por Marco Ornelas *

[Below there is an English translation.]

En este año se cumplirán quinientos años del inicio de la reforma protestante en Europa occidental. Esta reforma de la iglesia latina cristiana fue primeramente impulsada por Martin Luther (1483-1546) en Sajonia, hoy Alemania. Antes del llamado “último cisma de la cristiandad” se habían sucedido, primero, el cisma de las iglesias cristianas no calcedónicas en el siglo V (copta, siria, armenia y etíope), y después el cisma de la iglesia ortodoxa griega en el siglo IX (aunque muchas historiografías lo ubican hasta el siglo XI, al momento de la excomunión romana del patriarca bizantino Miguel Cerulario).[1]

La reforma de la iglesia iniciada por Luther fue seguida en toda europa por las reformas zwingliana (por Ulrich Zwingli en Suiza), calvinista (por Jean Calvin en Ginebra) y de anabautistas radicales (Andreas Carlstadt, cercano colaborador de Luther en Wittenberg, al que pronto se sumaron Conrad Grebel en Zurich, Melchior Hoffman en Munster y Thomas Müntzer, el más radical, quien estableció por un corto tiempo un “reino de los elegidos” en Mulhausen).

Efectivamente, de la reforma protestante del XVI habría que comenzar diciendo, con propiedad historiográfica, que no se trató de una reforma, de un movimiento homogéneo y centralizado en Sajonia, sino de muchas reformas que tomaron particularidades rituales y doctrinales que terminaron por enfrentar entre sí, primero, a sus proponentes, y luego en matanzas y conflictos bélicos ampliados (las llamadas guerras de religión), a los cristianos de toda Europa.

El motivo inicial que impulsó la reforma luterana fue la crítica que Martin Luther hiciera de las indulgencias en un escrito titulado 95 tesis contra las indulgencias (1517). En el alegato, Luther denunció las indulgencias como vil práctica comercial que faltaba a la verdad contenida en los evangelios. Parece que el antecedente cierto de las indulgencias fueron las cruzadas, guerras bendecidas por los papas, dirigidas contra el Medio Oriente (Palestina, Jerusalén) con la finalidad de recuperar para la cristiandad la tierra santa, en especial el santo sepulcro, de manos de los musulmanes. Con el propósito de financiar estas guerras, los papas comenzaron a ofrecer absoluciones plenarias (librar al fiel del purgatorio y así alcanzar el paraíso en el más allá) a quienes pagasen el costo de un soldado en campaña. El caso es que hacia finales del siglo XII esta práctica se generalizó y al poco tiempo se extendió a parientes muertos y con muchos otros propósitos; señaladamente, el de financiar la construcción de la nueva basílica de san Pedro en Roma…

Pongamos dos botones de muestra. La tesis 43: “Hay que enseñar a los cristianos que obra mejor quien da limosna al pobre o ayuda al necesitado que quien compra indulgencias.” O la tesis 82, que puede suponerse enojó particularmente al papa León X: “¿Por qué el papa no vacía el purgatorio por su caridad santísima y por la gran necesidad de las almas, que es la causa más justa de todas, si redime almas innumerables por el funestísimo dinero de la construcción de la basílica [de san Pedro], que es la causa más insignificante?”

También es cierto que, atendiendo al método histórico, debe decirse con propiedad que los conflictos desatados por la publicación masiva de las 95 tesis y que eventualmente llevaron al cisma, no fueron previstos ni buscados expresamente y de manera anticipada por Luther. Martin Luther quería llamar la atención sobre prácticas abusivas que no tenían sustento en las escrituras, en espera de que las autoridades eclesiásticas reconocieran la verdad de sus señalamientos y rectificaran. Como bien se sabe, Luther recibió por respuesta la excomunión y el conflicto creció hasta llevar al cisma de la iglesia latina occidental.

El centro de la doctrina evangélica protestante —independientemente de las diferenciaciones rituales y doctrinarias que pueda adoptar en muchos casos— quedará marcado por la predestinación individual e inevitable, con lo que la salvación únicamente puede alcanzarse por la gracia divina y la fe, y para la que no sirven de nada las buenas obras (los méritos). La intercesión de la iglesia también sale aquí sobrando, lo mismo que buena parte de los sacramentos que administra, con excepción del bautismo y la cena (la eucaristía), que ahora podrá decirse en lengua vernácula y no ya en latín. El protestantismo acepta el sacerdocio universal: todo cristiano, por el hecho de serlo, puede predicar las escrituras, mismas que pasan a tener la máxima autoridad, que deja de recaer en una jerarquía de humanas dimensiones.

La iglesia de Wittenberg, con las tesis convertidas en puerta. (Foto tomada de aquí.)
La iglesia del castillo de Wittenberg, con las tesis convertidas en puerta. (Foto tomada de aquí.)

Aparte de estas gruesas pinceladas, valdría la pena hacer una valoración de las reformas protestantes del siglo XVI para el mundo moderno en que vivimos (conocer la historia por las consecuencias que conllevó para el mundo actual). Trataremos de ofrecer los trazos primordiales en dos vertientes, en el entendido de que todos ellos apuntan a la inevitable y necesaria complementariedad entre la sociología y la historia:[2]

A. Camino a la sociedad moderna

Si existe un legado de las reformas protestantes del siglo xvi para el mundo moderno, éste se encuentra en que abren camino a la especialización y la fragmentación de las comunicaciones religiosas. En esta medida el protestantismo impulsará a otros tipos de comunicaciones a hacer lo mismo: a especializarse y fragmentarse (diversificarse). Por ejemplo, de la dieta de Espira en 1526 procede el principio cuius regio, eius religio (según sea la religión del rey, así será la del reino), con el cual cada príncipe protestante reclamó para sí el derecho de adoptar la religión y organizar una iglesia propia de conformidad con los dictados de su conciencia y, claro está, de acuerdo con las reformas religiosas en curso. La diferenciación religiosa reforzó en esta forma la diferenciación política en estados principescos al alimentar nociones incipientes de poder soberano.

Lo que comienza religiosamente en el siglo XVI —tal vez sólo la comunicación artística durante el renacimiento italiano se adelantó a la diferenciación religiosa— termina en el siglo XVIII con la constitución de un nuevo tipo de sociedad: la sociedad mundial contemporánea. Esta sociedad se caracterizará por estar diferenciada en lo comunicativo (política, economía, derecho, religión, ciencia, arte, salud, deporte, etcétera). O explicado de otro modo: para moverse y poder funcionar en la sociedad moderna se hace necesario distinguir ámbitos comunicativos y situacionales. Una persona habla y se comunica dependiendo de si se encuentra en casa, en la universidad, en la oficina en que trabaja, en el banco o en la iglesia. De no hacerlo así corre el riesgo de ser considerado “algo deschavetado”.

En favor de esta interpretación de las reformas protestantes del siglo xvi (como diferenciación religiosa) habla la feliz confluencia de un estudio cercano a la historia conceptual desarrollado independientemente:[3] el concepto religión, hasta antes del siglo XVI, era indistinguible de comunicaciones de otro tipo. No es sino hasta la llegada de las reformas protestantes que la religión adopta el sentido moderno de comunicaciones relacionadas exclusivamente con ámbitos comunicativos que trascienden este mundo.

B. Una cultura impresa en formación

¿Cómo pudo un simple monje agustino poner en jaque al papa y a la curia romana de su tiempo? Todos los estudios parecen aceptar que esto se debió a que Luther pudo contar ya con la invención del tipo móvil (la imprenta de Johannes Gutenberg) y disponer de ella para enfrentar a la jerarquía romana. Después de su aparición, hacia mediados del siglo XV, empezaron a proliferar las imprentas en las ciudades alemanas hasta sumar 50 a finales de la centuria (250 en toda Europa occidental). Esto hizo posible que Luther distribuyera por miles sus panfletos en idioma alemán (aunque no solo) en cuestión de pocas semanas; panfletos que hacían uso de la caricatura sarcástica como apoyo a sus ideas. En diciembre de 1517 tres ediciones de las 95 tesis fueron impresas en tres ciudades europeas distintas. Traductores y tipografías de por medio, las tesis fueron dadas a conocer en 15 días en Alemania y en un mes en toda Europa.

Uno de los tratados reformistas luteranos, A la nobleza cristiana de la nación alemana, publicado en 1520, pudo vender 4 mil ejemplares en los cinco primeros días de su publicación. No se diga ya de sus traducciones del nuevo testamento al alemán, de las que se vendieron edición tras edición (la primera en septiembre de 1522) hasta alcanzar 14 ediciones autorizadas y 66 pirata en un espacio de dos años. En 1534, Luther publicó la traducción completa de la biblia y al menos 430 ediciones completas o de partes de ella se publicaron durante su vida. Biblias alemanas aparte, se calcula que entre 1518 y 1544 las impresiones y reimpresiones de sus obras en alemán sumaron 2 mil 551. Si estos números se comparan con todas las ediciones de publicistas católicos la proporción es favorable a Luther en 5 a 1 (en 3 a 1 si únicamente se consideran sus escritos anticatólicos).

¿Tuvo este conflicto religioso un efecto para el desarrollo de una cultura impresa? Obviamente que sí. Como era de esperarse, la alfabetización en lengua alemana, la lectura de las sagradas escrituras y el pensamiento crítico abonaron al desarrollo de una cultura impresa y dislocaron la comunicación al posibilitar que autores y lectores pudieran tomar distancia mediante los impresos (no depender solamente de la comunicación oral y de los contactos cara-a-cara). Recordemos que la iglesia católica prohibía la edición de la biblia y de libros litúrgicos en idiomas distintos al latín. Tan tarde como en 1661, el papa Alejandro VII condenó una traducción del misal romano al francés y prohibió cualquier traducción de textos de la misa so pena de excomunión. Así, las culturas católica y protestante se distanciaron irremediablemente.

¿Puede hacerse una valoración de la distancia que separa a católicos de protestantes? Los números proporcionados de imprentas alemanas (50) y europeas (250) a finales del XV, así como el de (re)impresiones de las obras luteranas hechas hasta mediados del siglo XVI (2 mil 551) permiten atisbar una respuesta nada halagadora. Más de 300 años después, en 1827, México contaba con 30 imprentas, mientras que el primer siglo de imprenta novohispana (1539-1639) produjo 180 libros.[4]

Pero no se trata aquí de terminar con una nota triste, sino tan sólo de vislumbrar la pendiente de la cuesta. Al cabo que la microhistoria puede darse el lujo de cualquier extravagancia. Dígalo si no este análisis de Karl Marx de la constitución española de 1812: Marx no pudo ocultar su asombro por el hecho de que la “vieja España monacal y absolutista”… ¡hubiese sido capaz de imaginar algo parecido a una constitución liberal![5]

————

[1] Las tesis de este texto y las fuentes en que se sustentan pueden encontrarse en Marco Ornelas, La diferenciación moderna de la religión: La misa latina (1517-1570) (México: El Colegio de Sonora-Universidad Iberoamericana, 2016).

[2] Aquí viene como anillo al dedo Jaap den Hollander, “Beyond Historicism: From Leibniz to Luhmann”, Journal of the Philosophy of History, 4 (2010), 210-225 —disponible aquí.

[3] Nos referimos al libro de Brent Nongbri, Before Religion. A History of a Modern Concept (New Haven: Yale University Press, 2013 —que él mismo ha compartido aquí.

[4] Datos para México y la Nueva España tomados de Antonio Pompa y Pompa, 450 años de la imprenta tipográfica en México (México: Solar, 1988).

[5] Aquí una traducción española.

* * * * * * *

The Reformation and Its Legacy

by Marco Ornelas *

This year will mark the 500th anniversary of the beginning of the Protestant reformation in Western Europe. The reformation of the Christian Latin church was first driven by Martin Luther (1483-1546) in Saxony, now Germany. Before the so-called “last schism of Christendom”, the schism of the non-Chalcedonian Christian churches (Coptic, Syrian, Armenian, and Ethiopian) in the fifth century CE had taken place, followed by the schism of the Greek Orthodox Church in the ninth century (although many historiographies locate it until the eleventh century, at the time of the Roman excommunication of the Byzantine patriarch Michael Cerularius).[1]

Luther’s reformation of the church was followed throughout Europe by the Zwinglian (by Ulrich Zwingli in Switzerland), Calvinist (by John Calvin in Geneva) and the reformation of radical Anabaptists (by Andreas Carlstadt, Luther’s close collaborator in Wittenberg, soon joined by Conrad Grebel in Zurich, Melchior Hoffman in Munster, and Thomas Müntzer, the most radical, who for a short time established a “kingdom of the chosen ones” in Mulhausen).

Indeed, the Protestant reformation of the sixteenth century was not, speaking with historiographical property, a reformation, one homogeneous and centralized movement whose center was Saxony, but many reformations that took on ritual and doctrinal peculiarities which confronted their proponents, and ended up in bloodshed and extended warfare in all Christian Europe (the so-called Wars of Religion).

The initial motive behind the Lutheran Reformation was Martin Luther’s critique of indulgences in his Ninety-Five Theses (1517). In his allegation, Luther denounced indulgences as vile commercial practice that lacked the truth contained in the Gospels. It seems that the true antecedent of indulgences was the crusades, wars blessed by the popes, directed against the Middle East (Palestine, Jerusalem) in order to recover for Christendom the holy land, especially the holy sepulcher, from the hands of the Muslims. In order to finance these wars, the popes began to offer plenary acquittals to those who paid the cost of a crusader (to rid the faithful of purgatory and thus let them reach paradise in the afterlife). The fact is that toward the end of the twelfth century this practice became widespread and soon included dead relatives and many other purposes, notably, to finance the construction of the new St. Peter’s Basilica in Rome…

Let’s illustrate this with two sample buttons. Thesis 43: “Christians must be taught that one who gives alms to the poor or helps the needy is better off than those who buy indulgences”. Or thesis 82, which supposedly had particularly angered Pope Leo X: “Why would not the pope leave an empty purgatory for his most holy charity and for the great need of souls, which is the justest cause of all, but instead redeems souls innumerable for the most dreadful money for the construction of the [St. Peter’s] Basilica, which is the most insignificant cause?”

Also it must properly be said that, according to the historical method, the conflicts unleashed by the massive publication of the Ninety-Five Theses, which eventually led to the schism, were not anticipated or expressly sought in advance by Luther. Martin Luther wanted to draw attention to abusive practices which had no basis in Scripture, awaiting for the ecclesiastical authorities to recognize the truth of his remarks and rectify. As is well known, Luther received excommunication for an answer. The conflict escalated and led to the schism of the western Latin church.

The center of Protestant Evangelical doctrine, regardless of ritual and doctrinal differentiations it may adopt in many cases, will be marked by individual and inevitable predestination, whereby salvation can be attained only by divine grace and faith alone, and for which good deeds (merits) are useless. The intercession of the church is also left aside, as well as most sacraments it administers, with the exception of baptism and supper (the Eucharist), which can now be said in the vernacular and not in Latin. Protestantism accepts universal priesthood: every Christian, by virtue of being such, can preach Scripture, which now has the highest authority. From now on, authority ceases to fall into a hierarchy of human dimensions.

La iglesia de Wittenberg, con las tesis convertidas en puerta. (Foto tomada de aquí.)
The castle church of  Wittenberg; Luther’s thesis are now its doors. (Photo taken from here.)

Apart from these remarks, it would be worth making an assessment of sixteenth century Protestantism for the modern world in which we live (to know history by the consequences it entailed for today’s world). We will try to offer the principal effects in two strands, in the understanding that all of them point to the inevitable and necessary complementarity between sociology and history:[2]

A. Towards Modern Society

If there is a legacy of Protestantism to the modern world, it is that it opens the way to specialization and fragmentation of religious communications. To this extent Protestantism will encourage other types of communications to do the same: to specialize and break up (diversify) themselves. For example, from the diet of Speyer in 1526 comes the principle cuius regio, eius religio (according to the religion of the king, so will be that of the kingdom), with which each Protestant prince claimed for himself the right to adopt religion and organize the church in accordance with the dictates of his conscience and, of course, according to the ongoing religious reforms. In this way, religious differentiation reinforced political differentiation in princely states by feeding incipient notions of sovereign power.

What began religiously in the sixteenth century finished with the constitution of a new type of society in the eighteenth century: contemporary world society (perhaps only artistic communication at the time of the Italian Renaissance differentiated in advance to the religious). This society will be characterized by communicative differentiation (politics, economy, law, religion, science, art, health, sport, etc.). Or explained in another way: to move and be able to function in modern society one needs to distinguish communicative and situational spheres. A person speaks and communicates depending on whether he/she is at home, at the university, at the office where he/she works, at the bank or in church. One can not go around anymore in modern society without differentiating communicational and context situations, not at least if one wants to avoid questions about one’s wits.

In favor of this interpretation of sixteenth century Protestantism (as religious differentiation) speaks the happy confluence of an independent study close to conceptual history:[3] the concept of religion before the sixteenth century was indistinguishable from many other communications. It is not until the arrival of Protestantism that religion adopts the modern sense of communications related exclusively to communicative spheres which transcend this world.

B. An Ongoing Printed Culture

How could a simple Augustinian monk put the pope and the Roman curia of his time in check? All studies seem to accept that this happened because Luther was able to rely on the invention of the mobile type (Gutenberg’s printing press) and could use it to confront the Roman hierarchy. After its appearance, by the middle of the fifteenth century, printing presses began to proliferate in German cities until they reached 50 at the end of the century (250 in western Europe). This made it possible for Luther to distribute his pamphlets by the thousands in German language (though not only) in a matter of a few weeks, pamphlets which took advantage of sarcastic illustrations to support his ideas. In December 1517 three editions of the Ninety-Five Theses were printed in three different European cities. Translators and presses in between, the theses were released in 15 days in Germany and it took only a month to disseminate them throughout Europe.

One of the Lutheran reformist treatises, To the Christian Nobility of the German Nation, published in 1520, sold 4 000 copies in the first five days of its publication. No mention is made of his translations of the New Testament into German, which were sold edition after edition (the first in September 1522) to reach 14 authorized editions and 66 pirates in two years. In 1534 Luther published the complete translation of the Bible and at least 430 complete editions or parts of it were published during his lifetime. German bibles apart, it is estimated that between 1518 and 1544 the German editions and reprints of his works totalled 2,551. If these numbers are compared with all editions of Catholic publishers the ratio is favorable to Luther in 5 to 1 (in 3 to 1 if only his anti-Catholic writings are considered).

Did this religious conflict have an effect on the development of a printed culture? Of course it did. As expected, literacy in German language, the reading of sacred Scriptures and critical thinking supported the development of a printed culture and dislodged communication by enabling authors and readers to take distance through the printed matter (not dependent anymore on oral communication and face-to-face contacts). One must recall that the Catholic church forbade the edition of the Bible and liturgical books in any language other than Latin. As late as in 1661, Pope Alexander VII condemned a French translation of the Roman Missal and prohibited any translation of texts from the mass under penalty of excommunication. Thus, the Catholic and Protestant cultures inevitably distanced themselves.

Can an assessment be made of the distance separating Catholics from Protestants? The numbers provided of German (50) and European (250) printers by the end of the fifteenth century, as well as the number of editions of Lutheran works produced by the middle of the sixteenth century (2,551) give us an unflattering response. 300 years later, in 1827, Mexico had 30 printing presses, while the first century of printing in New Spain (1539-1639) produced 180 books.[4]

But it is not a question of finishing with a sad note, but only of glimpsing the distance from the target. After all, microhistory can afford any extravagance. If in doubt, take Karl Marx analysis of the Spanish Constitution of 1812, who could not hide his astonishment at the fact that the “old monastic and absolutist Spain” … would have been able to imagine anything close to a liberal Constitution![5]

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[1] The theses of the article and the sources on which they are based can be found in Marco Ornelas, La diferenciación moderna de la religión: La misa latina (1517-1570) (Mexico: El Colegio de Sonora-Universidad Iberoamericana, 2016).

[2] This article suits quite well: Jaap den Hollander, “Beyond Historicism: From Leibniz to Luhmann”, Journal of the Philosophy of History, 4 (2010), 210-225 —available here.

[3] See Brent Nongbri (2013) Before Religion. A History of a Modern Concept. New Haven/London: Yale University Press.

[4] Data for Mexico and New Spain taken from Antonio Pompa y Pompa, 450 años de la imprenta tipográfica en México (Mexico: Solar, 1988).

[5] Here there is a Spanish translation.

[Translation: MO.]

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