por Agustín Córdova *

En una de las conferencias magistrales del III Congreso Internacional de Historia y Literatura, celebrado en la Universidad de Guanajuato en 2010, Antonio Rubial conminó a todos los historiadores que estuvimos presentes a escribir y entrar de lleno al campo de la novela histórica, toda vez que el público lector acrecienta su interés en adquirir y leer obras que pertenecen a ese subgénero literario tan poco explorado por los historiadores. Lo hizo también porque uno de los problemas actuales de la novela histórica, según señaló, consiste en que (en su mayoría) los escritores construyen sus relatos en contextos históricos “débiles”, con una documentación histórica enclenque e interpretaciones poco verosímiles; en el peor de los casos, los escritores repiten ideas caducas sobre la historia como formas de explicación vigentes.

En aquel año, Pedro J. Fernández (1986) se desempeñaba ya como instructor de seguridad informática, luego de haber egresado como ingeniero en computación y electrónica de la Universidad Iberoamericana. En una tarde, según cuenta, de “aburrimiento”, decidió abrir en Twitter una cuenta llamada  @DonPorfirioDíaz —sin augurar el éxito que tendría: 153 833 “seguidores” hasta el día de hoy—. Tiempo después, todavía con la cosquilla universitaria de la escritura (tengo entendido que sus primeros intentos fueron cuentos históricos, sin ganar certamen alguno), tuvo la oportunidad de publicar una novela histórica sobre el porfiriato: Los pecados de la familia Montejo (México: Grijalbo, 2013).

Autor de tuits y de novelas. (Foto: Gandhi.)
Autor de tuits y de novelas. (Foto: Gandhi.)

Si bien el presente texto no es una crítica literaria sobre la obra en cuestión, considero necesario hacer unas puntualizaciones. De entrada, hay en ella varios errores ortográficos, erratas que bien podrían ser responsabilidad de Grijalbo en su afán por tener impresa la novela lo más rápido posible. En cuanto a la redacción, el comité editorial (si es que hubo alguno) dejó al autor con toda libertad, lo que le permitió incluir frases inaceptables como “fue entonces”, además de una reiteración de palabras que, página a página, se convierten en coctel favorito del autor y náusea tremebunda para el lector: átomo, partícula, gruñido, bufido, camafeo y asco, entre otras tantas, se repiten a diestra y siniestra para explicar todo tipo de acciones y situaciones.

Dejando a un lado las cuestiones técnicas, el núcleo temático de la novela es un vaivén entre el amor y el odio. Dicha oscilación se presenta en torno a la protagonista, Beatriz Montejo. La obra tiene una trama sencilla: Beatriz, una mujer de clase alta, de inamovible creencia religiosa y apego familiar inmarcesible, hace todo lo posible para mantener en pie cada uno de esos tres pilares que la conforman. Con una trama de tales características, bastaba con colocar la historia en cualquier contexto, cualquier cronotopo que permitiera desarrollar el conflicto y por ende el núcleo temático. Como si Fernández hubiera empleado un calzador, el porfirato entra a la fuerza como contexto de la novela.

En cuanto a sus contenidos históricos, no hay algún elemento que marque la diferencia entre el porfiriato (tiempo que gobernó Porfirio Díaz) con el porfirismo (ideología política, económica, social y cultural divulgada por el gobierno de Díaz). Hay elementos que no se tratan y que hubiesen dado más validez a la propuesta de recrear el contexto histórico del porfiriato, como la entrevista Díaz-Creelman —acontecimiento histórico fundamental y que es omitido sin justificación alguna de la obra—. ¿Qué acontecimientos históricos hay en la novela? Como tal, sólo aparece la “decena trágica”, que obviamente no es propia del porfiriato. Aunque Díaz aparece en la novela, sus participaciones son muy reducidas (quizá para asegurarse de no cometer algún tipo de anacronismo histórico), pero necesarias para el autor en tanto se vale del personaje histórico para fundamentar a sus propios personajes.

Trama pétrea, contexto histórico que se resuelve con sólo hacer mención de un par de datos y personajes, más necias metáforas cada vez más irrisorias convierten al libro en una mal llamada novela histórica, pero novela histórica publicada a fin de cuentas. Así, recuerdo con mayor ahínco y reafirmo mi creencia en lo dicho hace tres años por Rubial: los historiadores debemos acerquemos a la novela histórica para ir a contrapelo de literatos y escritores que escriben novela histórica sin conocimiento alguno de la historia y el devenir histórico.

17 Comments

  1. A diferencia de Salmerón, no me gustó esta nota. Pobrísima y muy descaminada. ¿Se critica la novela como novela o como historia? Si se critica como historia, mal vamos, pues no pretende ser un tratado histórico y no hay bases para juzgarla en ese terreno.
    La tesis del Dr. Rubial, según la entiendo, no es que las novelas históricas deban ser tratdos históricos, ¡qué horror!, sino que deben ser novelas verosímiles.
    ¿Por qué es “inaceptable” escribir “fue entonces”?

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    1. Sí, entiendo. Hay cosas que, ahora que vuelvo a leer la nota, no están bien encaminadas. Pretendí hacer ambas. Difiero en que haya o no bases para la crítica histórica en la novela. De eso mismo va la tesis de Antonio Rubial, no pretendía decir lo contrario. Ante todo, una novela (histórica o no) debe ser verosímil.

      Es inaceptable “fue entonces” porque, en gramática, la palabra “entonces” es adverbio, y ya sea adverbio temporal o de conjunción consecutiva nunca va precedida de la palabra “fue”. Puede ir precedido de las preposiciones de, desde, hasta, para y por; pues todas equivalen a decir “aquel momento” o “aquel tiempo” (uso correcto).

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  2. Es simple, si vas a escribir una novela cuyo marco historico es el porfiriato, te documentas bien. De lo contrario te sale una caricatura.Y dudo mucho que quisiera Don Porfis emular a Monty Python

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  3. Leí el libro, me gustó mucho. No me gusta la constante crítica al catolicismo, del cual la mayoría formamos parte. Pienso que es muy insistente en el tema.
    Sin embargo, como novela, es muy buena, a pesar de tener ciertos fallos literarios (como omitir detalles importantes o exagerar otros, como la relación sodomita en la cual se hace mucho detalle e incapié innecesario), y considerando que es su primera novela, debo felicitarlo, confieso que la leí en un sólo día, pues me tenía muy picado.
    Recomendada ampliamente, para tuiteros y no tuiteros 🙂
    Felicidades mi general Don Porfirio, felicidades Pedro Fernández.

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  4. No necesito ser un experto en literatura para decir lo siguiente:
    Me encantó el libro. Me hizo odiar a los odiados, y amar a los amados. Buen puesto de villanos, valentía para matar a los personajes más queridos. Lo recomiendo mucho.
    Totalmente picado, lo terminé en dos días.

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  5. Actualmente no resido en Méxicoç Ver la cantidad de atención que esta novela recibía en Twitter me impulso a tratar de conseguirla. Después de dos meses de espera recibí el libro desde México y comencé a leerlo inmediatamente. Durante el verano de 2013 tomé un diplomado acerca de la historia de México independiente, y uno de los temas que más impacto fue la falsedad con la que se documenta al Porfiriato en la historia oficial, esa que la SEP nos enseña a lo largo de nuestra educación básica.

    Ya entrando en la novela, el primer capítulo es excelente: es una narrativa fresca, agradable y fácil seguir. Pero esta felicidad y sorpresa duró sólo unas cuantas páginas. Las palabras “partículas” “átomo” y “durazno” aparecen constantemente en la narración, llena de adjetivos y personificaciones, que después de cien páginas fastidia y empalaga; sin embargo, la historia es buena, de las mejores historias que he leído recientemente. Fernández logra su cometido de transportarnos a la ciudad de México del porfiriato y la representación de la sociedad mexicana es notable.

    Es un libro que vale la pena leer, pero conozco a unas cuantas personas que botarían el libro a la mitad por el exceso de miel que las páginas derraman. Otro punto en contra es la personalidad de malvada exagerada del villano; nos encontramos contra una maldad absoluta en la figura de la matriaca Montejo. El exceso de ficción afecta ese momento de realidad al que te transporta la idea de encontrarte a Porfirio Díaz como un individuo, compartiendo rosca de Reyes en compañía de su esposa, y no como ese tirano innombrable al que crecimos odiando.

    Para lo mucho que espere esta novela, me decepcionó profundamente. Lo único que la salva, es que lo recomendaría por su peculiar estilo literario, ya que está sujeto a la percepción del lector.

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  6. Como casi todo, la novela histórica también tiene su tradición, que debe ser estudiada para comprender el auge que creo siempre ha tenido como literatura, y también como vehículo difusor de la historia. Personalmente tenía prejuicios sobre este “género”, pues me parecía que los autores que tomaban algún tema o personaje histórico para sostener o justificar sus textos eran escritores pobres en ideas que no tenían otra manera para sacar a flote su novela. Hasta que leí La muerte de Artemio Cruz y Luto humano, y me dí cuenta que la novela histórica no tiene porque ser un libro de texto; que la historia como matriz de creación literaria es infinita, y más si tenemos en cuenta, a raíz de los análisis de Hayden White y de F. Ankersmit, que la frontera entre historia y ficción es una línea delgada y fascinante. Para mí, las buenas novelas históricas ponen en crisis esta dicotomía entre historia y ficción -como los textos de Galeano también-, y sobre todo, llaman a iniciar la discusión en torno a una posible genealogía del lenguaje histórico, entendida esta como invención, como institucionalización o vulgarización. Las malas novelas o los libros sobre “La otra historia de México”, tan en boga hoy en día, sólo provocan el enojo y la indignación de los historiadores académicos y me parecen que son productos formalmente muy poco ambiciosos. Sin embargo, su presencia pone de manifiesto el vacío, la omisión y el convencionalismo teórico y práctico que hay en torno a esta discusión entre historia y ficción, entre conocimiento histórico y difusión cultural. Y eso sí es preocupante.

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