por Ricardo Pérez Montfort

Lo mismo sucede, aunque para un período inmediatamente posterior, con el siguiente capítulo dedicado a la Unión de Padres de Familia, de Marco Aurelio Pérez Méndez, que por cierto parece naturalmente engarzado con el capítulo sobre los Caballeros de Colón. Desde 1917, la Unión de Padres de Familia había encontrado lazos comunes con aquellos caballeros, aunque había mantenido cierta independencia dado que su causa no se centraba tanto en la defensa de una religión o de un sistema de propiedad agrícola o de organización del trabajo, sino más bien lo que atacaba era el área misma de reproducción del estado: la educación. Si bien al parecer no fue muy activa durante el conflicto cristero, sus baterías estuvieron enfiladas a combatir dos proyectos estatales educativos específicos: la educación sexual y la educación socialista. La primera trató de instrumentarse en los programas educativos nacionales a principios de los años treinta y la segunda se puso en práctica a partir de un mandato del plan sexenal de 1933. Esta unión, que desde sus inicios se había manifestado en contra del espíritu anticlerical y jacobino de la revolución mexicana, la emprendió contra la educación sexual con el argumento de que el gobierno sólo quería “depravar a los niños y jóvenes, fomentando la unión libre y destruyendo la familia, convirtiendo la escuela en instrumento del partido comunista para desestabilizar las instituciones morales y envilecer a las personas en consecución de fines “abominables y antipatrióticos” (149).

Este tipo de lenguaje apocalíptico y febril, ya era bastante conocido por las propias derechas y las izquierdas, pero adquiriría una fuerza inusitada en la medida en que estas organizaciones de derecha incorporaron la técnicas de la propaganda fascista y nacionalista que tan en boga se pusieron a partir del ascenso al poder de Mussolini y de Hitler. Desde luego mucho tuvieron que decir al respecto los periódicos amarillistas de la cadena Hearst en Estados Unidos, y en México los propios medios de comunicación impresos que poco a poco encabezaron El Universal y Excélsior. Por cierto que éste último tuvo, según mi juicio particular, mucha responsabilidad en la confrontación entre el estado revolucionario y los padres de familia reaccionarios, ya que, de manera muy parecida al papel que hoy en día tienen los medios de comunicación masiva, especialmente la televisión, no tuvo empacho en fomentar el encono entre los contendientes publicando sus notas a manera de provocación.

La educación socialista también fue un tema que provocó escozor entre las derechas, y la Unión de Padres de Familia no se quedó callada, como bien lo demuestra este capítulo. Con el supuesto fin de “salvar a la niñez y a la juventud” de la educación laica y racional, la UNPF la emprendió contra el gobierno cardenista, y finalmente logró —ya con el presidente Manuel Ávila Camacho— que las autoridades se hicieran de la vista gorda frente a los mandatos del artículo tercero constitucional. Marco Aurelio Pérez Méndez remata su capítulo con las siguientes frases por demás contundentes: “con el tiempo, el gobierno acabó por admitir no sólo la educación confesional en las escuelas privadas, sino que también fueran clérigos quienes las impartieran. La incapacidad del estado para establecer escuelas suficientes, junto con la presión de la unión, hicieron que eso se tolerara” (180) Mal que bien la derecha terminó ganando esta batalla. Así lo demuestran la infinidad de escuelas confesionales que pueblan el horizonte educativo mexicano hasta el día de hoy.

Una de las consecuencias de esta victoria es el tema del tercero y último capítulo de este libro que lleva el título de “El anticomunismo católico: Origen y desarrollo del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), 1962-1975”. Mario Virgilio Santiago Jiménez, su autor, empieza comentando que el semi-secreto grupo El Yunque, que —como sabemos— mucho tuvo que ver en el ascenso del Partido de Acción Nacional al poder en 2000, lejos de ser un “accidente histórico”, forma parte de una tradición que diversos grupos de individuos han mantenido viva en México desde finales del siglo XIX. Esta tradición ha utilizado el catolicismo social como arma en contra del comunismo y supuestamente también en contra del capitalismo salvaje. Varios grupos de los ya mencionados en los capítulos anteriores han formado parte de esta tradición. A saber, la Legión y la Base, a principios de los años treinta, el PAN y la Unión Nacional Sinarquista, a finales de esa misma década y durante buena parte de los años subsiguientes, y los llamados Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara, que al parecer también surgieron a finales de los años treinta. Mientras las primeras organizaciones pretendían insertarse en la población campesina y semi-urbana, esta última tuvo como principal objetivo el mundo estudiantil universitario. Vinculadas a la Compañía de Jesús y a algunos jerarcas de la iglesia católica, varias derivaciones de este interés reaccionario se afincaron en Puebla con el Frente Universitario Anticomunista (FUA) y en la ciudad de México con el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), hacia la segunda mitad de los años cincuenta y principios de los años sesenta.

El afán por “contener el avance del comunismo en las universidades” se emparentó con la paranoia desatada por la guerra fría y el triunfo de la revolución cubana. El entonces secreto Yunque, los Tecos, el FUA y el MURO, según el autor de este capítulo, incorporaron a su discurso no sólo la histeria anticomunista sino también la denuncia de una conspiración judeo-masónica y desde luego, la defensa de la religión católica (203). Para ello no sólo acudieron a sus diatribas fanáticas y seudojuveniles, sino que también se propusieron “tomar los órganos de representación y dirección de la universidad” con el fin de acabar con “el nido de agitación política” en que se habían convertido los centros de estudios superiores en el país. Así la tomaron contra el rector Elí de Gortari en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, contra el rector José Alvarado en la Universidad de Nuevo León y contra el doctor Ignacio Chávez, rector de la UNAM. Con técnicas de grupo de choque, los jóvenes integrantes de estos movimientos avivaron sus fanatismos al grito de “mueran los rojos”, detrás de los cuales también estuvieron algunas autoridades judiciales. Su actividad se intensificó especialmente entre 1966 y 1968. Es probable que la tensión que desde entonces se sentía entre el mundo universitario y el de los políticos del PRI, y que desembocó en la conflictiva crisis de 1968, se haya exacerbado por la contante confrontación entre esos “porros católicos” y quienes que ellos mismos llamaban “agitadores judeo-comunistas”. Justo en este último año los propios líderes del movimiento estudiantil que apenas se iniciaba en julio con sus primeras manifestaciones exigía la desaparición del FNET (Federación Nacional de Estudiantes Técnicos), la “porra universitaria” y el MURO (210).

Años después, aún cuando la iglesia católica trató de desvincularse de aquellos jóvenes fanáticos y semi-delincuentes, tanto el MURO como El Yunque se mantuvieron activos organizando golpes sobre todo contra el gobierno de Luis Echeverría, al grado que la Dirección Federal de Seguridad —entre complicidades y ambigüedades— insistió en mantenerlos bajo su vigilancia continua, como bien lo señala este revelador estudio de Mario Virgilio Santiago Jiménez. Si bien algunos de estos grupos alimentaron el imaginario político de muchos universitarios de entonces, justo es decir que sus acciones también los convirtieron en “herramienta indispensable para obtener recursos económicos así como respaldo judicial y periodístico”, una especie de brazo ejecutor de algunos jesuitas manipuladores y desde luego de la iglesia católica embozada tras sus múltiples tentáculos, materializados en las organizaciones de derecha que hasta el día de hoy siguen actuando en nuestro país.

Manifestación del MURO en la Plaza México, 1968. (Foto tomada de aquí.)
Manifestación del MURO en la Plaza México en 1968. (Foto tomada de aquí.)

Para terminar quisiera recordar una anécdota que me sucedió hace unos años durante un seminario al que asistí con mi colega Carlos San Juan, de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. A la hora de presentar mi trabajo, Carlos comentó que en algún momento de nuestra juventud yo me había dedicado al estudio de las organizaciones de derecha secular de los años treinta, y dijo: “Pérez Montfort también se ha puesto a historiar ese México feo, reaccionario y marrullero, que todos conocemos”. No sé si es verdad que todos lo conozcamos. Lo que sí sé es que, en efecto, ese México de las derechas, tan solemne, compungido, lleno de culpas, manipulador, moralista, mañoso, intolerante y retrógrado, es también un México real que, lejos de olvidarlo, es necesario conocerlo con detalle y conciencia, precisamente para que no termine avasallándonos, como sucedió recientemente con el arribo al poder del PAN y como sigue sucediendo en diversas áreas tanto geográficas como sociales del país. Quizás si se hubiese conocido claramente el origen de El Yunque, que estuvo detrás de la llegada de Vicente Fox al poder, y tal vez si se hubiesen tenido en cuenta los orígenes de las organizaciones a las que pertenecieron Felipe Calderón y sus secuaces, la ciudadanía hubiese podido evitar los crímenes de estado de los que estos dos ex-presidentes son responsables.

A conocer mejor a estas derechas, a saber de sus orígenes y de sus pretensiones contribuyen, pues, estos tres magníficos trabajos de Ana Patricia Silva de la Rosa, Marco Aurelio Pérez Méndez y Mario Virgilio Santiago Jiménez, junto con su puntual introducción a cargo de mi querida colega María del Carmen Collado Herrera, mismos que componen este volumen sobre Las derechas en el México contemporáneo.

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