El Porfirio Díaz de Orizaba

por Dora Sánchez Hidalgo *

Hace casi dos semanas, en el Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana nos reunimos un grupo de colegas preocupados por una cuestión del pasado: que el alcalde de Orizaba, Manuel Díez Francos, decidió —así, por sus pistolas— develar una estatua de bronce de Porfirio Díaz en el parque Bicentenario de esa ciudad. La idea fue discutir en un foro abierto —sin ponencias, presídiums ni pódiums— cómo está eso de que al presidente de un ayuntamiento elegido democráticamente se le ocurriera realizar semejante acto público, sin transparencia sobre el origen del dinero para pagar la susodicha estatua ni sobre el proceso de consulta para hacerlo. En estas líneas trataré de recuperar algunos de mis planteamientos, que —aclaro— estarán mezclados con mis reflexiones acerca de otros argumentos, opiniones y preocupaciones que se expusieron en el auditorio Aguirre Beltrán.

Como punto de partida, me parece fructífero empezar por diferenciar dos ámbitos para enmarcar la discusión. Por un lado, entender a la estatua como un monumentos histórico; es decir —dice el diccionario de la Real Academia Española—, como una “obra pública y patente, como estatua, inscripción o sepulcro, puesta en memoria de una acción heroica u otra cosa singular”. Por otro lado, re-conocer a Porfirio Díaz, en el sentido que Mauricio Tenorio planteó en Nexos, de volver a conocer al personaje y su tiempo.

(En México hay otras estatuas de Díaz. Una está en Matamoros y conmemora al Porfirio Díaz de la batalla del 2 de abril de 1867 en Puebla. Otra está en un espacio privado del Museo del Puerto en Veracruz, a cargo de la Administración Portuaria Integral de Veracruz. Se colocó ahí, y no en la zona portuaria como lo tenía planeado el gobernador Miguel Alemán Velasco, después de una disputa entre la Coordinación de Puerto y la Marina Mercante. También está una estatua en Tampico, que representa a Díaz en una actitud de satisfacción mirando tranquilo a su ciudad desde el balcón del edificio de las Mercedes. Este edificio es propiedad de la familia Castelló, descendientes de Carmen Romero Rubio —véase esta nota de Milenio—. Hay dos estatuas más en Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, instaladas por el gobierno federal en conmemoración de la batalla del 3 de octubre de 1866, donde el joven Díaz va cabalgando su caballo, para representar su participación en el combate contra el ejército francés.)

El alcalde de Orizaba

El alcalde de Orizaba. (Foto tomada de Formato Siete.)

Con relación a las estatuas como monumentos que refieren a la memoria de una acción, éstas deberían, en una sociedad democrática, apelar a un imaginario colectivo donde se busquen consensos de las mayorías y estén representadas las minorías. De lograrlo, lo simbólico evitaría que la historia quede reducida a un orden bipolar de buenos y malos, de héroes y villanos, así el monumento ampliaría, como una ventana hacia el pasado, la posibilidad de abrir el pensamiento a la complejidad de la vida social y pública. Al final, las estatuas también son una síntesis que encierra muchas lecturas. Hay entonces que mirarlas de frente —sobre todo cuando se trata de un hombre con una espada— para poder interrogarlas: qué representa el signo de su figura, qué simboliza el personaje, qué significa hoy políticamente. Con estas preguntas es posible observar esta versión de Díaz desde la perspectiva de Díez Francos, para así desmitificar al personaje que ha pasado en la historiografía de General a Dictador y de Dictador a Don, y tratar de comprender hacia dónde ven los ojos de estos políticos que en la actualidad, para bien o para mal, nos gobiernan.

Dejando a un lado los problemas estéticos y de proporción de que peca la estatua, la figura del ex presidente que Díez Francos eligió para su estatua de Díaz, es la del viejo general: con sus muchas condecoraciones y su espada enfundada, en cuyo mango apoya la mano, casualmente pero con firmeza, el hombre mira de frente al horizonte del país que aún gobierna. Este signo nos remite a cualquier dictador de la era victoriana —podría ser un zar o un kaiser—, pues en todos los casos encierran una era de “orden y progreso” que sabe a nostalgia (Tenorio). Ahora bien, para entender este signo hay que preguntarse qué simboliza el personaje en el espacio público de nuestros días.

Esta pregunta me lleva al ámbito del re-conocimiento del personaje y su tiempo. En el caso del Porfirio de Orizaba, el alcalde Díez Francos mandó colocar la estatua en un sitio histórico; es decir, un lugar donde aconteció un evento con transcendencia en la historia viva: la “huelga” de Río Blanco. Gracias a la importante producción historiográfica sobre el porfiriato, hoy sabemos que lo ocurrido en Orizaba en 1907 no fue una huelga. Río Blanco fue el resultado del fin de un bloqueo de la fábrica (lock out) por parte de la empresa, que se levantó tras un laudo con el cual no todas las partes habían quedado conformes; véase Aurora Gómez Galvarriato, Industry and Revolution: Social and Economic Change in the Orizaba Valley, Mexico (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 2013).

Lo que es innegable es que hubo muchos muertos. La matanza fue resultado de la confusión que se generó con la represión ejercida por el militar Rosalino Martínez —quien antes había participado en las matanzas en pueblos mayas y totonacas—, enviado por Porfirio Díaz para controlar la tensión entre los obreros que querían volver al trabajo y aquellos que no. Después vino un éxodo de trabajadores de la región, que huyeron dejando empeñadas sus pertenencias, consiguiendo préstamos o con ayuda de la gente en la ciudad y los pueblos vecinos. Mientras tanto, el gobierno federal mandó fusilar a los líderes del Gran Círculo de Obreros Libres de Santa Rosa, Rafael Moreno y Manuel Juárez, pues quería dar un mensaje claro a otras organizaciones obreras en el país. El hecho histórico es que estos trabajadores, acusados de haber organizado la protesta contra el laudo del gobierno, fueron fusilados sin juicio. Al final no se comprobó ni siquiera que estos trabajadores hubieran sido los responsables de organizar lo que en ese momento las autoridades denominaron como una “revuelta” —véase la exposición fotográfica Centenario de la fundación del Sindicato de la fábrica de Santa Rosa, inaugurada el 21 de septiembre de 2015 en la fábrica Santa Rosa, Ciudad Mendoza, Veracruz (la exposición fue organizada por el Museo de Historia de Ciudad Mendoza, el Sindicato de Obreros de la fábrica Santa Rosa y el Ayuntamiento de Ciudad Mendoza).

Los acontecimientos aquí relatados evidentemente no son los que el alcalde orizabeño guarda en su memoria, aún cuando distintos grupos intentaron recordárselos en el acto público de inauguración de la estatua. Entre los inconformes se encontraban ese día precisamente unos ex trabajadores de la Compañía Industrial Veracruzana (CIVSA) despedidos en 1991. Según el jefe de gobierno de Orizaba, el monumento es para que “recordemos que se nos llamaba la ‘Manchester mexicana’ por los empleos de la región[,] de donde acudían de otros estados para trabajar. Mi padre decía que la ingratitud es la amnesia del corazón y en esta ciudad no somos malagradecidos” (véase esta nota de Miriam Rodríguez Hernández en Al Calor Político). Es cierto: hacia principio de la década de 1890 un grupo de pujantes empresarios barcelonnettes, que venían desarrollando todo un complejo de negocios aprovechando las profundas raíces de la industria textil en México, instalaron dos compañías en el valle de Orizaba: CIVSA en Santa Rosa, hoy Ciudad Mendoza, y la Compañía Industrial de Orizaba, que abarcaba Río Blanco, Cocolapan, San Lorenzo y los Cerritos. La visión de estos empresarios para seleccionar la región fue crucial parra el éxito de la industria. Varios ríos de buen caudal cruzaban el valle; había pueblos que garantizaban la provisión de mano de obra barata y, por su privilegiada posición geopolítica, la región está en uno de los corredores comerciales más importantes de México, con caminos y las líneas ferroviarias que permitían el flujo de trabajadores especializados entre México, Puebla y Veracruz.

El contexto de paz internacional, la expansión comercial, la estabilidad financiera y de inversión que hicieron posible esta modernización han sido ampliamente estudiados desde la historia económica. En este mundo de progreso, la historia que quedó fuera del espacio público de Orizaba es precisamente la historia de la organización política de los obreros que, como en Manchester, pero en una temporalidad distinta, estaba a la vanguardia de su tiempo. Los obreros de Orizaba habían ganado derechos en salud, educación, vivienda y mejoras salariales, aún antes de la revolución, logros que consolidaron durante los años de la política revolucionaria gracias a su habilidad para aprovechar la posición estratégica de su industria; véase John Womack, Posición estratégica y fuerza obrera: Hacia una nueva historia de los movimientos obreros (México: El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica, 2007).

Esta historia es la que Díez Francos ha decidido negar y en cambio, en un acto anacrónico, exaltar al héroe de bronce, al dictador maduro, al viejo general (véanse las declaraciones de Gerardo Galindo, director de la Facultad de Historia de la UV). En otras palabras, al antihéroe de la revolución, ese que aún muchos años después de su muerte —como dice Tenorio— sigue siendo necesario. La pregunta, entonces, es: ¿necesario para quién? Para responderla, volvamos al ámbito de los monumentos históricos, al día de la inauguración de la estatua.

¿En qué se identifica Díez Francos con el hombre de la espada? “[Díaz] decía que menos política, más administración. Los políticos gastan, yo invierto. Mi ciudad [sic] está pavimentada[;] cuando llegue aquí [a la presidencia municipal] estaba invadida de basura, hoy está bonita. Tenemos 176 patrullas[;] la encontré con dos patrullas y media. Es la ciudad más segura de la república.” ¿A quién se dirige? Evidentemente, no al gobierno federal ni a los miembros de su partido, el PRI, pues cuando se le preguntó qué pensaba de la ausencia de Javier Duarte, el gobernador del estado en la inauguración, Díez Francos respondió: “Tiene más de un año y medio que no se para por aquí.” En cuanto a las críticas que le han hecho desde el PRI, como las del diputado Tonatiuh Polá, el alcalde comentó: “Tonatiuh tendrá nombre de indígena, pero yo siempre lo veo vestido de Armani. La historia se encargará de reivindicar a Díaz como un héroe, yo por la estatua he recibido muchos aplausos” (véase la nota de Noé Zavaleta en Proceso). ¿Aplausos de quién? De los admiradores de don Porfirio, que llenaron la mitad del aula magna del Palacio de Hierro, así como de los comerciantes locales, a quienes Díez Francos les ha garantizado ese orden tan anhelado en un país con altos niveles de violencia; especialmente en el estado de Veracruz ¿Qué pretende entonces rescatar del personaje, qué quiere conmemorar? En sus propias palabras, “El monumento es para el patriota que siempre peleó por la soberanía nacional, aquel que defendió a México, que como presidente de la república supo cómo gobernar al país en tiempos difíciles” (véase la nota de Al Calor Político). Por último, ¿qué significa políticamente hoy la estatua del Díaz de Díez Francos? Esta última pregunta nos regresa inevitablemente al pasado a través de la historiografía.

Como bien señala Tenorio, la democracia decimonónica no era para los políticos, ni siquiera en Francia o Estados Unidos, una democracia electoral. Era más bien “un ideal y un terror que había que controlar; esto es, democracia: ideal, peligro”. Para el caso de México, Tenorio nos remite a Juan C. Valadés, reconocido historiador del porfiriato, que a principios de 1940 dijera “que las decisiones porfirianas no eran un ejercicio democrático, sino una importante consulta política”. Esta idea de democracia es a todas luces la que permanece anclada en la cultura política de hombres como Díez Francos, quien asegura haber realizado una consulta entre los historiadores de la región y que su decisión estuvo respaldada por los ediles del ayuntamiento. Lo primero es un misterio; lo segundo no está claro, pues el regidor panista Antonio Roldán dijo a Proceso que él no rubricó el acta de autorización para la estatua aun cuando su firma aparece en dicho documento. Con relación a lo electoral, evidentemente Díez Francos es una autoridad legítima; pero, como él mismo dijo, su negocio es otro: vender coches, muchos coches. Las jugosas ganancias que obtiene con su trabajo aseguran —de acuerdo con sus declaraciones (“yo de eso vivo[,] cabrón”)— que no tiene necesidad de robar. Ante estas razones podemos pensar, por lo menos cuestionar, si su monopolio de las concesionarias de autos en la región no le da también el poder para evitar la rendición de cuentas. El terror a la democracia también lo tiene bajo control: “Mi policía está para cuidar a los buenos —incluyendo a los turistas— y no para ser guardaespaldas de los malos. Hay en Orizaba tres policías por cada mil habitantes, ¿dime que ciudad tiene esa estadística?”

Como historiadora profesional, estoy consciente de lo riesgoso que resulta forzar un concepto en la historia que ya pasó. Un ejemplo sería, precisamente, querer trasladar al pasado la democracia liberal-electoral actual con el afán de entender nuestro presente. En cambio, explicar el miedo que los políticos de finales del siglo XIX le tenía a las masas, aquéllas a las que veían salir como trabajadores sin rostro de los oscuros barrios de Manchester, nos ayuda a entender las complejidades de esos tiempos. Pero querer traer al presente la democracia imposible de principios de siglo XX nos llevaría, sin duda, al abismo de los anacronismos. Por estas razones, hacerle preguntas al porfiriato —como periodo histórico que se estudia desde las ciencias sociales— es más que pertinente, especialmente cuando nos enfrentamos a personajes como nuestro peculiar alcalde. Como escribió Claudio Lomnitz en Nexos, “La mirada al porfiriato resulta útil hoy, más que para salvarlo o condenarlo, porque las contradicciones centrales de la historia contemporánea de México ya están todas ahí, cosa que no se puede decir de los periodos anteriores.” Son preocupaciones que nos llegan, lo cual me lleva a preguntar: ¿cómo se gobernó en el porifiriato desde lo local —es decir, desde los pueblos y ciudades— para alcanzar la pax porfiriana?

Según el proceder de Díez Francos, el gobierno de la paz se logra con una fuerza policiaca poderosa y un show turístico-mediático. Con la estatua de Díaz, el jefe del ayuntamiento pretende sumarle a Orizaba puntos para conseguir el estatus de “pueblo mágico”. Esto no sería tan preocupante si fuera un caso aislado. Sin embargo, los ecos que nos llegan desde Londres, en voz de las élites mexicanas mejor educadas, deben de ponernos alerta. Me refiero a actos como el de Diego Gómez Pickering, embajador mexicano en el Reino Unido, quien —ya sea por su ignorancia de la historia, ya por cinismo— decidió aclamar a los héroes de la revolución de independencia junto a Porfirio Díaz y Emiliano Zapata. En la ceremonia oficial puso a todos como gatos en un mismo costal.

El problema es que este tipo de jugarretas mediáticas, o deslices seudo- intelectuales, también pueden acabar en el camino de las buenas intenciones y borrar los matices de la historia en el intento de rescatar la dañada imagen internacional que tiene México por ser un país que vive sumido la corrupción y en la violencia. Otra opción posible es la llegada de las estatuas de los antihéroes, como por ejemplo el Chapo Guzmán; como muy acertadamente señaló Juan Ortiz Escamilla, estatuas semejantes pueden hacerse camino hacia los pueblos perdidos de México.

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