por Agustín Córdova *

Desde que el oficio de historiador se profesionalizó, universidades públicas y privadas, colegios e institutos, abren sus puertas a un porcentaje mínimo (en comparación con otras profesiones) pero en constante aumento, de estudiantes que ingresan a las licenciaturas en historia o carreras afines. Rafael García Granados publicó un artículo titulado “La enseñanza de la historia” en el cual dio cuenta breve pero sustanciosa de los andares de la vocación histórica, que van desde la Universidad Real y Pontificia hasta El Colegio de México, pasando por la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Clío. Pierre Mignard, siglo XVII. La inspiradora musa.
Clío. Pierre Mignard, siglo XVII. La inspiradora musa.

En dicho artículo, García Granados enarbola un listado de algunas “vicisitudes” por las que había atravesado la carrera de historia en la Universidad Nacional durante las décadas anteriores. Para 1948, año en que se publicó el artículo, el autor refirió que los alumnos que ingresaban a los estudios de historia en nivel superior adolecían, en primera instancia, de la una falta de conocimiento de las lenguas modernas, hecho que no permitiría a los profesores ofrecer “la indispensable bibliografía en tanto éstos no puedan leer, como mínimo francés e inglés” (Rafael García Granados, “La enseñanza de la historia”, en Enseñanza de la Historia en México [México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1948], 201). Segundo: “los alumnos llegan a la facultad sin conocer panorámicamente las historias universal y de México” (201). Tercero: si eso sucede con la historia, peor es la situación con la materia de geografía, pues “esta materia, indispensable para entender la historia, no se imparte en los últimos años de la preparatoria y los alumnos parecen haber olvidado la que estudiaron en los primeros” (201) Cuarto: resultan insuficientes los seminarios ofrecidos en la facultad para poner en práctica y desarrollar las habilidades de la investigación histórica en el alumno. Quinto: la carrera de historia, como todas las impartidas por la facultad, “carecen en lo absoluto de aliciente económico para los alumnos, no ya sólo por lo mal retribuido del magisterio, sino porque tanto la Secretaria de Educación […] y la Escuela Normal Superior, sólo en rarísimas ocasiones han dado cabida en las escuelas secundarias a los graduados en historia de la universidad” (202).

A 65 años de la publicación del artículo, pareciera que García Granados nos presentara la situación presente en las generaciones que entran a la profesión histórica. Y ello, más allá de preocuparnos o sorprendernos, debe motivarnos a la reflexión: ¿cuál es la media en el perfil de ingreso del aspirante a ser licenciado en historia? ¿A qué se deben las deficiencias y virtudes que traen consigo cada uno de los estudiantes y generaciones? Cada quien podrá formularse las respuestas.

Silvestre Villegas Revueltas publicó en 1990 algunas reflexiones sobre la enseñanza de la historia a nivel medio superior y su incidencia en la universidad. El “clionauta” —como nombró Luis González y González a quienes desean convertirse en profesionales de Clío— que inicia la licenciatura en historia se confrontará con amigos y familiares por este tipo de preguntas: “¿Estudias historia?, ¿por qué no escogiste otra carrera?, ¿sirve de algo estudiar eso?, ¿de qué vas a vivir?” Por su parte, los profesores que reciben en sus clases a los noveles historiadores:

[…] les preguntarán[,] en el mejor de los casos, por qué estudian historia, sobre todo cuando se percatan de que cierto individuo no tiene madera para ser un heredero de Tucídides. Esto puede captarse, por ejemplo, cuando se deja el comentario de una lectura y se oye en el fondo del salón una oscura voz que pregunta: “¿completo, maestro?” A partir de este momento surge la duda de cómo llegó ese alumno a la Facultad de Filosofía y Letras o a la Escuela de Antropología [Silvestre Villegas Revueltas, “Algunas reflexiones que se derivan de la enseñanza de la historia en el nivel medio superior y su incidencia en la Universidad”, en La enseñanza de Clío: Prácticas y propuestas para una didáctica de la historia (México: UNAM, 1990), 138].

“Porque quiero desmentir la historia de mi país”, “porque quiero enseñar la verdadera historia”, “porque me apasiona desde pequeño” serán algunas de las respuestas de los alumnos, de generaciones que ingresan a la licenciatura en historia o similares, en una  universidad, colegio o instituto, experimentando con ello una nueva etapa en sus vidas, que representará, sin temor a dudas, toda una odisea clionáutica.

2 Comments

  1. Cuando realicé mis exámenes para ingresar a estudiar mi segunda licenciatura (tengo otra licenciatura y postgrado), elegí a la historia por convicción y procuré relacionarme con los jóvenes que iniciaban su camino. Me sorprendió que muchos de los que no deseaban disciplinas con matemáticas hubieran puesto a la historia como segunda o tercer alternativa. (Pregunta en clase del Dr. José Rubén Romero). Yo terminé y vi con nostalgia que varios de mis más jóvenes compañeros subsisten en lugares que no corresponden a lo que estudiaron. El Dr. Rodrigo Díaz decía que para ser un verdadero historiador se requería abordar algo novedoso, que impactara al medio porque de otra forma se estaría destinado a ser profesor de secundaria o de preparatoria porque en la FFyL ya no había lugar (claro, omitió algunas cosas que todo el mundo sabe). En fin, que para lograr lo que el artículo propone se requiere un cambio de mentalidades, por no decir de estructura y para que ocurra eso… uuuuhhhh.

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