A las calles y a las plazas

por Pedro Salmerón Sanginés

Hace seis años, entre los meses de marzo y mayo, dos o tres docenas de historiadores nos reunimos para redactar un documento que finalmente titulamos “La historia que necesitamos para el país que queremos”, en el que tratamos de hacer un diagnóstico de la situación de los estudios de historia en México y de los aspectos de ella en que nos parecía (nos sigue pareciendo) que el estado debe tomar parte:

Uno. La redefinición, custodia y conservación del patrimonio histórico, arqueológico, artístico y cultural, tangible e intangible, lo que entre otras cosas implica descalificar la noción de elitista de cultura para entenderla como creación colectiva en permanente construcción.

Dos. “[L]a construcción de una cultura cívica que evoque procesos y momentos relacionados con los valores de un estado liberal, democrático, laico, incluyente y tolerante, y que busque preservar su propia existencia, la integridad de su territorio, su soberanía y su organización como un estado de derecho”, y

Tres. El replanteamiento de la enseñanza de la historia para hacerla “el fundamento de una ciudadanía comprometida, autónoma, crítica y plural que se precisa para la construcción de un futuro más justo e igualitario”.

Hace unos meses, algunos de los redactores de aquel documento (que nos mantuvimos en contacto mediante este blog), intentamos reeditarlo, adaptándolo a la nueva coyuntura. Encontrábamos que luego de cinco años de desgobierno de Peña Nieto se habían agravado todas las situaciones de deterioro, abandono y precarización que habíamos advertido en aquel diagnóstico. No pudimos reeditar aquel esfuerzo porque, esta vez, muchos de nosotros estábamos (estaban) en la defensa directa, inmediata, de sus instituciones académicas, golpeadas y desvalorizadas por ese gobierno. Otros, porque estábamos desbordados por otros trabajos de índole política. En general, acusábamos el cansancio de la lucha, de la defensa de la historia y sus instituciones, del deterioro, la precarización, la sinrazón.

Así pues, en esta campaña no pedimos de manera explícita y directa a Andrés Manuel López Obrador que respaldara un cambio de fondo en la “política historiográfica”, tal como hicimos hace seis años. Pero nos resulta evidente que la situación y las necesidades que escribimos en 2012 son similares a las actuales. Incluso más urgentes.

Pero ahora hay una coyuntura distinta: una amplia alianza nacional está a punto de derribar al viejo régimen. La desventaja que teníamos hoy hace seis años se ha convertido en una ventaja prácticamente irreversible. Podemos apostar, con bajo riesgo de error, por la victoria de Andrés Manuel.

Y ante eso, podemos también esperar que, como el candidato o su equipo han propuesto varias veces, se abran foros de análisis sobre los más diversos aspectos de la realidad y los problemas nacionales, a partir de la primera semana de julio. Quiero decir, la discusión sobre los tres aspectos atrás señalados, y sobre la función o pertinencia de instituciones como la Secretaría de Cultura o el Conejo Nacional de Ciencia y Tecnología —como propuso Marco Ornelas en este espacio.

Siqueiros dando clases de historia en la UNAM.

Sabemos también que se abrirá un amplio diálogo sobre la mal llamada “reforma educativa” y, en consecuencia, sobre los gravísimos problemas de la educación en México. En ese contexto, podemos participar en los debates sobre la revaloración de la enseñanza de la historia en los niveles básico y medio. Sobre todo, aquellas colegas que han trabajado en el tema. Es una oportunidad que no hay que desperdiciar.

En ese mismo sentido, las dos personas que López Obrador y Claudia Sheinbaum han anunciado (cada uno por su parte) como secretarios de Cultura federeral y de la ciudad de México, Alejandra Frausto y Paco Ignacio Taibo II, parten de una definición de la cultura no elitista, incluyente y abarcadora, cercana al planteamiento que hicimos en aquel documento. La discusión del papel de la difusión de la historia en el más amplio contexto de la definición de cultura, es otra puerta abierta.

Más allá de todo ello, hay otra puerta que se abre: siempre he lamentado que los enormes aportes que en el último siglo han hecho los historiadores, se queden en la discusión de los académicos o poco más. Y eso contrasta con el profundo interés por la historia que crecientes sectores de la población manifiestan, según la experiencia acumulada en los últimos años, de trabajos y debates en ferias del libro, conferencias en plazas, documentales de televisión y otros eventos.

Propongo, pues, que aprovechemos los espacios de un gobierno que quiere llevar a las calles y las plazas todas las expresiones culturales y encontremos la manera de difundir y discutir esos aportes. La experiencia de los debates de la “Brigada para leer en libertad”, aunque marginal para los historiadores, nos muestra el potencial de lo que puede hacerse. También, la posibilidad de escribir libros de difusión en tirajes masivos; ¿no podrían presentarse en 150, 200 páginas, en lenguaje llano y sin aparato crítico, los aportes recientes de, digamos, John Tuttino o Antonio García de León? Rediscutir a los clásicos: mesas de debate sobre los aportes de Friedrich Katz, John Womack, Adolfo Gilly, Arnaldo Córdova. Idear documentales. Repensar la forma de los festejos cívicos (si es que hay que hacerlos). Rebautizar calles y avenidas. Discutir, presentar, dialogar. En una palabra, llevar la historia a las calles y las plazas. ¿Quién se apunta? ¿Qué proponen?

8 comentarios

  1. Pedro, estoy totalmente de acuerdo contigo, esta coyuntura nos obliga a buscar nuevas formas de enseñanza y divulgación de la historia pues en las escuelas la historia se ha reducido de manera alarmante y en la formación de maestros ha quedado también marginal pues lo importante es enseñar el inglés y el uso (limitado) de las tecnologías. Soy maestra de historia en la universidad pedagógica y tengo interés en divulgar la información gráfica, prólogos y portadas sobre los libros de texto de historia que se elaboraron en el periodo de la educación socialista y de la educación nacional que he ido recuperando a lo largo de mis investigaciones, en particular la de los historiadores Luis Chávez Orozco y Teja Zabre, así como libros de la época que se divulgaron en las escuelas en esa época. Espero tener contacto con ustedes y colaborar en esta aventura que es enorme pero ustedes y la brigada para leer en libertad son un gran aliciente.

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  2. Creo que es fundamental reagruparnos en este nuevo contexto, las redes sociales lo permiten sin necesidad de traslados, pero es importante que este llamado se concrete en propuestas! Hoy más que nunca las Universidades deben asumir su papel de intermediarias entre la sociedad y el gobierno; y los historiadores tenemos la responsabilidad de encabezar esta nueva visión nacional. En Zacatecas tenemos una asociación de historiadores que tenemos más de una década saliendo a las plazas a impartir charlas y dialogar con la ciudadanía, obsequiando libros con vocación de difusión; estamos listos para intercambios y mandar libros si alguien los solicita! Saludos y ánimo!!!

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  3. Soy sociólogo, no historiador, pero en los últimos años he investigado temas históricos con relativa profundidad para la publicación de algunos libros en una editorial argentina, por lo tanto me gustaría participar en este campo, saludos…

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  4. Bueno, soy profesor en el Colegio de Ciencias y Humanidades de Historia de México y también estoy dispuesto a participar, vaya que si la Ciudad tiene Historia, el país tiene siglos de Historia, en éste país y así llevemos la Historia de México infundiendo conciencia en la gente que lea, oiga y aprenda Historia de su país

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  5. Justo esto es lo que necesitaba leer. La Historia es para vivirse para recodar que podemos hacer algo diferente. “En una palabra, llevar la historia a las calles y las plazas. ¿Quién se apunta? ¿Qué proponen?” Cada año realizo un raly con estudiantes de ingeniería de Estados Unidos Americanos, para enseñarles el proceso de Independencia, para lo cual recorren todo el centro. Lamentable es saber que hay gente que no sabe nada acerca del Panteón de los Queretanos Ilustres, o ¿Quién es Ignacio Pérez? o no reconocen al Marquéz que está en sus narices…Confío en la apropiación de los espacios públicos para escribir Historia.
    Gracias, por compartir este texto.

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