por Pedro Salmerón Sanginés *

Escribí cuatro artículos en La Jornada sobre la cuestión palestina y la negación del holocausto que, como de costumbre, generaron una amplia polémica. En el último de esos artículos refiero de pasada, al final, al libro de Norman G. Finkelstein, La industria del holocausto: Reflexiones sobre la explotacion del sufrimiento judío, traducción de María Corneiro Fernández (Madrid: Siglo Veintiuno de España, [2000] 2002). Esto provocó reacciones de algunos miembros de la comunidad judía de México, que consideran a Finkelstein parte de la calumnia antijudía.

Esa posición muestra la polarización que genera el tema: en los extremos, algunos judíos quisieran borrar del mapa de Israel, y de los territorios ocupados, a todos los árabes palestinos. Por su parte, algunos palestinos y algunos de sus simpatizantes en la región y en el resto del mundo quisieran ver desaparecer a todos los judíos del mismo mapa. Limpieza étnica y genocidio aparecen como deseo y como intento en ambos lados del espectro. En medio, todas las posiciones posibles.

Normal Finkelstein.
Normal Finkelstein.

1. ¿Por qué la derecha sionista detesta a Finkelstein? Nuestro autor no niega el holocausto, pero al denunciar su uso político por las elites judeo-estadounidenses y por los gobiernos de Israel y Estados Unidos es considerado por muchos comentaristas tan anti-judío como los que niegan el holocausto. No importa que, sobre ese tema, la posición de Finkelstein sea muy clara: el holocausto existió y no hay duda de que Hitler apostó por el exterminio de los judíos, la llamada “solución final”. Eso lo coloca en el extremo opuesto de algunos judeófobos, para los cuales el hecho no ocurrió (no como holocausto, como intento singular de exterminar una colectividad humana definida como “judía”; del significado de la negación del holocausto tratan dos de los artículos mencionados al principio).

Sin embargo, hay dos temas en los que Finkelstein se separa claramente de la versión “oficial” del holocausto: primero, reconoce que muchos de los testimonios son fraudulentos, lo cual da a los revisionistas y los negacionistas suficiente material para su trabajo (aunque yerra al considerar que los negacionistas no son numerosos ni importantes). Más importante es que niega la singularidad del holocausto, para equipararlo con otros genocidios. Asegura que si se despojara al holocausto de su carácter único sería posible entenderlo históricamente, algo que muchos sionistas quisieran negar, achacando a la solución final intentada por Hitler una absoluta falta de racionalidad, explicándola por la pura maldad. Y mediante malabarismos intelectuales, algunos de ellos vuelven a presentarse como víctimas, ahora, de la “maldad” árabe (terrorista) y la de todos aquellos que critican la política de Israel. Es, pues, la contraparte: frente al judío encarnación de la maldad de la propaganda hitleriana, la versión laica del judío como pueblo elegido: “el sufrimiento judío es único porque los judíos también lo son”, diría este argumento. Ambas posiciones son igualmente racistas.

2. Pero el centro de la argumentación de Finkelstein es otro: a partir de 1967 y de manera creciente, el holocausto ha sido utilizado como negocio particular y como justificación política por algunos poderosos lobbys judíos en los Estados Unidos. Sólo menciono su investigación sobre el negocio particular de algunos falsos supervivientes o hijos de víctimas del holocausto, aunque hay que mencionar tambien la acerada y acertada conclusión de Finkelstein: los testimonios falsos no eliminan los testimonios verdaderos ni las innumerables pruebas del holocausto. El malabarismo intelectual queda para los negacionistas, que se basan en los falsos testimonios y en las pruebas en contrario para negar el hecho y para justificar o normalizar el nazismo y sus horrores.

3. El segundo aspecto es el que más me interesa: la manera en que lobbys judíos estadounidenses, así como la derecha israelí, utilizan el holocausto para descalificar cualquier crítica a la política criminal de Israel con respecto a los palestinos, presentándola como antisemita y pronazi.

Un primer señalamiento sumamente interesante consiste en mostrar la historicidad del problema. Para los judeófobos y los conspiranoicos no hay devenir histórico: presente y pasado se confunden en una realidad paralela, “alucinatoria y fantasmagórica” (Pier Paolo Poggio), que retroalimenta los prejuicios antisemitas. En esta realidad paralela, ahistórica, la relación entre Israel y Estados Unidos ha sido la misma siempre. En esta realidad paralela, fundada en la fantástica teoría de la gran conspiración judía, se invierten los términos de la relación: se convierte al gobierno de Estados Unidos en órgano e instrumento de “los judíos”, sin advertir que es al revés; que desde 1967, el estado de Israel es aliado dependiente de Estados Unidos. Muy dependiente.

Finkelstein explica la historia esa relación de manera brillante, mostrando cómo, antes de 1967, “el holocausto nazi apenas ocupaba un lugar en la vida estadounidense […] tan sólo un puñado de libros y películas abordaron este tema”. Eso también ocurría entre la comunidad judía-estadounidense. ¿Por qué?

Suele decirse que el holocausto estaba aún demasiado fresco y los judíos preferían reprimir su recuerdo. Sin embargo, los estudios del tema han mostrado que “los verdaderos motivos del silencio público con respecto al exterminio nazi fueron la política conformista de los líderes judíos estadounidenses y el clima político de los Estados Unidos de la posguerra”. La mayor parte de las organizaciones judías de Estados Unidos apoyaron una política exterior de amistad con una Alemania occidental, aliado clave contra la Unión Soviética en la guerra fría, y nada o poco dijeron del reciclamiento de numerosos nazis en aquel país.

Un elemento que tanto los judeófobos “de izquierda” como las elites judeo-estadounidenses y la derecha israelí callan sistemáticamente es que Israel no habría tenido ninguna posibilidad de constituirse, en 1948 (ante la abrumadora mayoría árabe en la región y el embargo de armas decretado por la ONU y acatado por las potencias occidentales), sin el respaldo tácito de la Unión Soviética —que se manifestó, en concreto, en la asesoría militar y la entrega de armas checoslovacas a los israelíes.

La renuencia de las elites judeo-estadounidenses a hablar del holocausto era aún más elocuente en tanto que la solución final era uno de los temas favoritos de los judíos de izquierda, sacrificados por esas mismas elites “en el altar del anticomunismo […] de la era de MacCarthy”. Esas elites tampoco apoyaron el establecimiento de un estado de Israel que miraban con profundo recelo por el temor a que los dirigentes israelíes, mayoritariamente izquierdistas y procedentes de Europa oriental, se convirtieran en aliados de la Unión Soviética. Algunos grupos de la elite judeo-estadounidense apoyaron la campaña por un estado de Israel dirigido por el sionismo, pero siempre subordinados a las directrices de Washington.

4. Fue la guerra árabe-israelí de 1967 la que cambió el panorama. “Todas las fuentes coinciden en señalar que el holocausto no se incorporó a la vida judía-estadounidense [sino] hasta después de este conflicto”; impresionados “por la apabullante demostración de fuerza de Israel, los Estados Unidos decidieron incorporarla como valor estratégico” y volcaron una creciente ayuda militar y económica, convirtiendo a Israel en el delegado de Estados Unidos en Medio Oriente.

“La subordinación de Israel al poderío estadounidense fue un regalo para las elites judías de Estados Unidos.” El sionismo había surgido de la premisa de que los judíos siempre serían percibidos como extranjeros potencialmente desleales; pero ahora podían respaldar a Israel sin ser acusados de doble lealtad, pues Israel era el principal aliado de Estados Unidos en Medio Oriente. Los lobbys judeo-estadounidenses presentaron a Israel (y a “los judíos”) como “la vanguardia defensiva de los Estados Unidos —e incluso de la “civilización occidental— en contra de las retrógradas hordas árabes”. Y se dedicaron a consolidar esa alianza, que se fue haciendo cada vez más importante, hasta volver a Israel dependiente por completo de la ayuda estadounidense.

Entonces las élites judeo-estadounidenses echaron a andar un holocausto ideológicamente remozado que no es otra cosa que “una valiosísima baza en un juego de poder en el que se apostaba fuerte.” Y el discurso de las víctimas fue apropiado por una comunidad (la de los judíos estadounidenses) que no fue víctima y que, menos aún, lo era en el presente en que reivindicaba el estatus de víctima, a diferencia de otras colectividades, como los negros, los latinoamericanos, los indígenas, las mujeres y los homosexuales, que sí lo eran en Estados Unidos.

5. Desde los años setenta, el gobierno de Estados Unidos hizo suyo el holocausto, lo que “sirve para eludir las responsabilidades que corresponden a los estadounidenses a la hora de afrontar su pasado, su presente y su futuro”; pues “resulta mucho más fácil deplorar los crímenes cometidos por otros que mirarnos a nosotros mismos”. Y hay —señala Finkelstein— elementos en la experiencia nazi que podrían enseñar “muchas cosas sobre nosotros mismos”. Así, por ejemplo, el destino manifiesto parece un anticipo de casi todos los elementos ideológicos de la política de Lebensraum o espacio vital, y de hecho, la “conquista del Oeste” (a costa de México y del exterminio de los nómadas de las llanuras, añado por mi cuenta) inspiró a Hitler, explícitamente, para su “conquista del Este”. Las leyes de Nurenberg tienen un equivalente en la segregación de los negros en Estados Unidos.

El gobierno de Estados Unidos invoca el holocausto cuando señala los crímenes de sus enemigos oficiales, como en la invasión soviética a Afganistan, la iraquí a Kuwait o la limpieza étnica de los serbios en Kosovo; pero no cuando los crímenes “cuentan con la complicidad de Estados Unidos”, como el exterminio de un tercio de la población de Timor Oriental por el gobierno Indonesio, o los crímenes contra los mayas emprendidos por la dictadura militar guatemalteca.

De eso trata el libro: es una crítica acerada y vigorosa denuncia a las actitudes políticas de la derecha judeo-estadounidense, y su uso del holocausto para desviar las críticas a la política de Israel, “moralmente indefendible”. No trata del holocausto.

¿Que el tono es virulento, que el autor a veces llega a extremos absurdos en su argumentación polémica? Sí, sin duda; quizás el tema lo exigía. Pero creo que acierta al sugerir que la industria del holocausto, o al menos aquella parte de ella que es pilar del fundamentalismo de diversas expresiones de la derecha sionista, a la larga es mucho más nociva que útil para quienes se identifican como “judíos” y para el propio estado de Israel; de la misma manera que el discurso que quisiera el exterminio de “los judíos” —o al menos su expulsión de Palestina— es también perjudicial a la causa de la construcción de un estado palestino independiente y soberano, como señalara y defendiera Edward Said.

Como en tantas cosas, los extremos irracionales se juntan.

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