Literatura de combate

por Gabriela Pulido

Sin duda que las ideas más elevadas atraerán a los académicos mientras haya alguien que sienta el desafío de escalar el pensamiento de los grandes hombres.
Robert Darnton

El entusiasmo por los retos describe a quienes escriben biografía histórica. ¿Cuántas veces un nombre es pasado por alto en libros y documentos? De pronto alguien lo registra y después del primer encuentro con un sujeto mencionado en un libro que ha sido leído cientos de veces se le despierta la curiosidad al grado tal que se apresta con todo el bagaje —en el caso de Beatriz Gutiérrez Müller literalmente haciendo y deshaciendo maletas— para iniciar un recorrido incierto para escribir un libro. Es como haber reparado en una persona que mira distraída a la cámara en la segunda fila de una fotografía de grupo. Una especie de amor a primera vista transforma en aventura la búsqueda de una huella; en algunos casos, también, la convierte en obsesión. Y esa experiencia que de alguna manera describe a quién está sentado frente al teclado —alguien que abraza los desafíos— también cambia al escritor.

¿Qué preguntas dieron pie a esta investigación? ¿Qué hacían un nicaragüense y un costarricense en México atraídos por los ideales de Francisco I. Madero? ¿Quiénes eran? ¿Cómo llegaron a Madero? Cuando tomaron rumbo a México ¿qué vieron, cuáles fueron sus primeras impresiones, qué emociones atravesaron sus cuerpos? La capacidad del investigador para indagar en la memoria y articular sus fragmentos entra en juego cuando se trata de dar vida a un personaje. El resultado es Dos revolucionarios a la sombra de Madero: La historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell, prólogo de Andrés Manuel López Obrador (México: Ariel, 2016).

Beatriz Gutiérrez Müller se dio cita para conversar muchas veces con Solón Argüello Escobar y con Rogelio Fernández Güell, los tres atraídos por el maderismo; los tres con una fascinación por el periodismo, el lenguaje, la política y la democracia. Fue siguiendo sus huellas; un rastro nada fácil de distinguir pues abarcaba un amplio territorio desde Centroamérica al Caribe, para llegar a la gran metrópolis mexicana. Pero las huellas difusas se fueron tornando claras. Se necesitaba ese viaje de vuelta al origen. Las letras los vinculan a los tres, escritora y personajes, de manera explícita.

De pronto, frente al palacio de Bellas Artes, Gutiérrez Müller vio a Solón Argüello, entre la multitud, vitoreando a Francisco I. Madero, quien muy probablemente iba pasando por ahí tras su detención. ¡Cuánta indignación ante el ultraje de Victoriano Huerta! Un hombrecito que llamó la atención de un fotógrafo de la agencia Casasola, con saco y chaleco, el reloj colgando de la solapa, su sombrero en la mano, los brazos extendidos, el bigote de época, la gente a su lado en una manifestación gritando como él vivas, algunos como él con los brazos extendidos. Un periodista nicaragüense, simpatizante de Madero hasta el final. Fernández Güell, un poeta con una convicción política que adquiere un perfil de periodista en México y de político a su retorno a Costa Rica. Un par de voces que para fortuna nuestra encontraron quién les hiciera caso un siglo después y ahora los historiadores contamos con la reconstrucción de dos personajes que dejan ver la complejidad del maderismo. Y cómo el periodismo y la política y el placer de la escritura, cuya manifestación más decantada está en la poesía, van de la mano.

Rescatados del fondo de la fotografía: Solón Argüello y Rogelio Fernández.

Pero un libro no sólo es su contenido sino también cómo está escrito. Y éste es un relato cuya lectura atrapa desde la primera página de la introducción. Se trata de una obra cuya narración es fluida, convencida, que deja ver a la escritora tejiendo fino, con rigor y crítica. Muchos viajes por archivos, libros y territorios dan cuerpo a esta reconstrucción. Hacen pensar en las maneras como se da la circulación de ideas. ¿Cómo llega el ideario de Madero a Centroamérica? ¿Cómo es que el periodismo —más en aquella época— construye redes trasnacionales en el intercambio de ideas? Los estudios acerca del periodismo anarquista han mostrado cómo se reprodujeron los postulados magonistas en el mundo, cómo fue su exposición y cómo su recepción.

La investigación de Gutiérrrez Müller comparte las inquietudes de estos estudios acerca de las redes políticas transnacionales: cómo fue la recepción del ideario maderista, y también se introduce en las discusiones acerca de la historia intelectual y la circulación cultural. Si el “giro lingüístico” dio sustancia a la historia intelectual, la antropología cultural, la sociología, la historia cultural han compartido categorías con la historia política para lograr captar en su profundidad la movilidad de paradigmas. El maderismo fue un paradigma, desde su manifestación mas temprana. Las ideas se reproducen en los medios y se retroalimentan con experiencias de comunidades políticas en contextos con características muchas veces opuestas. Sin embargo, México y Centroamérica, en los albores del siglo XX, compartían trayectorias, contextos, simbolismos, devenires y prácticas, e incluso conflictos territoriales en la definición de fronteras.

Dice Verónica Zárate acerca de la circulación de ideas —en “La historia intelectual en México y sus conexiones”, Varia Historia, 31:  56 (2015), 401-422—:

Lo más notable es reconocer cómo el ‘giro lingüístico’, propuesto por Quentin Skinner ha obligado a reflexionar más allá de los conceptos y lenguajes políticos a los que se limitaba buena parte de la historia política, a poner en duda los viejos paradigmas de la historiografía de las ideas y a dar prioridad al modo característico de producirlas. Enriquecida con estas herramientas, la historia intelectual con frecuencia trastoca los ‘límites’ con otras corrientes historiográficas sin perder sus vínculos con ellas, lo que la dinamiza y flexibiliza las dimensiones a investigar.

Una secuencia de imágenes dibujan el quehacer periodístico y a los periodistas Solón Argüello y Rogelio Fernández Güell reflejados en toda su humanidad, como políticos, como espiritistas. Los periodistas contemporáneos a ellos eran acomodaticios, buscaban la nota de acuerdo a la conveniencia de su bolsillo. La introducción de Dos revolucionarios a la sombra de Madero nos deja penetrar en el contexto en el que la autora sitúa a sus dos periodistas centroamericanos maderistas: el del periodismo porfirista. Este capítulo en particular es fascinante. Gutiérrez Müller logra una narración que hacía falta para ver ese aspecto de la cultura en México de manera descarnada: los periodistas jugando su juego en la política. Y en la elección de este contexto hay un acierto que abraza al resto del libro.

El periodismo porfirista no encontraba carismático —y sí muy peligroso— a Madero; entonces el segmento que lo apoyó, que era su adepto, aparecía como marginal. Beatriz Gutiérrez Müller nos dice:

Porfirio Díaz acostumbraba encarcelar periodistas, confiscar tipografías, clausurar oficinas y anatemizar como enemigos a sus propios opositores en la prensa. Así cualquiera que trabajó en alguno de estos medios, ¡el que sea!, pisó la cárcel, como Matías Oviedo y Solón Argüello. Mientras, el periodismo oficioso que se acomodaba en la notita de cartabón y en los encomios al régimen aseguraba su supervivencia con la manutención puntual que este le daba [70].

Cito también y así leyendo hago propaganda al libro:

La prensa en el maderismo, estudiada más o menos a profundidad, revela la miseria intelectual de los periodistas y los intereses ideológicos de los medios para comprender el momento histórico por el que transitaba México. Pero la prensa contra el maderismo, una vez consumado el crimen, fue aún peor de mezquina y amerita que los historiadores lleven su mirada a esos meses. Nunca como en esta etapa, al acopiar información, me quedó mas claro el dicho de que se hace leña del árbol caído. Los otrora diputados de pulida oratoria, los poetas de fino verso, los funcionarios de miras amplias, los dirigentes honrados ideales, los paladines del periodismo, los abogados de las mejores causas, los pensantes de vanguardia, casi todos, se convirtieron en un pestañeo, se revolcaron en la pocilga donde los huertistas desahogaban sus iras y recelos y tejían sus justificaciones. De aquella putrefacción datan as peores biografías de los victimados, muchos de ellos asesinados por defender aquella democracia mexicana. Los autores de estas difamaciones, por su parte, casi siempre se escondían en la vergonzosa tribuna de los fantasmas anónimos, porque detrás de las máscaras resultaban ser los mismos periodistas, intelectuales y escritores que apuraron la caída de Madero y, en una de esas, hasta fueron partícipes de la confabulación. Muchos de estos “ilustres” son los que hoy aparecen en los libros de historia , se reeditan sus obras, y se recuerdan en bustos y calles por sus ideas y sus versos, que casi nadie conoce. Pero en aquellos meses terribles, durante el maderismo, a la hora de las definiciones, no fueron más que unos canallas [74].

Por último, quisiera poner énfasis en ambos personajes preocupados por su tiempo, persiguiendo una mejora material y espiritual de sus entornos y comunidades políticas, sublimadas en poesía sus preocupaciones más concretas. El lenguaje sin duda es una herramienta para transformar la realidad. Olvidamos lo cerca que el intelectual está de imaginar caminos que conduzcan al bienestar de las sociedades. Lo olvidamos porque es más cómodo. Es muy cómodo no pensar en la responsabilidad que implica el ejercicio profesional de cualquier científico social. Preferimos ceder esa batuta a otros profesionales y no comprometernos. Este libro nos recuerda también que tenemos la obligación pensar en el país que queremos.

Celebro la aparición de este libro, de este reto en forma de narración histórica, de esta provocación para sacudir la asepsia en nuestra labor como historiadores y de ésta que es la mejor forma de compartir el gozo y el placer por la lectura y por la escritura —al final, por la palabra.

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