre estos escritores─ se viste con un ropaje de “izquierda” como en el caso del que me ocuparé ahora: en efecto, al final de mi antecitado artículo “Nazis entre nosotros”, declaré que habría que ocuparse seriamente del señor Alfredo Jalife-Rahme. Hagamos un intento.

2. Paréntesis: La dificultad del caso

Denunciar el discurso fascista trae consecuencias personales: la calumnia y el odio que le son consubstanciales se vierten sobre quién se atreve a hacerlo. Así han hecho los señores Sada Sandoval y Mendoza; así también ha hecho Alfredo Jalife-Rahme. Dicen que la calumnia no alcanza al calumniado. Falso: pregúntenle a los judíos europeos en qué terminó la calumnia de los nazis; pregunten a los iraquíes a donde llevó la calumnia de Bush. Dicen que quien lanza desafíos, quien inicia polémicas, debe esperar la calumnia y tener dura la piel. Puede ser: yo preveía la calumnia y el insulto de neonazis fanáticos, monarquistas ultramontanos, desmitificadores que falsifican la historia por negocio o interés político, y hasta ilustres escritoras que defienden a plagiarios seriales. Lo mismo podría decir, lo mismo digo de la calumnia del señor Jalife.

En el caso del señor Jalife, la calumnia como evasión del debate incluye la paranoia quizá meramente táctica: ante la crítica, recurre a la “denuncia” de “amenazas”. Amenazas que vienen desde el Mossad hasta cualquier hijo de vecino, amenazas notoriamente inexistentes en su mayor parte, o “probadas” de la forma en que suele hacerlo Jalife: con calumnias y mentiras descaradas. Y debo reconocer que durante varios meses he caído en la estrategia del señor Jalife: al tratar de refutar sus calumnias, he dejado de lado la discusión de lo importante. De modo que dejaré de lado la calumnia, nunca probada y ya denunciada, y pasaré al debate que me interesa.

3. Racismo y judeofobia

El racismo antisemita es, sin duda, el más destacado de los elementos de rechazo a la alteridad en el discurso nazi. Como señala E. Traverso, para los nazis el judío personificaba, como tipo ideal ─casi weberiano─  el conjunto de rasgos negativos. Si el homosexual era perseguido por su “desviación”, el judío lo era por su “esencia”. El primero debía ser “reeducado”, el segundo, exterminado.

La propaganda antisemita, estridente, permanente y sistemática en la Alemania nazi, insensibilizó a amplias capas de la población frente al holocausto. Saul Friedländer ha mostrado que es falsa la apreciación según la cual la mayoría de los alemanes ignoraban la suerte de los judíos: si bien es cierto que la gran mayoría no participaron, circulaba información: “los convoyes con deportados atravesaban las ciudades. La implicación, ya indiscutiblemente probada, del ejército alemán en el frente oriental en las masacres, significaba que cientos de miles de soldados tenían un conocimiento directo del genocidio […] En resumen, la violencia nazi penetraba en la vida cotidiana”, explica E. Traverso. Al menos un tercio de los alemanes estarían enterados de las masacres de judíos en el este, si bien la dimensión global del genocidio y sus características específicas (los campos de extermino) seguía siendo desconocidas para la gran mayoría. Traverso (162-163).

Vigencia de un lenguaje racista, preludio del horror.

Vigencia de un lenguaje racista, preludio del horror.

En la base de la insensibilidad y la tolerancia al genocidio estaba, insistimos, la propaganda antisemita, estridente, permanente, sistemática. Y como ha señalado recientemente Rolando Gómez a propósito de Jalife-Rahme en un documento sumamente interesante, por más que rechace parte del mismo y sobre todo, su lenguaje:

Todos sabemos que el término antisemita se usa exclusivamente para nombrar la judeofobia.  Aunque el término semita incluya a todos los (imaginarios) descendientes del (imaginario) hijo primogénito del (imaginario) Noé, basta ponerle el prefijo anti para que el término, mal que nos pese, desde los albores del siglo XX, signifique una sola cosa: judeofobia, odio al judío.

En efecto: todos los malabarismos lingüísticos del señor Jalife-Rahme con los que pretende ocultar su antisemitismo, se basan también en argumentos profundamente racistas: en el programa de televisión a que remite el artículo de Rolando Gómez, el señor Jalife-Rahme utilizó los siguientes argumentos para descalificar a uno de sus enemigos favoritos:

Pero además ahí va otra: ¡me lo dijo un jázaro!  Todavía se lo acepto que me lo diga mi primo-hermano, que yo quiera o no, que es un judío de origen sefaradí.  Esos son los verdaderos judíos.  Esos todavía se lo acepto.  Por ahí nos podemos pelear, no importa, nos podemos pelear entre hermanos. ¡Pero que me lo venga a decir un jázaro!

El malabarismo verbal del señor Jalife-Rahme es profundamente racista: él no es antisemita porque es semita (en tanto árabe) y las víctimas de sus calumnias y ataques no son semitas, sino jázaros: (“No es semita, es jázaro sionista NarcoTELAVIVso: mongol centroasiático converso a religión israelí” escribió en un elocuente tweet del 16 de septiembre). Sus argumentos y las fuentes que cita para “fundamentar” su racismo no le piden nada a las leyes raciales nazis, que pretendían calcular la cantidad de “sangre aria” presente en cada individuo.

Evidentemente, sus artículos en La Jornada son mucho más cuidadosos ─o el profesionalismo del mejor periódico diario de éste país lo obliga a serlo─ pero prácticamente no hay uno en el que no culpe a los “israelíes” o a la “banca israelí-anglosajona” de todos o casi todos los males del mundo, con un lenguaje cargado de adjetivos que en su acumulación, parecen pensados para crear odio: como ejemplo de su lenguaje permanente, el 15 de septiembre se refirió a un analista como “sicofante de la desinformación israelí”.

Si así es en el periódico, en Twitter es mucho más explícito y de una violencia verbal que genera las reacciones que probablemente busca. La lista de sus adjetivos calificativos pletóricos de racismo es infinita: solamente el 16 de septiembre, y endilgados a distintas personas, utilizó: “narcoTELAVIVsa”, “controlado por sionismo”, “sionista jázaro”, “narcolavador sionista” y así hasta el cansancio: “sionista”, “jázaro” e “israelí” son tres de sus términos favorito para descalificar a quien le toque ser descalificado.

Las respuestas que recibe van en el mismo orden, entre las que recibió ese mismo día, y retuiteadas por él (es decir, suscritas por él) elegimos dos:

Los judíos al no tener ni nación ni identidad propia siempre buscan la erosión del nacionalismo en los países que invaden.

Nunca le he escuchado a un judío palabra de orgullo o agradecimiento por México, ¡deberían irse a Israel!

Esconder esta judeofobia y este racismo bajo el término antisionismo es una mera estrategia lingüística que en este caso, evidentemente, no alcanza a ocultar la campaña sistemática de odio del señor Jalife. Y como hice otra vez, y aunque no debería ser necesario,  aclaro que repudio por completo la política exterior del estado de Israel, los crímenes de lesa humanidad cometidos por dicho estado en los territorios de Gaza y Cisjordania, así como el respaldo de los gobiernos de Estados Unidos y la Gran Bretaña a esa política. Aclaro también que respaldo por completo la aspiración de los palestinos a tener una patria independiente y soberana. Y aclaro, para aquellos que piensan que criticar a Jalife-Rahme significa atentar contra la libertad de expresión, que esta libertad tiene límites: sus límites son la calumnia, la difamación y el infundio, tan caros al señor Jalife-Rahme como a Joseph Goebbels.

10 Respuestas a “Racismo y lenguaje fascista (1 de 2)

  1. Señor Slamerón:

    Yo puedo ver claramente que el señor Jalife tiene una aversión contra los judíos, pero eso no significa que no tenga derecho a usar los aldjetivos “jázaro”, “judío” o “israelí” si los usa correctamente.

    Personalmente, jamás he leido una palabra suya (de Jalife) que anime a rechazar, a ofender o a lastimar a alguien por ser judío: sólo señalamientos personales y puntuales contra personas de ascendencia judía: Sé que muchas mentes propensas al fanatismo no perciben una diferencia, pero la hay y es importante. Tampoco se puede caer en el juego favorito de los sionisas (que sí apoyan la política exterior de USA-Tel Aviv) de que los judíos son intocables porque cualquier crítica que se les haga es nazismo y antisemitismo.

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  2. Yo solo tengo una sencilla observación que hacer:
    1) Ese presunta “judeofobia” a la que el señor Salmerón dedica el 95% de su articulo, no ha matado a ningun ser humano en los ultimos 50 años

    2) La nefasta politica exterior del Regimen Israeli, ha matado miles de INOCENTES en los ultimos 50 años. Y el señor Salmerón dice que “ni vale la pena mencionarlos”. Por favor revise la cifra de muertos y condiciones de muerte (muy importante) de las victimas en Gaza

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    • Creo que te dejas llevar por la emoción al defender tu postura ya que mencionas que esa “judeofobia” no ha matado a nadie en los últimos 50 años y con respeto te digo que estás equivocado.
      Te aclaro de antemano que no solo no justifico sino que condeno el actuar de Israel en la franja de Gaza, asi como también condeno los actos equivocados de los palestinos.
      Pero tu equivocación consiste en no mencionar todas las victimas israelís que han muerto en atentados en los últimos años, y estos atentados no han sido perpetrados solo por palestinos, es obvio que otros pueblos musulmanes también han estado involucrados.
      Expresemos nuestra opinión pero sin verdades a medias u omisiones que aparentan ser por olvido.
      Ese conflicto ha mostrado la peor parte de la naturaleza de ambos bandos tanto judíos como palestinos.

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  3. Salmerón es un deficiente teórico, su positivismo es muy evidente y su paso por el estalinismo del Partido Comunista le deformó la mente. Ni siquiera conoce las discusiones contemporáneas sobre el fascismo. Su artículo es un libelo contra Jaime Jaliffe. Fuera de sus emociones personales, una persona que acomoda su discurso y lo personaliza, quiere poner la razón a su servicio, lo que obtiene es lamentable. Por más que lucha, no tiene estatura, le dice a todos lo grande que es, pero al leerle lo único que refleja es su ser pequeñito.

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  4. La historiografía no puede ser para el uso personal, ni se puede acomodar las emociones personales al trabajo del historiador. El Artículo no refleja conocimientos, ni da cuenta de la discusión compleja sobre el fascismo. Coquetea irremediablemente con el negacionismo, lo que es una situación lamentable para cualquier historiador. Parece que Salmerón defiende al Estado de Israel y sus barbaridades. Su pleito personal con Jaliffe le hace extraviarse y quiere acomodar la historia y los conceptos a sus emociones personales.

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