por Erika A. Alcantar García y Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez *

La cita era a las diez de la mañana en la Plaza Tlaxcoaque. No obstante, llegamos con algunos minutos de retraso y para nuestra sorpresa observamos que el contingente no era tan nutrido como esperábamos. Ahí reunidos frente a la pequeña capilla del siglo XVII se encontraban ya los integrantes de El Frente Orgullo Nacional MX, quienes habían llamado a esta marcha como respuesta a la extensa convocatoria realizada por el Frente Nacional por la Familia un día antes —el 10 de septiembre—, en más de cien ciudades mexicanas.

También se encontraban otros grupos como Jóvenes LGBTI y los vaqueros de la Ciudad de México, otros tantos no pertenecían a ningún contingente; eran simples ciudadanos comunes y corrientes que se habían reunido para visibilizar y hacer patentes las demandas —fundamentas en el respeto al estado laico— en defensa del matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo.

Desde lejos se podía ver una importante presencia de la prensa: cámaras, micrófonos y reporteros entrevistando a los presentes para distintos medios. También los asistentes documentaban su presencia en el evento con fotos o videos, material que muy probablemente acabó en las redes sociales poco tiempo después. Y por supuesto, no podían faltar los vendedores de souvenirs para identificarnos como parte de la comunidad. La bandera del arcoíris era el principal artículo a la venta.

Poco después de las once y media comenzamos a movernos. El cuerpo de policías que estaba desplegado a ambos lados de 20 de Noviembre interrumpió el tránsito de la avenida y comenzamos a avanzar con rumbo al zócalo. La primera consigna fue contundente y marcó el tono de la marcha: “esta marcha no es de fiesta, es de lucha y de protesta”.

Enseguida y con gran fuerza gritamos vivas al estado laico y a la diversidad, todos coreamos “aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, la homofobia pronto tiene que morir” y mientras dejábamos atrás los edificios neocoloniales y funcionalistas característicos de la Avenida 20 de Noviembre, se escuchaba con más fuerza el grito de repudio a la iglesia católica por pedófila y homofóbica.

No era para menos, en los últimos meses la iglesia, a través del púlpito y sus órganos de comunicación, ha expresado y promovido discursos de rechazo y repugnancia a las diversas formas de orientación sexual e identidad de género, justificando así la violencia hacia estos sectores. Recuérdese que hasta mayo pasado se contaban, en lo que va del año, 16 crímenes de odio por homofobia, según el informe que presentó la organización civil Letra S.

En el trascurso del recorrido adaptamos la clásica consigna de las marchas estudiantiles: “¡Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha homosexual por América Latina”; y a pesar de que esta marcha no era la del orgullo, el ambiente festivo que nos caracteriza no tardó en expresarse. Brincos, bailes, aplausos y risas se sincronizaban con el ondear de las  banderas multicolores. Una chica despistada —aunque puede ser que ocurrente—  de pronto gritó: “Si Juanga viviera, con nosotros estuviera”. Una multitud la secundó y repente ya era común confundir el nombre del Benemérito de las Américas con el del Divo de Juárez.

Casi era mediodía y las campanas de la catedral nos recibían con repiques. En el último tramo afinamos la garganta y con toda fuerza gritamos: “¡los derechos no se votan, los derechos se garantizan!”, “¡viva México diverso!”, “¡viva el estado laico!”. Una y otra vez repetimos la consigna que en junio pasado hicimos nuestra: “todas las familias, todos los derechos”.

Pero, ¿quiénes éramos? Es claro que ahí estaban algunos grupos estudiantiles, de profesionistas y profesionales de la cultura —se encontraban, por mencionar a dos, el periodista Antonio Beltrán y ex director de CENSIDA, Jorge Saavedra. Fue notorio que quienes atendieron la convocatoria eran las clases medias instruidas y que no se logró apelar al grueso de nuestra comunidad.

Una cosa dejó claro esta marcha: estamos frente a una coyuntura que debería permitir la unión de los distintos sectores de la diversidad sexual para exigir que se respeten nuestros derechos. Se requiere del compromiso, de la participación activa y organizada de toda la comunidad. Tal vez estamos confiando demasiado en la materialización de una agenda política en materia de derechos humanos para las minorías sexuales desde lo internacional, pero no hay que olvidar que la historia del movimiento LGBTTTI es de lucha y convicción.

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