El lago y la democracia (1 de 2)

Matthew Vitz

Durante décadas, el lago de Texcoco ha sido objeto de un debate —entre científicos, funcionarios del estado, urbanizadores y urbanistas— sobre si debería desecarse o rescatarse, usarse para fines urbanos o fines agrícolas, o convertirse en un bien público o en un espacio privado. En la historia poscolonial de México hubo cuatro momentos claves en los que estas disputas cristalizaron en decisiones políticas: en la década de 1870, al inicio del porfiriato; en la década de 1910, en plena revolución; en la década de 1930, durante el sexenio cardenista, y en la década de 1970, cuando Echeverría aprobó el proyecto Texcoco del ingeniero Nabor Carrillo. Estas disputas crearon las condiciones físicas y culturales de lo que experimentamos ahora, el quinto momento clave y tal vez el más decisivo e importante de todos: el conflicto sobre el ahora cancelado NAICM. Es más importante y decisivo, en mi opinión, porque, al contrario de los momentos anteriores, que solían ser disputas cerradas entre expertos urbanos —ingenieros, economistas e inversionistas— y una sección minoritaria de la cuenca de México, este conflicto involucra a toda la población de una megalópolis que tiene que pensar en el uso de múltiples espacios urbanos, abriendo paso así a una política de democracia directa y participativa en la que los ciudadanos deciden el futuro para lograr una ciudad más justa y sostenible.

El gobierno ambiental y el crecimiento de la ciudad de México se ha reflejado en la historia del lago de Texcoco. Después de que los liberales vencieron al imperio y a sus aliados conservadores aumentaron el interés y la capacidad técnica y financiera de resolver el famoso problema del lago. El relato que predomina es el de un inexorable empuje hacia la desecación de los lagos, un tipo de conquista faustiana del agua. Es cierto que varios personajes con intereses terratenientes y capitalistas se adueñaron de los nuevos terrenos desecados, mientras que los científicos se preocupaban por los miasmas que emanaban del lago estancado y que supuestamente causaban la insalubridad de la ciudad. Sin embargo, hubo voces importantes entre la elite profesional mexicana que, siguiendo las ideas de Alexander von Humboldt y Antonio Alzate, reconocieron los servicios ambientales y sociales de un lago bien conservado: mejor clima, un importante medio de transporte, el mejoramiento estético de la ciudad y una disminución de polvo en la atmósfera. Aunque ganó la propuesta del desagüe del ingeniero Luis Espinosa, su objetivo no era drenar todas las aguas del lago, sino las sobrantes que amenazaban inundar la ciudad.

El lago imaginado en el siglo XIX. (Foto tomada de aquí.)

De todos modos, hubo cambios socioecológicos profundos cuando se terminaron las obras en 1900. Aumentaron las tolvaneras que azotaban a la ciudad, que paralizaban el tráfico y contaminaban la comida en los mercados y tiendas. Tampoco se resolvió el riesgo de la inundación, que era una tarea que parecía irresoluble. En 1912, Francisco I. Madero, buscando fortalecer su poder territorial entre fuerzas antagónicas, ejecutó un proyecto para desecar completamente miles de hectáreas y fertilizarlas al lavarlas de sus compuestos salitrosos, y así venderlas a pequeños propietarios. La violencia de 1914-1915 acabó con el proyecto, por lo que continuaron las tolvaneras que provocaron mucho debate en círculos científicos. Algunos defendieron la conservación y rescate del lago; otros, como Miguel Ángel de Quevedo, rechazaron esa posibilidad al preferir la mera forestación con halófilas. Otros mantuvieron el plan de drenaje y fertilización con obras públicas caras. Cárdenas, enfrentado con ejidatarios de los pueblos circundantes al lago —incluido San Salvador Atenco— que anhelaban tierras cultivables, inyectó una fuerte inversión para lograrlo. A pesar de los millones de pesos gastados y algunos ensayos exitosos en solares ejidales, estos tuvieron poco éxito a largo plazo. Miguel Alemán, apoyándose en otros intereses rurales, canceló el proyecto.

En los años cincuenta y sesenta, un equipo de científicos, arquitectos e ingenieros —Enrique Beltrán, Gonzalo Blanco Macías, Guillermo Zárraga y Alberto T. Arai, entre otros— percibieron que la cuenca estaba en vísperas de un catástrofe si no se hacía nada. Según ellos, los problemas ambientales estaban vinculados: la desecación con las tolvaneras, la desforestación con el azolve de los ríos y lagos y el hundimiento con la política de drenar y aprovechar el acuífero sin un compromiso de reciclar el agua. Para ellos, el equilibrio ecológico de la cuenca giró alrededor del rescate del sistema lacustre, sobre todo del lago de Texcoco. Su filosofía —un ecologismo urbano de interconexión y codependencia entre los elementos naturales, las infraestructuras urbanas y los asentamientos— fue muy innovadora; no hay mucha evidencia de que tuviera paralelos en otras partes del mundo. Es una historia del ambientalismo en América Latina que no se conoce. Su propuesta fue innovadora pero también bastante conservadora políticamente. Creían que sólo ellos podían rescatar la ciudad de la catástrofe: el pueblo era visto como una amenaza, sobre todo las colonias populares de la periferia de la ciudad de México. No hubo ningún intento de inclusión de las colonias informales ni de los ejidatarios como lo que ocurrió después de la revolución.

El resultado de esta efervescencia intelectual del ambientalismo fue una propuesta basada en un nuevo tipo de ingeniería hidráulica en los años setenta, cuyo objetivo era el equilibrio ecológico. De este modo, Nabor Carrillo propuso el proyecto Texcoco, que buscaba parar el hundimiento de la ciudad y las tolvaneras al crear un nuevo grupo de lagos en el vaso y forestarlo. El plan original formulado durante el sexenio de Echeverría también pretendió crear espacios públicos para las colonias informales de la creciente Ciudad Nezahualcóyotl. El plan aprobado por el PRI puede entenderse como una forma de aplacar a los colonos de las zonas adyacentes que se habían radicalizado en el Movimiento Restaurador de Colonos, y abordar así las preocupaciones que venían articulando los nuevos grupos ambientalistas de clase media en la ciudad. El aspecto público prometido no se realizó, y cuando se realizó el proyecto en los años ochenta el territorio rescatado se convirtió en un espacio cerrado al público, una zona gobernada estrictamente por los tecnócratas de la Conagua, un espacio de vasos reguladores, lagos y canales regulados, así como de pastizales resistentes a las sales.

[Agradezco a Lorena Gómez Mostajo por la edición del texto.]

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