por el grupo 1104 de la asignatura “Comentario de textos”, licenciatura en historia, FFyL. UNAM

Primera estampa: Aguas negras en los salones

Jueves 3 de marzo. El salón 208, con capacidad para casi sesenta alumnos, terraza propia y vista a ese gran jardín central que los unamitas llamamos “las islas”, padece un nuevo flagelo. En los años y lustros anteriores las malas decisiones y el abandono han arruinado casi por completo ese extraordinario espacio para la actividad docente: una estructura de persianas en bastidor fijo, instalada con el fin de aislar de la luz, impide el paso a la terraza, que con el paso del tiempo acabó en bodega, cuarto de triques y basurero. Como además el salón 208 queda al fondo de uno los pasillos del edificio principal de la facultad, las bancas “sobrantes” o desvencijadas —producto de la decisión de destornillarlas y de la mala gestión al respecto— suelen ser amontonadas ahí por trabajadores poco diligentes, quienes, ante la degradación progresiva del lugar, han ido perdiendo el hábito de limpiarlo. La impresión de basurero se acentúa con las cortinas mugrosas que redundan sobre las persianas y que, no obstante, no consiguen oscurecer completamente el salón para la proyección de imágenes.

A todo esto se suma el deterioro estructural del edificio, la falta de mantenimiento que genera periódicamente fugas en los sistemas de drenaje y agua de los sanitarios ubicados en el tercer piso, justo encima del salón y que, hace menos de un año, provocó la caída de una parte de su plafón. El jueves 3 comenzó una nueva fuga. El viernes se cerró el salón. Para el miércoles 9, el salón seguía cerrado con llave, con el agua encharcada, entre bancas amontonadas y basura. Una semana. Treinta clases suspendidas. Ningún aviso a profesores ni a alumnos. Ninguna reprogramación. En lugar de clases, aguas negras.

Salón 208 (puerta)

Segunda estampa: Clases, no; comercio, sí

Miércoles 9 de marzo, 07:50 a.m. Los estudiantes de “Comentario de textos” esperan desconcertados ante su salón cerrado con llave, inundado y maloliente. Pasa un joven, conocido de todos. Saca unas llaves y abre la robusta puerta metálica del salón 208-bis, conocido también como “cubo 208”, que está a medio metro del salón 208. Él, a diferencia de ellos, puede acceder a ese salón de la facultad; es de hecho, el único que puede hacerlo porque él guarda celosamente las llaves.

Uno de los estudiantes se desespera: “deberíamos tomar clases en la bodega, sería más útil.” El joven, que está montando mercancía en un diablito, no se inmuta. Una nueva voz insiste: “habría que ocupar los espacios de nuestra facultad productivamente”; otra se burla: “es que venden papas comunistas”. Una vez que cargado el diablito, el comerciante cierra el cubículo 208-bis y se aleja. Minutos después regresa con el diablito vacío. Los estudiantes vuelven a la carga: “miren”, dice uno, “ya vinieron a abrirnos el salón”; “hay que tomar la clase ahí”, sugiere otro. El joven comerciante decide romper su silencio “si quieren, pueden entrar y tomar la clase, pueden hacerlo porque en este lugar hasta se imparten talleres, pero como son hijos de burgueses y los traen en carro, no saben que este espacio es producto de una lucha histórica, así que lo pueden utilizar cuando quieran”.

Los estudiantes entraron. El comerciante se desconcertó: “es un lugar pequeño, a ver si caben”. Seguían llegando estudiantes, llegó el profesor; el comerciante se alejó, celular en mano. Los estudiantes le pidieron al profesor que se impartiera la clase en el salón recién recuperado. Todos entraron. El lugar estaba repleto, todos parados, codo con codo, y el grupo todavía no estaba completo. Breve deliberación: aquí no se puede dar clase. “Recuperémoslo”, dijo una estudiante. “¿Por cuánto tiempo lo podemos conservar nosotros, a quién se lo entregamos?” El profesor tomó su teléfono celular pero volvió a guardarlo: no valía la pena hacer ninguna llamada. El grupo salió a los pocos minutos. De inmediato apareció el comerciante que pone su puesto de mercaderías en el “aeropuerto” (como se conoce al vestíbulo principal de la facultad) y cerró con llave el cubículo 208-bis, el “cubo 208”, su bodega.

Salón 208-bis

Tercera estampa: Y sin embargo, se mueve

9 de marzo, 08:40 a. m. Un grupo camina por el pasillo principal del primer piso de la facultad, gira a la derecha, sube la escalera que conduce a “las coordinaciones”. No hay nadie… sí, una secretaria que va llegando; “toque en la puerta de vidrio, a ver si está el licenciado.” Y entonces, el contraste: una oficina abierta, un trabajador responsable. “¿Licenciado, qué hace usted aquí?”, le pregunta el profesor de “Comentario de textos”, “yo llego a las ocho y usted ya llegó, a veces me voy a las nueve de la noche y usted sigue aquí”. “Estamos en una oficina de servicio; estamos para dar servicio”, se limitó a responder el licenciado. Mientras buscaba un salón disponible escuchaba la narración de los hechos y asentía resignado: “Hemos reportado ese salón muchas veces, dicen que lo van a arreglar y no hacen nada… está éste, pero es para 30 alumnos… no; espere; el 315 es para 40. Vaya al 315.”

Cuarta estampa: Los salones vacíos

08:50, tercer piso, salón 315. Puede comenzar la clase; los más de cincuenta estudiantes se apelotonan en el saloncito. Pero ni los alumnos ni el profesor pueden dejar de lado lo ocurrido en los últimos minutos. Se habla del asunto, se plantean los temas, los problemas, comienzan a organizarse, a analizarse. El profesor insinúa: “¿Se fijaron cuántos salones vacíos vimos mientras íbamos por los pasillos? Nunca los habíamos visto porque siempre estamos en clase a esa hora.”

Aparece el tema, el nuevo tema. Y con el tema las preguntas, y con las preguntas, la posibilidad inmediata de responderlas, aunque sea provisional, parcialmente. Nueve y media, acaba la clase, todo el mundo conoce sus tareas y sale a realizarlas. El objeto: revisar todos los salones de la Facultad de Filosofía y Letras y ver qué clases que deberían estarse impartiendo no lo están haciendo. Un estudiante objetó: tal vez el profesor se puso de acuerdo con los alumnos, tal vez ése tiempo lectivo se está ocupando en otra cosa. Se insistió sobre el objetivo: no queremos acusar a nadie, queremos saber cuántos están en su salón a la hora que dice su contrato que estén y cuántos no. Queremos tomarle una foto al ausentismo en la facultad.

Resultado del registro visual (efectuado por los estudiantes y documentado con fotografías): siete salones con clases programadas para ese momento están vacíos. Cinco de estas clases concluyen a las diez de la mañana; dos, a las once. Las asignaturas de estás clases forman parte de las carreras de bibliotecología, estudios latinoamericanos, geografía, historia y pedagogía.

Salón vacío

Antes de levantar su sesión, el grupo decidió que lo ocurrido en su clase de “Comentario de textos” del miércoles 9 de marzo de 2016 es significativo, y representa algunos aspectos de la situación actual de la Facultad de Filosofía y Letras, y decidió comunicarlo. Éste es su reporte.

3 Comments

  1. Si esto sigue así nos veremos obligados a solicitar ayuda a los Okupas (único grupo organizado en FFyL) ellos organizarán una tokada con lunch vegetariano y en asamblea se decidirá si los alumnos pueden usar algún salón, se declarará que no pueden hacerlo porque las relaciones verticales maestro alumno son un modelo burgues. La directora brillará por su ausencia y el rector hará declaraciones a los medios en los que se hará enfasis en que no se emplearan métodos violentos. 15 años después la gente se preguntará que está pasando y volveran a solicitar pacificamente se les permita usar un salón.

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  2. Los “bancos de horas” en escuelas y facultades son espejos del salón 208 de la FFyL: malolientes, llenos de basura, repletos pero vacíos, a razón de $60.00 la hora/semana/mes de ignominia y simulación y sí, como dice Raúl G., los directores mirando a otro lado y el rector haciendo declaraciones a los medios.

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  3. En efecto la facultad tiene graves problemas para mantenerla en optimas condiciones, recursos se destinaron al anexo, es una inversion util nadie lo niega, pero no toman en cuenta la dificultad que es trasladarse y las pocas opciones que dan para ello, sin embargo tambien hay una mala actitud de parte de muchos compañeros, rara vez colaboramos en algo o digan acaso no ven basura por doquier, comida en los pisos, quizas convendria organziar ya por minima coherencia el espacio con un bote de basura o acordar no comer dentro de los salones, que no se dañe el mobiliario, si las bancas se mueven de un salon a otro regresarlas, no rayar los pizarrones con materiales que no pueden borrarce etc, debemos exigir a las autoridades se responsabilicen pero tambien contribuir con ello.

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