Política dentro y fuera del auditorio

por Gonzalo Amozurrutia *

El conflicto en torno al auditorio Che Guevara obliga a la toma de una postura, pero ello exige acercarse al problema con un mínimo de información y, sobre todo, tomar distancia de ciertos dogmas que suelen anteponerse cuando el tema es apenas mencionado. El objetivo de este texto no es posicionarse en la actual coyuntura, sino discutir la pertinencia de estos supuestos, pues son ellos, a mi entender, lo que en parte impide que el estudiantado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM genere un interés genuino por el problema y decida intervenir en él políticamente.

1. El primero de ellos es la creencia en que, desde 2000 hasta la fecha, los grupos que han ocupado el auditorio se han arrogado el derecho a usarlo. De ahí se siguen acusaciones de “apropiación ilegítima” o incluso de “privatización del espacio”. En realidad, independientemente del grupo en cuestión, cualquier miembro de la comunidad universitaria siempre ha podido acercarse al auditorio y solicitarlo para la realización de actos políticos y culturales. Evidentemente, existen procedimientos para la asignación del espacio, pero en principio éstos han sido de carácter técnico y logístico.

Quienes esgrimen este argumento en contra de la ocupación suelen olvidar que el uso de cualquier auditorio o sala en la facultad y en la universidad supone un trámite burocrático que a veces toma meses y que no siempre termina bien. Olvidan por ejemplo que, en nuestra facultad, los actos propuestos por alumnos para el Aula Magna tienen que contar con el visto bueno de los coordinadores de los colegios. Cabe preguntarse, ¿cuál es el criterio técnico o logístico que puede incumbirle a un coordinador de área? Se supone que se trata de criterios académicos, pero la delgada línea que separa a éstos de los políticos es trazada necesariamente por quien tiene el poder; es decir, por ellos.

2. Esto nos lleva al segundo dogma: a saber, que lo que está en manos de las autoridades está en manos de la comunidad. Existe al respecto una muy marcada ignorancia en torno a los procesos de asignación de espacios por parte de la burocracia universitaria; procesos que, si fueran divulgados, quizá despertarían mucha más indignación que la que despierta la ocupación del auditorio. Porque los criterios del Patronato Universitario no son otros que el mismo amiguismo, parentela y clientelismo que caracterizan a cualquier aparato de estado en nuestro país. De ahí que no sea raro que cafeterías, puestos de dulces y fotocopiadoras den todos un pésimo servicio a cambio de precios exorbitantes.

Lo sorprendente es que el estudiantado soporte estoicamente los malos tratos, la pésima calidad de los productos y el robo en despoblado que suponen los precios de los concesionarios, sin decir ni una palabra ni levantar la voz con insultos y descalificativos como a veces lo hace al hablar del auditorio. Esas concesiones sí suponen la privatización del patrimonio, mientras que sus procesos de asignación permanecen en la oscuridad y a espaldas de los estudiantes. ¿Puede decirse, entonces, que las autoridades representan el interés común? ¿No se trata de vulgares despojos auspiciados por ellas? ¿Son legítimas esas apropiaciones?

Por supuesto se argumentará “que los concesionarios se apropien ilegítimamente del patrimonio no justifica que la ocupación lo haga”. Sin pretender decir aquí una verdad absoluta, lo que hay que considerar a la hora de evaluar la legitimidad de la ocupación del Che Guevara —y que casi nunca se considera— es la historia misma. ¿Puede una comunidad ser otra cosa que el producto de su propio desarrollo histórico? ¿Pasan sobre esa historia, ninguneándola, las leyes y las instituciones? Lo que otorga legitimidad a un proceso es la fuerza real que lo sostiene, y esa fuerza se compone de muchos factores.

En primer lugar, el auditorio como espacio de la lucha estudiantil independiente es producto de la huelga de 1999-2000. Las razones y las consecuencias de esa huelga pueden apreciarse de modos distintos, pero no puede negarse que fue un hecho histórico fundamental que sigue condicionando a la UNAM tal como ahora la vivimos y conocemos. En ese sentido, el auditorio representa la inercia de ese movimiento; mientras siga habiendo gente en la universidad que reivindique y sostenga sus principios como formadores de la institución actual y como componentes sustanciales de la memoria colectiva de su comunidad, la ocupación tendrá razón de ser.

Herencia de la huelga.

Herencia de la huelga.

Hay otros elementos, definitivamente menos idealizables, que forman parte de la correlación de fuerzas y que por ello deben ser consideradas para evaluar su legitimidad. En primer lugar, está la llamada “comunidad” estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras. Ella sería la auténtica y única legítima signataria del derecho a administrar el auditorio. Ahora bien, lo cierto es que, desde 2000 para acá, esa comunidad ha sido francamente incapaz no ya de articularse y organizarse, sino incluso de pronunciarse de modo conjunto en torno al problema. Si una comunidad se define por la capacidad que tiene para defender los intereses de sus miembros, entonces habrá que cuestionar si esta comunidad verdaderamente existe. Porque es evidente que el asunto le concierne directamente a sus estudiantes y que, en consecuencia, podría aglutinarlos a todos en torno a la resolución del problema.

Pero eso no ha acontecido; cuando parecía encenderse la chispa en 2008, se apagó en un par de semanas. Los más duros detractores de la ocupación resuelven esto de forma muy simple: la comunidad no tiene ninguna necesidad de definir ni mucho menos de defender sus intereses porque para eso están las autoridades. Democracia mínima, lógica y coherente desde el punto de vista analítico, pero muy cuestionable para las miradas críticas que hasta hace un par de décadas solían caracterizar a nuestra escuela. Por lo demás, ya hemos hablado de las limitaciones de las autoridades universitarias a la hora de defender el interés común. La pregunta que hay que hacerse es: ¿quién puede escuchar a una comunidad que no habla?

3. Esto nos lleva al siguiente dogma, asociado con el carácter de las discusiones que suelen darse entre detractores y defensores de la ocupación. Mientras que los segundos asumen plenamente que la discusión es necesariamente política y, en consecuencia, usan conceptos como derecha, izquierda, reaccionario, conservador y revolucionario, los primeros dan por hecho que se trata de un problema de legitimidad institucional en el cual la política no tiene cabida. Todo se resuelve, según ellos, apelando a lo que dice la Legislación Universitaria. Por otro lado, se arguye que los adjetivos y conceptos usados por la otra parte no sólo están fuera de lugar, sino que “polarizan”, “descalifican” e “insultan”.

Se trata de problemas de fondo muy asociados con el punto anterior. Si la comunidad es incapaz de pronunciarse en defensa de sus intereses es, posiblemente, porque es reacia a adoptar una posición política determinada, lo cual requiere de una discusión política previa que permita fijarla. Esto es lo que diferencia a esa “comunidad” de los grupos que ocupan el auditorio desde 1999. Estos últimos están organizados en torno a fines políticos concretos, discuten cotidianamente si su praxis es coherente con esos fines y mantienen discusiones paralelas con otros grupos semejantes. En tanto son conscientes de que sólo a través de un programa político determinado pueden defender sus intereses colectivos, esos grupos constituyen comunidades con una capacidad de influir en la realidad, de la cual carece la “comunidad estudiantil” de la facultad.

En la medida en que la universidad no es homogénea (en ella conviven individuos de diversas clases sociales, con historias de vida distintas y con filias políticas variadas), ningún programa podrá satisfacer plenamente los intereses de todos; de ahí que en las discusiones entre proyectos distintos surjan antagonismos y sean necesarias palabras para referirse a ellos. No son estos conceptos los que “polarizan” o “descalifican”; es la propia realidad la que resulta heterogénea y contradictoria, la que requiere de esas palabras para ser discutida. Si hasta ahora el resto de la comunidad estudiantil se ha mostrado reticente a dialogar de ese modo, a utilizar esos conceptos, no es porque sea “tolerante” y “plural”, sino porque no se ha atrevido ordenar sus intereses de acuerdo con una posición y un programa político que le permita luchar por ellos.

Sin considerar estos problemas, los críticos de la ocupación acusan de “intolerante” a todo aquel que identifica sus críticas como afines a los intereses de las autoridades o de alguna clase social en particular. Pero sería inocente creer que no tomar posición política alguna equivale a la neutralidad política. Cuando se dice que la política no es para los estudiantes porque para eso están las autoridades que los representan, se da por hecho que éstas son impolutas y que no defienden intereses de otro tipo que los estudiantiles. Si asumimos que la huelga del 1999-2000 fue un hecho político que se expresó como la contradicción entre intereses antagónicos, y que el auditorio mantiene la herencia de ese conflicto, ¿cómo podrá el argumento anterior no estar al servicio de la posición política que en aquel entonces tomó la rectoría? No se le puede dar a la burocracia un cheque en blanco haciendo tabla rasa del pasado; ella misma tiene sus intereses y aquél que abogue por cederle todas las decisiones estará defendiendo, necesariamente, esos mismos intereses.

En ese sentido, la posición que aquí criticamos condena al estudiantado a una situación de dependencia en la que delega a un grupo con intereses distintos a los suyos decisiones que le atañen directamente. Peor aún, hace pasar esa dependencia por autonomía, pues asume que la comunidad no está tomando partido por ninguna agrupación política al no manifestarse políticamente. Aquí sostengo que para que la comunidad intervenga en el conflicto tiene que articular sus intereses conforme a un programa y una posición política determinados por ella misma y tras un amplio proceso de discusión democrática. Pero esto supone el abandono de los dogmas respecto a lo que es políticamente correcto; es decir, supone asumir la politicidad de sus acciones.

Los estudiantes tendrían que ser honestos y hablar frontalmente de lo que consideran que son sus propios intereses. Y si su posición es conservadora, asumirla como tal y defenderla hasta el final, de manera verdaderamente autónoma e independiente; lo mismo si se trata de una posición progresista identificada con ideas anarquistas o comunistas. A mi modo de ver, el miedo a los “ismos” (alimentado en nuestra facultad por la ortodoxia posmoderna) nos ha impedido intervenir con independencia en la resolución de los problemas que nos afectan. Y no es que se tenga que ser comunista o anarquista; sólo se trata de reconocer que existen referentes políticos e históricos válidos en los cuales encontrar algunas claves para la articulación de nuestras demandas. En todo caso, si empezamos la discusión negando su carácter político, jamás llegaremos a ningún lado, pues las posiciones no podrán decantarse ni tendrán siquiera la oportunidad de demostrar que una u otra representan mejor al interés general. La única posición que gana de antemano esa partida, sin siquiera haberla jugado, es la de la burocracia universitaria.

4. Finalmente, es necesario señalar que los procesos no son homogéneos ni unívocos. Que la ocupación del auditorio mantenga la herencia de la huelga de 1999-2000 no quiere decir que lo que haga en toda su pureza (si es que ésta la tuvo) ni que sea una viva imagen de la misma. Mientras una parte de los ocupantes usen el espacio como albergue o como refugio para consumir drogas, mientras el trabajo realizado guarde poca relación con los problemas de los estudiantes y no se esfuerce por sensibilizarse al respecto, habrá en ese proyecto fuertes contradicciones con las ideas y el espíritu que alimentaron ese legendario movimiento. Con todo, la vitalidad que tienen esas tendencias, así como la incapacidad de los ocupantes serios para superarlas, dan cuenta también del triunfo de la apatía política en la universidad, y del retroceso constante de la genuina política revolucionaria.

22 Respuestas a “Política dentro y fuera del auditorio

  1. El interés de todo estudiante es el estudiar. Si los estudiantes deben de articularse en algún movimiento seria en uno que defienda sus estudios. El que parte de la universidad esté ocupada, por cualquier entidad que no sea la misma universidad, le quita al estudiante espacio para estudiar. No conozco el proyecto político de la burocracia universitaria, pero en todo caso, en tanto éste no esté en contra de que se estudie, el auditorio le corresponde a la universidad.

    Sólo espero que las cosas sean así de simples. Si la burocracia universitaria en serio tuviera un interés en que ese auditorio funcionase normalmente, ya no estaría ocupado desde hace mucho. Como se dijo, redes de amiguismos controlan al país, el auditorio no es la excepción. Y recuperar el auditorio no seria favorecer los intereses de burocracia.

    Si en algún lugar hay que comenzar es en recuperar el auditorio, luego obligar a que se hagan las cosas fura de las redes de amigos.

    También me gustaría que citaras algunas fuentes. Dices que el auditorio siempre ha estado abierto a los estudiantes; me gustaría ver actos académicos allá adentro o por lo menos con el nombre se estudiantes.

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  2. El pasado y sus tácticas no tienen por qué atar el presente. El Che Guevara, mausoleo sin ventilación, no merece la atención ni el desgaste de energía que la debilitada izquierda universitaria le ha prestado. Se trata de un nido de “tiras” en potencia y de facto. El fetichismo de su defensa dogmática advierte, como dices bien, la falta de un programa. El Che Guevara es un señuelo embrujado, un vertedero y una tumba para el movimiento social. Más que fisura del sistema, resulta síntoma de su fortaleza …

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  3. Entonces, dado que la comunidad estudiantil no es capaz de tomar decisiones sobre el auditorio Justo Sierra, colectivos de gente ajena a la comunidad, pero que realizan intensa actividad de concientización política, nos hace el favor decidir por nosotros. Mira nomás que amables.

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    • No veo la necesidad de las ironías. No se trata de que los grupos (¿tienes alguna prueba de que sean gente “ajena” a la “comunidad”?) “hagan el favor”, en el artículo eso ni siquiera se insinúa. Todo lo contrario, se exhorta a que la “comunidad” se constituya como tal a través de la politización, porque se reconoce que su papel hasta ahora ha sido marginal. Ese es un hecho objetivo y a mi parecer irrefutable. Yo te diría, valiéndome de la ironía pero sin ninguna intención ofensiva: “dado que la comunidad estudiantil no es capaz de tomar decisiones sobre la totalidad del patrimonio universitario, burócratas con intereses ajenos a ella nos hacen el favor de decidir por nosotros. Mira nomás qué amables.”

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  4. Me cansa la palabrería izquierdosa, tanto como la hueca retórica derechista. Fatigado de los planteamientos sobresdrújulos y los discursos ensayados, repudio cualquier acto protocolario, como que es acto encaminado a conservar la forma e ignorar el contenido. Tus intenciones puede que sean justas, no las juzgo. ¿Acaso no eres producto de tu propio desarrollo histórico? Pedirte abandones tu grandilocuencia por cualquier otro vicio del ego sería inocente, amigo. Igualmente te pido, no me juzgues si sólo me interesa hacer mi tarea y terminar la carrera. Mi apatía con mi pan me la como, no te pido para la escuela. Déjame ser indiferente, tus podios yo no te disputo, ni estorbo en tus foros. Y no me digas que no existo, sólo porque aún no te has tomado la molestia de buscarme. Si crees que con alzar la voz y volantear y hacer mítines has andado tu mitad del camino entre nosotros, entonces disculpame por mantenerme en el frente desde el cuál lucho, supongo que tú, a diferencia de mí, si tienes quién releve tu puesto. Con gusto te regalo, los 27 minutos que me tomó leer y contestar tu escrito.

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    • 27 minutos no te bastaron para percatarte de que no hay un solo juicio en todo el texto. No te juzgo, haz con tu tiempo lo que quieras, sólo intenté esbozar las condiciones objetivas que deben de considerarse a la hora de discutir el tema del auditorio.

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  5. El problema, me parece es que esa parte del proletariado que va a la escuela no logra romper con esquemas que tienen su origen en la izquierda del capital, y eso es un lastre con el que carga en prácticamente todas sus luchas.

    La llamada “comunidad estudiantil” o la llamada “comunidad universitaria” no existen como tales, pues no existe tal comunidad de intereses en tanto que son conceptos que ocultan los intereses de las distintas clases que hay en toda la sociedad.

    Uno de los aspectos interesantes del artículo es que comienza a plantear la crítica al concepto de “comunidad”, si bien es cierto que no llega a romper con él cuando dice:

    – “Si la comunidad es incapaz de pronunciarse en defensa de sus intereses es, posiblemente, porque es reacia a adoptar una posición política determinada, lo cual requiere de una discusión política previa que permita fijarla.”

    – “[…] para que la comunidad intervenga en el conflicto tiene que articular sus intereses conforme a un programa y una posición política determinados por ella misma y tras un amplio proceso de discusión democrática.”

    – “Los estudiantes tendrían que ser honestos y hablar frontalmente de lo que consideran que son sus propios intereses. Y si su posición es conservadora, asumirla como tal y defenderla hasta el final, de manera verdaderamente autónoma e independiente; lo mismo si se trata de una posición progresista identificada con ideas anarquistas o comunistas.”

    Si ese cuestionamiento se llevase a fondo, se llegaría a la conclusión de que no existen intereses como “estudiantes”, “comunidad estudiantil” y tampoco como “comunidad universitaria”. Lo que hay son clases sociales.

    De modo que incluso hablar de “autonomía”, así, sin más, es insuficiente. ¿Autonomía de quiénes? ¿con relación a qué?

    Más que llamar a la autonomía del “estudiantado”, es necesario plantear a los proletarios que estudian, la necesidad de su autonomía como clase, la necesidad de que se reconozcan como tales, de que vean que esa misma dificultad es con la que carga el resto del proletariado en otros ámbitos, lo que arrastra sus luchas a un terreno interclasista (terreno que abonan tanto la democracia, como los partidos del capital y las llamadas “organizaciones sociales” y “populares”), y lo que impide que los proletarios como clase tengan el control y decisión sobre sus propias luchas. Se trata pues de apelar a la autonomía de clase, no a la del “estudiante”, del “universitario” y demás categorías interclasistas.

    Al apelar a la “comunidad estudiantil”, los estudiantes que provienen de familias proletarias simplemente no logran ver que, finalmente, son esas diferencias las que marcan la frontera entre una perspectiva política y otra.

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  6. Estimado Gonzalo:

    Desafortunadamente más allá de las cinco líneas que en el punto 4 le dedicas a quien opina distinto, tu reflexión está completamente desbalanceada, sólo es crítica contra quienes están en contra de la ocupación, no contra quienes la apoyan.

    A título personal (hablando de mí experiencia y de la de nadie más), quiero comentarte que la apatía no nace de a gratis: Entré a estudiar en la FFyL en agosto de 1997, luego de terminar la carrera (en 2003) he seguido yendo porque cursé una segunda licenciatura y porque comencé a dar algunas clases ahí en 2012, así que me tocó todo el proceso que desembocó en la actual ocupación del Che / Sierra y sus posteriores bifurcaciones, que nos dejan en el desolado actual actual. Después de pasar horas y horas en asambleas sin rumbo, en discusiones que no llegaban a nada con interlocutores sordos a un discurso que se saliera de su reducido horizonte (y que a veces incluso resultaban violentos frente a quien disientiera), me cansé. Me di cuenta que había sido tiempo perdido. Esto es, insisto, mi experiencia y mi opinión. Yo no vi fructificar ni una sola esas horas y días de mi vida, así que decidí hacer cosas más útiles por mí y para mí.

    Y sí, ésta es también la postura que tanto atacas, estimado autor: gran parte de los estudiantes actuales se da cuenta de que ésos no son caminos sino callejones sin salida, la comunidad estudiantil y académica de la FFyL (¡tanto que te burlas de que en realidad no sea “comunidad”, pero ignoras, ingenua o voluntariamente, que la palabra tiene más acepciones de las que interesan a la exposición de tu postura!) sabe que el Sierra / Che es un hoyo negro. Y es una lástima. Yo quisiera que volviera a administrarlo la facultad, que pudieran usarlo nuevamente los chavos de teatro para sus presentaciones finales, que pudiéramos usarlo para eventos académicos oficiales. Y es también el sentir de gran parte de la comunidad: me tocó participar en la consulta que organizó Ambrosio Velasco (me consta que fue genuina la participación de estudiantes y docentes) para tratar de convencer a los ocupas de que la voluntad de la gran mayoría de la comunidad era que devolvieran las instalaciones. Los ocupas se pasaron la voluntad de la mayoría por el arco del triunfo, no quisieron (¿no pudieron?) reconocer que la comunidad no apoya lo que hacen con el sitio; irónicamente, los ocupas que supuestamente son tan progresistas, tan comunistas, tan anarquistas, lo tienen como feudo, como propiedad privada.

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    • Insisto, compañero: sea más crítico con los estudiantes. Quizá mi definición sea muy acotada (no veo donde esté la burla), pero es pertinente para el tema en discusión. Cuando en el 99 se votó la huelga, no se trató de una consultita con boletas anónimas, sino de asambleas abarrotadas. Esa consulta era una broma: Ambrosio la hizo para lavarse las manos, pasar la bolita, nada más. Si los estudiantes quieren que el auditorio vuelva a servir a sus intereses, que se organicen para ello. Obvia usted todo lo que pongo sobre la falsedad de la coincidencia entre intereses de los estudiantes e intereses de la burocracia; dígame usted sobre cuál auditorio en toda la universidad deciden los estudiantes. Feudo y propiedad privada, lo sabrá usted si da clases en filosofía, no son lo mismo. Pero concediendo eso, ya he argumentado, y a los estudiantes de los congresos de geografía y letras hispánicas y muchos otros les consta, que no hay propiedad privada. Me pregunto si usted levanta la misma queja contra las decenas de cafeterías que dan pésimo trato, pésimo servicio, pésimos alimentos a cambio de precios altísimos, ellos sí lucrando al máximo, pirvatizando cada centímetro del espacio que ocupan. Si sí lo hace, tiene todo mi respeto. Ahora bien, si el artículo está cargado hacia un lado se debe a dos cosas. La primera, que yo tengo una posición política y que no voy a hacer como si no la tuviera. La segunda, que pretendo dar cuenta cómo argumentos como el suyo pretenden una neutralidad de la cual carecen.

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      • Estimado Gonzalo:

        Muchas gracias por dedicar tiempo a responder mis comentarios.

        Tienes razón, los auditorios estaban abarrotados en 1999, porque la fuerza que tenía el movimiento así lo requería, porque el apoyo masivo al movimento así se manifestaba. Y en esas asambleas de multitudes se votó, efectivamente por la huelga. Pero nunca se votó en ese entonces por el embargo permanente de alguno de los inmuebles de la UNAM… en esas concentraciones masivas no se gritó a favor de que un grupo de ocupas, remanentes del movimiento (o agregados posteriores) fueran los futuros administradores del Sierra-Che. La consulta ogranizada por Ambrosio Velasco fue hecha bajo la misma dinámica con la que entonces se realizaban las votaciones por los representantes ante los consejos. ¿Dónde está la burla? ¿Acaso la única forma válida y auténtica de expresar la voluntad de la comunidad estudiantil y docente es por medio de asambleas? Yo creo que ambas formas tienen sus ventajas y desventajas y ambas son válidas… Una asamblea puede ser muy útil para escuchar diversas propuestas y opiniones, pero tiene la gran desventaja de tener que concentrar en un mismo tiempo y espacio a mucha gente que quizás, aunque desee participar, por razones ajenas a su voluntad no pueda hacerlo. Una consulta con boletas tiene la ventaja de permitir la participación de un número mayor de personas interesadas, puesto que tiene una duración de varias horas o incluso de varios días, amén de sintetizar en un número claro y nítido la fuerza numérica de quienes participan. Quizás en algún momento la comunidad prefiera expresarse a través de asambleas, como en el caso de 1999. Quizás en otros momentos decida hacerlo a través de una consulta. ¿La burla no fue más bien el que los ocupas hayan ignorado la consulta que apoyaba tanta gente? Y ya que entramos en el tema, ¿es también una burla el comunicado del consejo técnico sobre la devolución del auditorio? Cuando comencé a escribir esta respuesta el contador marcaba 1 230, en este momento van 1 242 personas que han firmado a favor. ¿Tampoco será válida esta expresión de la comunidad de la facultad sólo porque no se hace en las formas que avalan los que están a favor de la ocupación? Ahora ya van 1 245. ¿Quién se burló de quién?

        Tienes razón: no coinciden los intereses de la burocracia con los de los estudiantes. La burocracia es un lastre (indispensable) de toda institución, y como buen reflejo de México que es la UNAM, en ella están presentes todos los males que mencionas: amiguismos, malversación de fondos, falta de transparencia en los procedimientos, y un lárgo etcétera. Ahora bien, el retener el Sierra-Che, ¿en qué merma los vicios de la burocracia? ¿En qué ayuda a erradicar sus perversos modos? ¿Será que los burócratas de la UNAM hacen rabietas y muinas desde hace 14 años porque no pueden decidir sobre el auditorio? A la burocracia le tiene sin cuidado si tiene un auditorio menos bajo su cuidado. Al contrario, les haces un favor: no se encargan del mantenimiento, no se encargan del papeleo. Y la realidad es que tampoco se puede prescindir de la burocracia: gracias a ella es que pudiste entregar tus documentos en el momento en que ingresaste a la UNAM, gracias a ella se organizan los espacios que ocupas semestre con semestre, gracias a ella vas a obtener tu grado cuando concluyas tus estudios. Pero en principio estoy de acuerdo contigo; hay muchas cosas que deberían mejorar, hay muchos vicios que deberían dejar.

        Por otro lado, el hecho de que haya habido eventos como los congresos de geografía o de hispánicas no significa que los ocupas no hagan uso del espacio como si fuese propiedad privada. ¿No lo cierran y lo abren, no lo prestan, no lo alteran, no lo utilizan a su voluntad? Cuando su administración estaba en manos de la facultad también había infinidad de actos organizados por los alumnos, cualquier miembro de la comunidad de la facultad podía pedirlo. ¿Que se necesita papeleo? Claro que sí. Como bien dices, los ocupas también hacen algo muy parecido al papeleo burocrático para organizar tiempos. ¿Que se necesita visto bueno? Claro que sí. Tiene que haber una instancia universitaria responsable del inmueble mientras dure el acto en cuestión, alguien que responda en caso de que haya algún desperfecto. Lo que me lleva a preguntar ¿quién se hará responsable de los saqueos del patrimonio universitario de que fue vícima el auditorio? ¡Terminando la huelga estaba en un estado tan lamentable el pobre auditorio! ¿Quién responde por ese vandalismo? ¿Quién paga por esos robos? (Es justamente en estos puntos en donde me hace tanta falta en tu artículo una mirada crítica contra los ocupas.)

        Y también tienes razón en levantar la voz sobre el pésimo servicio de los concecionarios, pero ya contestaste tú mismo en el texto: “que los concesionarios se apropien ilegítimamente del patrimonio no justifica que la ocupación lo haga”. Ni los años que dure la ocupación, ni el número de inmuebles que ocupen incidirá en mejorar las condiciones de las cafeterías.

        Al decir que está muy cargado a un lado de la balanza no pretendo que ocultes tu postura política o que la minimices o que la guardes en tu bolsillo. Lo que quiero es que haya un reconocimiento de las muchas fallas, de las muchas inconsistencias, de los muchos tropiezos de quienes han ocupado el Sierra-Che, porque es justamente la suma de muchos de éstos uno de los orígenes del sentir de muchos profesores y estudiantes de que el auditorio está secuestrado. Sólo en la medida en que vayamos siendo sensibles frente a las circunstancias, posturas y sentires a ambos lados del diálogo, será acaso posible acercarse a un consenso. Y no, no pretendo ser neutral; no sólo es evidente en mi comentario el que estoy en contra de la ocupación y a favor de que la facultad administre el auditorio, sino que lo dije con todas sus letras. Y lo vuelvo a decir.

        Por cierto, ya van 1 264 firmas de apoyo al comunicado del consejo técnico.

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    • Esta ha sido la exposición más congruente que he leído hasta ahora en todo este artículo y sus comentarios, sin contar que evitó el mal uso del sarcasmo, ojalá hubiesen más posiciones argumentadas así de bien articuladas como esta. Saludos.

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    • Le diré dónde estaba la burla. La dirección de la facultad hizo esa consulta para lavarse las manos, para decir que había hecho lo que estaba en ella y que todo dependía de la voluntad de los ocupantes. Quienes habían votado podían irse a dormir y esperar tiempos mejores, las autoridades de la facultad no harían nada más. Pero tampoco lo harían, por supuesto, los mismos votantes, porque la diferencia entre asamblea y consulta no es cuantitativa, sino cualitativa. Una consulta no expresa la opinión de una comunidad, sino de muchos individuos. Individuos que por los motivos que usted quiera, no le dedicarán a la cosa política más de los dos minutos que les tome llenar una boleta. El resultado de esfuerzo tan parco no puede ser sino parco. El hecho de que hayan votado como individuos, sin discusión previa, sin acuerdos, sin decisiones colectivas, tiene sus consecuencias, porque su opinión jamás aparecerá con la fuerza necesaria. La asamblea sí refleja la posición de la comunidad, porque en la asamblea la comunidad se hace, se constituye, a través de la discusión, el diálogo, etc. Porque la comunidad no es un hecho cuantitativo, como hacen creer los nítidos números de las encuestas, sino cualitativo. Y lo mismo respecto a los Consejos Técnicos, que son votados por cantidades ridículas de estudiantes, sin ninguna discusión, debate ni nada. Nadie los conoce, a nadie le importan y ellos son felices así ¿por qué no será una burla cualquier cosa que puedan decir, sobre lo que sea?

      Y en lo que respecta a la Facultad, perdón, pero cualquier estudiante de preparatoria redacta mejor que ellos, esos comunicados no pueden ser representativos de una facultad de humanidades. Así que no se trata de las únicas formas válidas según tal o cual grupo, sino de las formas que son respaldadas por la praxis, por la vida real de la gente que las practica y se involucra con ellas. Una consulta son papeles en el aire, nada más. Afuera de la UNAM, a esos papeles los respaldan las bayonetas y por eso pueden imponerse sus resultados, no porque sean representativos.
      Sobre la burocracia. Dejando de lado el amplísimo debate de si es necesaria o no, porque mi punto no era hacer una crítica del concepto, lo que me importa es señalar la asimetría que hay y que suele pasar por simetría. Es decir, la burocracia y sus allegados controlan la totalidad del patrimonio universitario, no un auditorio, y no veo por ningún lado las críticas al respecto. Usted pone los dos hechos en la misma balanza cuando en realidad lo que ocurre es que hay una casta parasitaria enriqueciéndose a costa de los estudiantes y que prácticamente no recibe ninguna crítica de parte de quienes critican la ocupación por gestionar un solo espacio. Yo traje a colación el tema justamente porque la relación es asimétrica. Si se trata de criticar la apropiación de los espacios, debería de empezarse por la que más daño hace a los estudiantes porque los afecta a todos, en todo momento y en todo el campus. La burocracia tiene sus funciones, usted las señala bien, y a cambio recibe un salario, bastante alto cuando hablamos del Patronato y funcionarios de Rectoría. Así que nada justifica la forma en que han privatizado el patrimonio en forma de concesiones; en historia, eso se llama patrimonialismo, y es propio del Anitguo Régimen.

      Estoy absolutamente en contra de que use el término propiedad privada para la ocupación con los criterios que usted menciona. Cerrar, abrir, prestar, alterar, son las cosas que hace la burocracia con los auditorios y todos los espacios no concesionados ¿alguien considera eso propiedad privada? claro que no. Y si sí, estamos de nuevo frente al problema de simetría.

      Coincido con usted en que hay buenos motivos para pensar que la burocracia ha permitido la ocupación a propósito. El presupuesto del Auditorio debe ser alto, y esas sanguijuelas deben de pasarla muy bien guardándolo en sus bolsillos. Pero el asunto no puede terminar ahí. La burocracia es parte del estado y el estado tiene intereses de clase. Así que, por más que la Rectoría y sus burócratas usen la autonomía para quedarse con el presupuesto, habrá momentos en que el estado exija la desaparición de los focos rojos, entonces los intereses particulares dejarán de contar.
      Las fallas, inconsistencias y tropiezos de los ocupantes no me interesan aquí. Porque creo que cargar sobre ellos, como usted hace, la irresponsabilidad y la apatía de los estudiantes, es, por un lado, darle a los ocupantes una importancia que no tienen, y por otro, darle a los otros un cheque en blanco que no merecen. Es muy fácil buscar al diablo afuera, señalar a los criminales y legitimar la guerra con una boleta, y luego hacer pasar eso como la voluntad de la “comunidad”, exactamente como lo hace cada presidente de Estados Unidos. Creo que el problema es más complejo y la solución mucho más complicada, porque pasa por la politización de los estudiantes, y en función de ello de su constitución como comunidad.

      Cuando usted dice que está a favor de que la “facultad” “recupere”, el espacio, vuelve a pretender una neutralidad falsa. En la facultad habemos quienes respaldamos la ocupación y quienes vemos su apropiación por las autoridades como una derrota y no como una recuperación. Yo lo reconozco así, ese es mi bando y no pretendo que eso sea por el bien de todos.

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  7. ¿Y los precios y calidad de los productos que se venden afuera y adentro del auditorio Che Sierra son una opción viable para los estudiantes? ¿Qué otro “auditorio” de toda la universidad es utilizado a manera de hotel o unidad habitacional? ¿Qué otro “auditorio” es administrado por personas ajenas a la universidad (porque si se puede hacer eso, le quiero pedir al señor repartidor de pizzas que administre la coordinación del colegio de estudios latinoamericanos)? ¿Por qué no se habla de los precios, los productos y las personas que se venden el difunto “aeropuerto”? ¿Los estudiantes han abalado la existencia de los distintos cubículos que hoy pueblan la facultad y que son utilizados como mejor les conviene, ya sea vendiendo libros, sacando impresiones, vendiendo dulces, entre otros más y que sólo beneficia los sus integrantes?

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    • En la respuesta al último comentario de Manuel está implícita una respuesta a tu comentario, el tema no es quien administra mejor o peor. Lo del “aeropuerto” es otro tema, igual que lo de los cubículos. Me parece que en 2010, Villegas pactó con dos organizaciones la “oficialización” de los espacios tomados dentro de la facultad. Lo hicieron a espaldas de los estudiantes, por su puesto. Una de éstas organizaciones era el GDR, brazo estudiantil de Miguel Angel Mancera y otras finísimas personas. El año antepasado, una asamblea del colegio de historia y otra organización acordaron expulsar al GDR y poner el espacio a disposición de los estudiantes. Después, una asamblea estudiantil mucho más amplia avaló la acción. Hoy puedes acercarte al 114-bis con tus proyectos o a checar los que actualmente alberga.

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