por Arturo E. García Niño *

Conocí a Jacques Gabayet en 1983, a través de una buena y bien recordada mujer, inicialmente compañera de trabajo, quien por entonces compartía con dos de sus amigas una casona en la calle de Centenario, a escasas tres cuadras de la plaza central coyoacanense. Gabayet llegaba ahí con su compañera Lucero González, una hija y un hijo cada vez que iba al hoy ex Distrito Federal proveniente de Tepoztlán, donde residía y mantenía viva La Escuelita, una apuesta de educación primaria freinetiana, en compañía de gente de variopintos rumbos del planeta coincidentes en un proyecto de mundo bajo la égida del ethos que echaba por delante la apuesta de la libertad por encima de todo, la fraternidad como amalgama de las relaciones sociales y la igualdad como principio articulador de la acción personal y social ampliada; de izquierda de a deveras, libertaria y heterodoxa, pues.

Trotsquista ligado al PRT (como por lo menos dos de las tres habitantes de la casona de Centenario), luchador sindical y profesor de la UAM-A, Jacques Gabayet era para ellas y para muchos (como Carlos García, que por ahí anda todavía), un profesor vital mediante la conversa. Y fue así, platicando —taza de café en ristre—, que nos encontramos en una primera larga charla al calor de temas que compartíamos: los milenarismos, los mesianismos, los mitos nacionalistas fundacionales, las utopías… algunos autores y obras comunes a los dos: Arnhelm (Utopía), Bajtin (La cultura popular en la edad media y el renacimiento), Bloch (El principio esperanza), Cohn (En pos del milenio) y Eliade (El mito del eterno retorno), fundamentalmente.

Repetimos las pláticas de manera intensa por algunos meses; me contagió su euforia por las primeras cien páginas de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, de Octavio Paz: “son [las tales cien páginas] un hasta hoy inigualable análisis de la Nueva España”, decía el casi cuarentón que era él y asentía el casi treintón que era yo. Así me descubrió a Herder y a los románticos alemanes vía Meinecke (El historicismo y su génesis), Schenk (El espíritu de los románticos europeos) y Kofler (Contribución a la historia de la sociedad burguesa) y, dado su acucioso seguimiento-interpretación del guadalupanismo, al Lafaye de Quetzalcóatl y Guadalupe, en cuyo prólogo Paz asienta que los dos movimientos de masas más importantes en la historia de México (las huestes del cura Hidalgo y las de Zapata) transitaron bajo estandartes con la imagen de la virgen de Guadalupe.

Hubo mucha enseñanza de su parte y poco aprendizaje de la mía en los meses compartidos, aunque nos emparejábamos porque yo consumía más café y cigarros que él. Luego regresé, en septiembre de 1984, al puerto de Veracruz; perdí su rastro físico más no el académico porque lo leía y nos volvimos a encontrar —¿en 1992?— en el Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México, él como organizador de un coloquio con la participación de Lafaye, Gruzinsky, Piñón, Bartra… y yo como asistente (los trabajos se editarían bajo el título de México: identidad y cultura nacional [1994]).

Zapatistas guadalupanos. (Foto de Agustín Casasola, tomada de este artículo de Ariel Arnal.)
Zapatistas guadalupanos. (Foto de Agustín Casasola, tomada de este artículo de Ariel Arnal.)

Alboreando 2008, Tajín Villagómez, más que buen amigo, me envió un mensaje de correo electrónico diciéndome que Ricardo Pascoe había publicado un artículo en memoria de Jacques, fallecido en julio de 2007, y que le harían un homenaje en la UAM. Leí el texto de Pascoe, el cual manifiesta la querencia y el respeto de su autor por quien en junio-julio de aquel lejano 1984 en que nos conocimos organizó y coordinó, con el apoyo de la UAM-A, el simposio Hacia el nuevo milenio. Entonces los estudios acerca de las relaciones entre los utopismos, los milenarismos, las identidades, los mesianismos, los nacionalismos y la religiosidades universlaes y mexicanas eran sólo apuntes en las mesas de trabajo de algunos estudiosos, entre los cuales Jacques Gabayet era un avanzado. Al año siguiente, Antonio García de León publicaría Resistencia y utopía, su tesis doctoral, que en el fondo es un monumental análisis del discurso de los movimientos mesiánico-milenaristas en Chiapas, y que merece también una relectura.

Fui uno más entre el público participante en casi todas las sesiones del coloquio y adquirí en su momento las memorias que, bajo el título de Hacia el nuevo milenio: Estudios sobre mesianismo, identidad nacional y socialismo (México: Universidad Autónoma Metropolitana-Villicaña, 1986), se editaron en dos volúmenes que andan cumpliendo treinta años de haber aparecido y merecen una reedición, ya que —hasta donde sé— sus tres mil ejemplares están agotados. Vale reponerla en circulación además porque es una obra pionera que en su aparente diversidad de temas mantiene un eje conductor: “la presencia del arquetipo de procedencia religiosa, que se estructura a través de un origen mitificado, un proceso en que los acontecimientos de todo tipo tienen un significado y una relación con el fin de la historia” (6), como afirma el coordinador del libro en la presentación.

“Esperanza mesiánica y realidades sociopolíticas” es el título del volumen 1, que agrupa once artículos, y “Utopía, nacionalismo y socialismo” el del volumen 2, que integra otras nueve. Los trabajos van de atisbos teórico metodológicos interpretativos al abordaje de experiencias de religiosidad popular, festividades concretas y revuelta social, pasando por análisis en torno a la incapacidad para la comprensión del “otro”, generadora de la invención de víctimas propiciatorias. En todos los caso la presencia del arquetipo ya citado “en la utopía social cristiana” —católica y protestante—, guía la hermenéutica revolucionaria de los de abajo como resistencia a la institucional de los de arriba, mantenedora del status quo. Práctica lectora que, más allá de su validez o no, justificaría, por ejemplo, la apuesta de la vuelta al origen para enfrentar el presente y el futuro planteada por los zapatistas del ejército del sur en el arranque del siglo XX y por los neozapatistas del ejército del sureste en las postrimerías del mismo siglo.

Posiblemente hoy, con la alevosía que da la distancia al volver la vista atrás, algunos de los textos incluidos en el libro se lean avejentado por la propia dinámica posterior de los asuntos y casos abordados, así como por el propio desarrollo de los paradigmas interpretativos, mientras que otros se vean como prolegómenos que sustentaron sólidos estudios históricos sociales posteriores, y el resto devengan filones aún vivos que requieren nuestra atención para continuar atentos a ese “fin de la historia [que] se presenta como una acontecimiento extraordinario, como un momento de justicia social y como el inicio de un periodo de paz y bienestar que, semejante al origen mítico, perdurará sin caídas ni expulsiones en el futuro, por mil años, si hacemos referencia a la cultura judeocristiana” (7), en la cual estamos insertos y la cual compartimos, producimos y reproducimos.

Celebremos las primeras tres décadas de una obra importante y poco apreciada, que merece ser releída y reeditada en este nuevo milenio aún en pañales que le dio origen y nombre a la tal obra. Yo, en corto, celebro no sólo esto, sino lo nodal que haber convivido unos meses con el buen Jacques Gabayet devino en mi erudición y en mis segundos treinta años de vida. Nada más, pero nada menos.

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