por Marco Ornelas *

Aparte de contar con un excelente clima en los meses de verano, Yécora tiene un pueblo hermano en la Rioja alavesa, en el país vasco (Iekora). Hay quien afirma que el topónimo proviene de una voz pima que significa “llano grande rodeado de cerros”, aunque lo más probable es que sencillamente se trate de un bautizo que rememora tierras lejanas (el cronista de la ciudad da cabida a las dos versiones; véase Rafael López Jacobo, Crónicas y leyendas de Yécora [México: Centro de Desarrollo Municipal del Goberno del Estado de Sonora-Gobierno Municipal de Yécora, 2010]).

Yécora fue fundada en 1673 por un misionero jesuita, Alonso de Victoria, quien construyó una capilla todavía en pie y que da cobijo al museo comunitario. La nueva iglesia católica, construida a su costado, es hoy una parroquia franciscana que compite con otros dos templos —uno adventista y el otro bautista— por ganarse las más de tres mil almas que moran en el valle.

La benevolencia del clima yecoreño se debe a que el pueblo está enclavado en las inmediaciones de la sierra madre Occidental, a mil 500 metros de altura, en la punta suroriental de Sonora, colindante con Chihuahua. Hasta antes de la llegada de los españoles a América, los principales pueblos indios de Sonora eran, por su número, los ópatas —quienes serían los más proclives a aliarse con los conquistadores—, los pimas y los cahítas (yaquis y mayos asentados en el sur del estado). Además, otros dos grupos indios se destacarían por su beligerancia contra el avance de la colonización evangelizadora: los seris, al poniente sobre la costa del golfo de California y los apaches, hacia el noreste (véase Ignacio Almada Bay, Breve historia de Sonora [México: El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica, 2000)].

El territorio de Sonora (del vocablo ópata sonot o sonota que significa “hoja de maíz”) se ha modificado en varias ocasiones y ha tenido distintos nombres, dependiendo de las vicisitudes político-administrativas de los territorios comprendidos: “reino de la Nueva Vizcaya” (1562), que abarcaba los estados de Durango, Chihuahua, Sinaloa y Sonora; “gobernación de Sinaloa y provincias agregadas” (1732), y “estado de Occidente” (1824-1831) en el México independiente, que juntaba a las provincias de Sonora y Sinaloa. A partir de 1831, con la separación de Sinaloa, quedó prácticamente con su actual nombre y extensión (incluyendo el territorio de La Mesilla, vendido a Estados Unidos en 1853).

Nueva España en la imaginación de García Cubas.
Nueva España en la imaginación de García Cubas.

La historia de Sonora ha estado marcada por su geografía: se trata típicamente de una región de frontera con flaca densidad poblacional, de una tierra inhóspita habitada por forajidos, nativos o de ojos azules. Los obstáculos que separan a Sonora del resto del país así lo confirman: al occidente, el mar de Cortés que impide el paso a Baja California; al este, la sierra madre Occidenta,l que la separa de Chihuahua; al sur, hasta el río Fuerte, el desierto de Sonora (con temperaturas extremas de 45 grados centígrados en los meses de junio a septiembre), que lo distancia del resto del país. Ésta es la principal razón por la que la colonización del noroeste fue distinta a la del centro del país.

A partir de 1591 llegaron a Sonora los misioneros de la Compañía de Jesús, quienes se dieron a la tarea de fundar los llamados “pueblos de misión”, aislados de los colonos europeos —que fueron llegando a cuentagotas— y de los reales de minas, pueblos mineros que se fueron estableciendo a lo largo del siglo XVII. Entre los pueblos de misión había cabeceras y visitas. Para 1791, Yécora contaba con 197 habitantes. Al igual que el cercano Tarachi, eran visitas dependientes de la cabecera de Ónapa. Como es bien sabido, en 1767 los jesuitas fueron expulsados de Nueva España y las misiones pasaron a manos de los franciscanos.

La estrategia evangelizadora de los jesuitas fue de las más exitosas de América. Hacia 1678 habían establecido pueblos de misión en todo el territorio de la actual Sonora y bautizado a 500 mil nativos. (Forajidos bautizando forajidos.) Si bien estamos ante un método novedoso de evangelización —las “reducciones indias” del Paraguay al sur del continente y los pueblos de misión en los confines noroccidentales de Nueva España—, no fue revolucionario. Para encontrar un método de evangelización verdaderamente revolucionario —la evangelización por adaptación o accommodatio— habría que situar al misionero en franca y desesperanzadora minoría, en medio de una civilización robusta con una religión multiforme de altos vuelos filosóficos, y echar un vistazo a los empeños del jesuita Roberto de Nobili (1577-1656) en el extremo meridional de la India. Pero esa es otra historia.

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