por Pedro Salmerón Sanginés *

4. Y así por el estilo. Todo el libro de Schettino está lleno de trampas y omisiones. Hagamos breves menciones sobre otros temas. Insiste don Macario, en su respuesta, en la nula conexión del magonismo con la revolución, además de soltar la grosería sobre el anarquismo de los Flores Magón en el momento de las huelgas de Cananea y Río Blanco: que muestre qué tiene de anarquista el Manifiesto de 1906 o cualquier documento de la época (Cien años de confusión: México en el siglo XX [México: Taurus, 2007], 41). Y, más aún, en la nula participación obrera: “La revolución mexicana no tiene obreros, y por ello es totalmente absurdo que se consideren las huelgas de Cananea y Río Blanco como antecedentes directos del conflicto. Como ya hemos dicho, es un caso claro de una falacia construida mucho después” (40; las cursivas, de un servidor). ¿Qué tanto después? ¿En el verano de 1911, cuando, tras su excarcelación, los dirigentes de Cananea —Diéguez, Baca Calderón, Ríos— fueron aclamados y elevados al primer círculo de la revolución en Sonora? ¿O quizá desde el otoño de 1909, cuando, al frente de varios huelguistas de 1907 —una huelga general de los hiladores que no se restringió a Río Blanco— se unieron al maderismo el futuro diputado constituyente Heriberto Jara, en la región de Orizaba, y en Puebla, Aquiles Serdán? ¿O apenas en febrero de 1917, cuando varios dirigentes obreros estuvieron en las discusiones del constituyente?

¿Ningún obrero? Recuerdo un ensayo clásico, esclarecedor, de François-Xavier Guerra (publicado en Nexos, en 1983), a quien supongo que Schettino no considerará populista, estatista ni colectivista; leo la tesis doctoral, recién concluida, de Daniela Andrade (oquei, ésa no podía haberla leído don Macario, aunque no pasa nada: le da por no leer o no considerar aquello que contradice sus prejuicios); el espléndido libro de W. K. Meyers sobre la explosión revolucionaria de 1911 en La Laguna, y, por supuesto, encuentro en mis fuentes de primera mano, en armas desde 1910 y 1911, a decenas de mecánicos de las minas, caldereros y peones del ferrocarril, trabajadores textiles y metalúrgicos; herreros y panaderos, algunos levantados en armas de manera masiva, como los Velardeña, Mapimí o Cusihuiríachic. Entre ellos, algunos que llegarían a generales en las filas villistas, como los ferrocarrileros Rodolfo Fierro, Santiago Ramírez y Salvador Rueda Quijano; trabajadores de minas como Eulogio Ortiz, Sóstenes Garza y Marcial Cavazos; el herrero magonista Orestes Pereyra (coronel desde 1911) o el panadero sindicalista Martín López, “hijo militar de Pancho Villa”. Y más adelante, el batallón ferrocarrilero reclutado en 1912 por Eugenio Aguirre Benavides entre los obreros de los talleres del ferrocarril de Gómez Palacio, que serían la base de la Brigada Zaragoza; el Batallón de Zapadores reclutado por Francisco L. Urquizo en la cuenca carbonífera de Coahuila, en 1913. Ciertamente ningún proletario.

¿El magonismo, nada? ¿De verdad ningún vínculo? ¿Tanto como para permitirle asegurar (inaugurar su libro) que en vísperas de la revolución “nadie parecía preverla” (no digamos prepararla, llamar a ella explícitamente desde 1906)? Bien: debo confesar mi propia sorpresa durante la investigación documental para mi libro Los carrancistas: La historia nunca contada del victorioso Ejército del Noreste (México: Planeta, 2010) —sorpresa confesada en la introducción, porque mis maestros me enseñaron a cambiar de ideas y a eliminar hipótesis en el curso de una investigación—, cuando encontré que casi la mitad de los jefes revolucionarios del noreste de la república tenían antecedentes magonistas. La mitad del alto mando y casi la mitad de los mandos medios. Pueden buscarse las fuentes, el censo de jefes y los criterios de selección en ese libro (y si se argumenta que no pudo haberme leído don Macario antes de escribir su libro, baste señalar que brillan por su ausencia los textos ya clásicos sobre el magonismo de Armando Bartra, John Cockroft, Salvador Hernández Padilla, Eduardo Blanquel y Jacinto Barrera).

Otros obreros inexistentes: los batallones rojos.
Otros obreros inexistentes: los batallones rojos.

Vengamos más para acá. Otra de las tesis centrales de Schettino es que antes de 1934 en México sólo hubo destrucción, matanza sin sentido, lucha descarnada por el poder, y que ese año inició la verdadera revolución que hizo del nuestro un país totalitario (sí, totalitario). No trataré de definir totalitario; no entraré en esa discusión ni tampoco en su definición del corporativismo. Lo curioso es que, para él, todo la historia de los movimientos de masas son historias de borregos, acarreados controlados por el estado. No hay mención ninguna a las diferencias entre un sindicalismo nacido de manera autónoma, sin reelección de dirigentes y en muchos casos con voto secreto (el del totalitarismo cardenista), y la esperpéntica mafia “sindical” subordinada, tan grata a ese PRI de ayer y hoy, cuyas reformas son tan gratas a don Macario, construido a golpe de garrote y bayoneta durante el régimen de Miguel Alemán. Ni una referencia. Y no es que yo pretenda comprender el cardenismo: en realidad, es uno de los procesos históricos sobre lo que más he leído y que más trabajo me sigue costando comprender.

Perlas las hay a montones. Señalé unas cuantas en el artículo pasado. Llevo varias aquí. Rescato un par más: ¿sabe usted, lectora, lector, que la crisis económica de 1995 se debió a la “demencia general” (426)? Es decir, si tiene usted mi edad o un poco más, usted tuvo la culpa si perdió su casa o su empresa, porque, como usted, el juez, don Macario y yo sabemos, Raúl Salinas de Gortari no se enriqueció ilícitamente durante el “inmensamente exitoso” sexenio de su hermano (434). ¿Sabe usted que el Tratado de Libre Comercio ha sido atacado fieramente “por quienes creen que la política económica de la revolución es lo mejor que ha ocurrido en México” (428)? Me imagino las carcajadas de don José Luis Calva, único autor al que cita, y de tantos otros economistas críticos, al leer tan rotunda afirmación. Nota bene: tampoco existieron los 446 hombres y las dos mujeres, casi todos ellos dirigentes comunitarios perredistas, asesinados durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.

5. Las fuentes que he podido consultar, los estudiosos a quienes he leído con cuidado, mi experiencia acerca de las organizaciones obreras, campesinas y populares antisistémicas, me han mostrado que la revolución mexicana no fue, ni por asomo, lo que Schettino cuenta. ¿Eso quiere decir que debo comulgar con el régimen priísta, como parece asegurar al final de su respuesta?

De ninguna manera. Siempre he sido opositor a un sistema cuyos beneficiarios fueron los privilegiados (la burguesía, de manera muy clara desde el pacto no escrito de Ávila Camacho y Alemán, en 1940, con el Grupo Monterrey); que en cada tramo en que pudo controlar el conflicto social, protegió a los poderosos y favoreció la polarización del ingreso (véanse las estadísticas sobre dicha concentración durante el final del maximato, el “desarrollo estabilizador” y, por supuesto, la etapa posterior a 1983 y hasta la fecha); que cada vez que lo creyó necesario recurrió a la mano dura (y la lista es larga: el año pasado redacté un botón de muestra, en el que consta que no hay año sin sangre de opositores durante la vida del régimen priísta, de 1946 a 2012). Muchos indicios apuntan a un sistema que no tiene nada de colectivista, que privilegió el “estado de bienestar” (bienestar, ¿para quién?) cuando se hizo así en el sistema-mundo capitalista, y que lo abandonó (con algo de retraso, compensado con la rápida aplicación de las medidas dictadas por el seudo-consenso de Washington) cuando así se dictó.

Falso, pues, que encontrar el carácter popular, agrario, rebelde, libérrimo de la revolución mexicana (en las filas magonistas, zapatistas, villistas, e incluso entre no pocos maderistas, carrancistas y obregonistas) me lleva a respaldar en modo alguno al régimen que durante décadas se reclamó surgido de ella. Sí me llevó a tratar de comprender la derrota de la revolución popular, a reflexionar sobre la incorporación de las demandas agraria y obrera al proyecto de nación de los vencedores (plasmado en la constitución de 1917), pero secuestradas y convertidas en herramientas de control social de un régimen, de modo que el reparto agrario no se haría de inmediato y desde abajo, como en 1914 y 1915 en las regiones dominadas por el zapatismo, ni por expropiación inmediata de los bienes de la oligarquía, como en la Chihuahua villista de 1913, sino como dádiva de un régimen —de hecho, únicamente por decreto presidencial— que, de manera cada vez más clara, sobre todo a partir de 1940, era un régimen de privilegio. De la misma manera, del presidente de la república, por medio de las juntas de conciliación y arbitraje, dependen los derechos de asociación y huelga que, por tanto, en la práctica no existen en nuestro país. Pero tampoco podemos comulgar con esa piedra de molino, esa majadería tan gorda que parecería digna únicamente de un Vicente Fox, según la cual el siglo XX es un siglo perdido. (De eso también habrá que discutir largo si se tercia; no se puede todo de una sola vez.)

No, doctor Schettino: nosotros no estamos con ese régimen, el régimen que claramente —en 1946, en 1964, en 1982, en 2013— ha pretendido guiar a México de acuerdo con los dictados, las corrientes, los “consensos” de las metrópolis del sistema-mundo capitalista. Es usted quien los sirve, es usted quién se alegra de sus decisiones y las festeja, y las disfraza con ropajes de “cambio”, de “fin de régimen”, de “democracia” (¿en “transición” o ya sin adjetivos ni comillas?).

A fin de cuentas, en libros como los de Macario Schettino hay un miedo atroz a que el pueblo tome su destino en sus manos; hay un miedo atroz a ese ser humano que se rebela, pues debe haber un desarraigo, una ruptura de la historia para que alguien realmente prefiera el riesgo de la muerte a la certidumbre de la obediencia (Afrary y Anderson). Schettino se presenta como innovador, como autor de un libro (el que nos ocupa) que, según la respuesta que me dio, “es el primero escrito por un mexicano tratando de revisar críticamente no sólo eso que llamamos revolución mexicana, sino el siglo entero”. Obviemos la sonrisa de mis colegas historiadores sobre esto, pero, ¿qué quieren? Es tan abundante la bibliografía que don Macario Schettino desconoce que un tema más, ¿qué más da?, cuando, en realidad, en México y el mundo…

Últimamente está de moda condenar los horrores de la revolución. No es nada nuevo […] Dicen que las revoluciones siempre acaban mal, pero confunden siempre dos cosas diferentes: cómo terminan históricamente las revoluciones y cómo se hace revolucionario el pueblo. Esas dos cosas se refieren a dos tipos distintos de gente. La única esperanza de los seres humanos está en hacerse revolucionarios: es la única forma de librarse de la vergüenza o de responder a lo intolerable [Gilles Deleuze, citado en Slavoj Žižek presenta a Robespierre: Virtud y terror (Madrid: Akal, 2010), 43].

6. Acepto que cada una de las frases del parágrafo precedente son discutibles. Muy discutibles, pues reflejan mi particular toma de partida en la actual coyuntura de México. Reitero que todas las contenidas en los parágrafos 2 a 5 constituyen una denuncia. Una denuncia explícita en contra de un opinólogo o “analista” que carece de ética. (Y no uso el término en sentido peyorativo: yo también lo soy, en este blog, cada dos martes en La Jornada, todos los días en la sobremesa). Porque aquí se trata de ética, de honestidad intelectual. ¿Qué honestidad intelectual cabe en un “estudioso” que hace trampa, ya sea por inaudita ignorancia (no otra cosa es la presunción de escribir sobre la revolución y sus resultados más allá de toda duda, sin trabajo de investigación, sin la lectura de tantos y tantos textos fundamentales) o por descarada mala fe? Gracias a libros como los del señor Schettino, en historia de México, como en el juego de Maratón, gana la ignorancia.

6 Comments

  1. Siempre he escuchado que la historia la escriben los vencedores, en este caso la historia la manejan los demagogos que siempre le han apostado a la ignorancia del pueblo. Lástima que también siempre existan personajes que de una u otra forma son comprados para manejar verdades a medias y a modo. Afortunadamente personas como usted señor Salmerón, y espacios como éste, se preocupan por difundir la verdad para que los legos en el tema podamos hacer nuestras propias conclusiones, enhorabuena y gracias.

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  2. Le felicito, Fernando, por su claridad y valentía. Dice por ahí haber redactado que entre 1946 y 2012 no hubo un año sin baño de sangre. ¿Lo publicó ya en alguna parte? ¿Se puede conseguir?

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  3. Por supuesto que la historia la hacen los vencedores, pero hay una historia alternativa que debe de enseñarse e interpretarse a partir de lo regional y microregional, para ir desmitficando a la gran historia política que es un engaño, porque al pueblo de México desde la fundación del imperio mexica, se nos vendió esta idea la de un pueblo elegido por los dioses.
    Ahora más que nunca los historiadores profesionales debemos a hacer que los estudiantes piensen más halla de sus narices para que vayan interpretando la historia desde un acontecimiento a un hecho histórico, por eso digo no a las mentiras de los farsantes de la historia basta ya de tanto cinismo de los pensadores organicos.
    sólo construyendo la historia desde lo regional uno se acerca a las verdades.

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  4. Felicidades paisano Salmeròn —si como leì en su biografìa es nativo de Coatzacoalcos, Ver.—. Personas como usted hacen falta en nuestro Mèxico actual para contrarrestar esa oleada de mentiras y desinformación que nos endilgan las televisoras e “historiadores” como Schettino, Catón y otros más.

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  5. Señor: este señor Macario esta igualito que Catón, su libro La roca y el ensueño es otra porquería y mire que yo no soy muy estudiado y con mis 66 años me atrevo a decir, que es digno del más recalcitrante y reaccionario panista. Porquería de libro.

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