Hacia Lecumberri

por Luis Fernando Granados *

El 24 de abril, 1966 —ayer hace cincuenta años—, Adolfo Gilly hizo su primera declaración como preso del estado mexicano. Acababa de volver a México, tenía en México apenas un par de semanas, cuando fue detenido, junto con siete u ocho de sus camaradas, por agentes de la Dirección Federal de Seguridad de la Secretaría de Gobernación. En ese primer interrogatorio estuvo presente Fernando Gutiérrez Barrios, director entonces de la policía política del régimen. Así lo consigna un documento, actualmente en el Archivo General de la Nación, que ha sido estudiado por Verónica Oikión Solano y, más recientemente, por Fabián Campos Hernández.[1] Ésta y otras piezas documentales permiten suponer que el arresto ocurrió unos días antes, digamos hacia el 20 de abril, pero es imposible afirmarlo con seguridad. Como era y sigue siendo costumbre, esos tres o cuatro días fueron una suerte de limbo, un no-tiempo en el que el aparato represivo del estado puede expresarse sin las cortapisas de su propia estructura legal; es el lugar de los golpes y la intimidación.

Sea como fuere, lo ocurrido la semana pasada hace medio siglo constituye (puede concebirse como) el punto de inflexión de la vida de Adolfo Gilly, el inicio del “dispositivo” que creó y articula las dos partes fundamentales de su trayectoria política e intelectual. El dispositivo, claro, es la cárcel de Lecumberri entre 1966 y 1972: esa (mítica) crujía de presos políticos donde también estuvieron Demetrio Vallejo y Valentín Campa, José Revueltas y Víctor Rico Galán, y por supuesto los estudiantes del Sesenta y Ocho. De un lado de la prisión hay un militante dedicado a la revolución mundial, periodista de combate y cuadro de una de la facciones de la Cuarta Internacional, que acababa de publicar un artículo (en dos partes) titulado “The Guerrilla Movement in Guatemala” en la Monthly Review (1965). Del otro lado se encuentra uno de los historiadores mexicanos más importantes e influyentes, autor de La revolución interrumpida (México: El Caballito, 1971), el libro sobre la revolución mexicana que acaso más ejemplares y fotocopias ha “vendido” en la historia editorial de nuestro país, y también uno de los agentes más connotados de ese milagro político y social que fue la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988.

(Como suele ocurrir con historias de esta clase, muy poca gente advirtió la puesta en marcha del dispositivo Lecumberri. En parte porque casi todas de las acciones de esos días ocurrieron tras bambalinas: en la casa donde Gilly fue detenido, en los separos de la DFS, en el juzgado a donde fue remitido y por supuesto en la prisión misma, que no por ser un icono de aquella ciudad de México había sido despojado de la opacidad que la acompañaba quizá desde el asesinato de Francisco Madero. Pero sobre todo porque, desde mediados de marzo, la UNAM estaba paralizada por una huelga estudiantil, y los enfrentamientos entre porros, autoridades y los activistas del —primer— Consejo Estudiantil Universitario no hacían sino aumentar en intensidad y número. El día mismo de la comparencia de Gilly ante Gutiérrez Barrios, de hecho, los estudiantes se habían movilizado para tomar las antiguas escuelas de Jurisprudencia y de Altos Estudios, muy lejos de la Ciudad Universitaria. El desenlace de la huelga habría de ocurrir dos días más tarde, el 26 de abril, cuando fue asaltada la torre de rectoría e Ignacio Chávez fue obligado a renunciar a su puesto.)

La metamorfosis de Adolfo Gilly es notable al menos por dos razones. Primero, porque muy poca gente tiene el ánimo o la capacidad para reinventarse, menos aún en la frontera de los cuarenta: y Gilly tenía 38 años cuando cayó preso y 43 cuando publicó su primer libro de historia. Segundo, y sobre todo, porque hasta el momento de su detención el vínculo de Gilly con México y su historia era prácticamente inexistente. Nada o casi nada permitía vislumbrar su mexicanización (palmaria a pesar de los libros que más tarde escribió sobre El Salvador, Nicaragua y la Argentina). Ni siquiera su presencia intermitente en México entre 1964 y 1966.

No es que México, o más bien el Partido Obrero Revolucionario (una de las dos organizaciones trosquistas que existían en nuestro país a principios de los años sesenta), no hubiera sido importante para el ala de la Cuarta Internacional que dirigía J. Posadas y de la cual Adolfo Gilly era una de sus voces más conocidas. Al contrario: México, el POR(t), fueron cruciales para el trosquismo posadista. Es simplemente que el lugar que ocupa el POR(t) en la historia de la izquierda radical latinoamericana le viene menos por lo que hizo o dejó de hacer en México que por su actuación en Guatemala: por la manera en que sus militantes se volcaron en apoyo del MR-13, la guerrilla dirigida por Marco Antonio Yon Sosa. De hecho, lo que distinguió al MR-13 de la otra organización insurgente guatemalteca activa en esos años (las FAR) fue precisamente su relación, que se antoja llamar orgánica, con el trosquismo internacional —relación que le permitió al MR-13 depender menos de la revolución cubana pero que, al mismo tiempo, sobre todo cuando ésta le dio la espalda, lo dejó más expuesto a la represión guatemalteca a fines de 1965 y principios de 1966.

La detención de Gilly fue parte de esa campaña. Fue una parte menor, tangencial y poco violenta, toda vez que lo más cruento del ataque del gobierno guatemalteco se concentró contra los dirigentes del POR(t) que eran a la vez cuadros del MR-13 en Guatemala: la desaparición de David Aguilar Mora en diciembre de 1965 y la llamada “masacre de los 28” en marzo de 1966. Pero como Gilly era el rostro del trosquismo latinoamericano en ese momento —el rostro, en efecto: apenas en enero Fidel Castro lo había criticado explícitamente, en un discurso que luego se hizo muy famoso, por andar diciendo que el Che había salido de Cuba por diferencias con el gobierno de La Habana—, la decisión del gobierno mexicano de arrestarlo, encarcelarlo y procesarlo tiene que verse como un gesto de colaboración con el régimen guatemalteco. (En “defensa” de quien haya tomado la decisión de encarcelarlo, sin embargo, hay que decir que el acto de apoyo fue más bien tímido; alguien más comprometido con la lucha anticomunista internacional hubiera podido deportarlo a Guatemala, para que allá lo asesinaran.)

Por fortuna y por desgracia, es imposible controlar el curso de los acontecimientos. Hasta dan ganas de decir que la “cortesía” le salió demasiado cara al gobierno mexicano, y que no benefició mucho al de Guatemala. En primer término, porque casi inmediatamente después de la inmovilización de Gilly en Lecumberri el MR-13 juzgó y expulsó a los trosquistas de su seno y se realineó con la dirigencia cubana. Si más tarde, a fines de los años sesenta, la insurgencia guatemalteca pareció estar prácticamente derrotada, la explicación hay que buscarla en procesos geopolíticos y militares mucho más complejos y profundos. Y en segunda instancia porque la prisión de Gilly tuvo consecuencias de orden político e historiográfico en México que se antojan mucho más significativas y trascendentes que su efecto sobre la revolución socialista guatemalteca.

Historiador posando. (Foto: El Universal.)

Historiador posando. (Foto: El Universal.)

Para empezar, porque La revolución interrumpida inauguró (o casi) un modo de entender a la revolución mexicana que se aleja lo mismo de la hagiografía oficial que del revisionismo desencantado que se impondría en los años setenta. En lugar de limitarse a “desenmascarar” la contradicción entre el estado posrevolucionario y los movimientos sociales de la segunda década del siglo XX, La revolución interrumpida encontró el modo de percibir el carácter popular y “progresista” de la revolución sin hacer los malabarismos políticos e historiográficos a los que estaban obligados quienes simpatizaban con Zapata y con Villa. Lo hizo además mediante una operación que parece simple pero que esconde una enorme penetración teórica, y mucho antes de que la disciplina descubriera la centralidad de la trama en la escritura de la historia: desplazar el punto focal de la revolución de 1917 al momento de la ocupación de la ciudad de México en 1914 permite, e invita a, concebir la revolución como un fenómeno relacionado con la construcción del estado de manera más bien contingente y casi accidental —en lugar de presumir una relación necesaria, como lo hace el clásico de Jesús Silva Herzog, Breve historia de la revolución mexicana (México: Fondo de Cultura Económica, 1960).

Incluso en sus “defectos”, La revolución interrumpida es un libro ejemplar. Escrito a partir de un puñado de libros, con un conocimiento incipiente de la realidad mexicana, con un exceso de lecturas de economía política y por ello, sí, con un montón de metidas de pata (sobre todo en su primera edición), el libro de Gilly confirma no obstante que la historia no es —no debería ser— una practica anticuaria, de simple acumulación de datos, sino ante todo un ejercicio de atribución de sentido. Al menos en teoría, la historia es una disciplina que busca comprender antes que simplemente informar(nos) acerca del pasado; por ello La revolución interrumpida es un gran libro de historia —y con el corazón a la izquierda, lo que no es poca cosa para un gremio que en términos generales es más bien conservador en lo político.

Junto con ese pequeño grupo de obras que podrían calificarse como revisionistas “de izquierda” —como Intellectual Precursors of the Mexican Revolution, 1900-1913, de James Cockcroft (Austin: University of Texas Press, 1968), publicado en español también en 1971, por Siglo Veintiuno—, el libro de Gilly permitió a la izquierda de tradición marxista reconciliarse con el pasado revolucionario mexicano sin comprometer su oposición al régimen y a su mitología. Tendió así un puente entre el priismo “progresista” y esa multitud de grupos y grupúsculos que intentaban hacer la revolución en un país que era oficialmente revolucionario. Estirando un poco las cosas, podría decirse que hizo en la historiografía lo que el Movimiento de Liberación Nacional había intentado hacer a principios de los años sesenta. No es simple anécdota, por ello, que Rafael Galván haya sido el principal impulsor de la primera edición de La revolución interrumpida: la cercanía del líder de uno de los tres sindicatos electricistas con el ex presidente Lázaro Cárdenas era bien conocida.

En 1972, cuando por fin fue liberado y expulsado del país, la transformación de Adolfo Gilly estaba ya bien avanzada. Apenas cuatro años después de recobrar la libertad volvió a México, fundó una revista, crió un hijo, se hizo profesor de la UNAM. A principios de los años ochenta se naturalizó mexicano. La insurgencia priista encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas le ofreció la ocasión —imagino que añorada desde que vivía en Bolivia, treinta años antes— de vincularse de nuevo a un genuino movimiento de masas. Al instante creó un pequeño partido, el Movimiento al Socialismo, que debe haber sido la primera organización de tradición marxista en sumarse a la campaña presidencial del hijo del general. Y poco después, como en avalancha, se produjo una de las epifanías colectivas más espectaculares de la segunda mitad del siglo XX. El fraude electoral de 1988, así como la triste y tormentosa historia del partido fundado por Cárdenas al año siguiente, han terminado por opacar lo extraordinario de aquella campaña. Pero hay que recordarlo: pocas veces se vio una reunión tan heteróclita de campesinos, trabajadores, estudiantes, militantes y burócratas de todos los pelajes. El segundo gran libro de historia de Adolfo Gilly —El cardenismo, una utopía mexicana (México: Cal y Arena, 1994)— es hasta cierto punto un eco de ese momento, aunque en apariencia sea un análisis de la coyuntura que llevó a la expropiación petrolera en 1938.

Y no obstante…

Durante poco más de cuatro décadas, Adolfo Gilly ha sido una de las voces más conocidas y reconocidas de la izquierda mexicana. Con el paso del tiempo, aun los historiadores profesionales lo aceptaron en su seno, le dieron premios, lo invitaron a sus congresos. Por ello, constatar que su vida dio un giro a partir de la última semana de abril de 1966 puede acaso parecer un tanto obvio. Puede que lo sea, pero no necesariamente porque el quiebre aquí esbozado sea el único modo de entender la transformación del militante en historiador. Al releer estas líneas, me doy cuenta que quizá hay una manera de cambiarles el sentido; un modo de tramar su camino político en el que las rupturas pesen menos que las continuidades.

Como se sabe, en los últimos años Adolfo Gilly ha estado escribiendo una biografía de Felipe Ángeles, el soldado profesional, el ex director del Colegio Militar, uno de los pocos soldados leales al presidente Madero, el que más tarde se unió a la División del Norte y ayudó a ganar la guerra contra la dictadura huertista; uno de los mártires villistas más enigmáticos. La más reciente de las entregas de esa biografía se llama Cada quien morirá por su lado: Una historia militar de la Decena Trágica (México: Ediciones Era, 2013). El libro termina con una declaración un tanto sorprendente:

Aprendí a conocer el mundo y los motivos de los militares, cuando la lealtad y el honor los guían, gracias a tres oficiales guatemaltecos: el teniente coronel Augusto Vicente Loarca y los tenientes Marco Antonio Yon Sosa y Luis Augusto Turcios Lima. […] Todos están lejos ahora: sin ellos en mi vida nunca habría sabido buscar y seguir los hilos de esta historia [185].

Leído al derecho, parecería en efecto que los fundadores del MR-13 le ayudaron a Gilly a imaginar los motivos y las acciones de Felipe Ángeles. Pero, ¿y si fuera al revés? ¿Qué tal que su estudio de la revolución mexicana, que su labor como artífice de la coalición neocardenista, que su larga investigación sobre Felipe Ángeles, no fueran sino pasos de una búsqueda oblicua, indirecta, para la comprensión de la primera insurgencia guatemalteca? ¿Qué tal si en Yon Sosa no encontró a Ángeles sino que ha estado buscando a Yon Sosa en la figura de Ángeles?

Qué más da si hay una contradicción irresoluble en lo que escribo; a lo mejor ambas interpretaciones son posibles.

 

  • Verónica Oikión Solano, “Un encuentro decisivo en la encrucijada revolucionaria: La influencia del PORT en el MR-13”, en La izquierda revolucionaria latinoamericana, comp. Alberto Martín Álvarez (Colima: Universidad de Colima, 2010), 81, y Fabián Campos Hernández, “La Dirección Federal de Seguridad y los revolucionarios guatemaltecos, 1947-1985”, 9 —artículo en prensa que amablemente me dejó leer Mario Vázquez Olivera.

2 Respuestas a “Hacia Lecumberri

  1. Excelente ensayo sobre uno de los actores contemporáneos de la izquierda mexicana y la reacción del gobierno mexicano hace casi 50 años. La opinión historiográfica sobre La revolución interrumpida muy certera, sin filias ni fobias de tipo alguno que ponen en su lugar una obra superada ampliamente pero que no deja de ser un referente para quienes estudiamos el siglo XX latinoamericano. Felicitaciones.

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