por Itzel Rodríguez Mortellaro *

Este verano se presentaron dos exposiciones sobre arte moderno mexicano. Una en la ciudad de México, otra en Londres. Ambas muestras de arte reunieron obras (pintura de caballete, gráfica, fotografía, además de cine y música) realizadas durante la década revolucionaria y hasta 1940. El Museo Nacional de Arte albergó desde el 3 de mayo hasta el día de hoy Vanguardia en México, 1915-1940. La Galería Sackler de la Royal Academy of Arts exhibe, desde el 6 de julio hasta el 29 de septiembre, Mexico: A Revolution in Art, 1910-1940. Esta última contó con el patrocinio de Conaculta, Sectur y la Agencia Mexicana para el Desarrollo y Cooperación Internacional. Las exhibiciones coincidieron en la elección de ciertos artistas: Rivera, Siqueiros, Kahlo, Covarrubias, Álvarez Bravo. Sin embargo, la propuesta curatorial de una y otra fueron radicalmente distintas.

Vanguardia en México tiene un objetivo específico: mostrar la relación entre las artes plásticas y la literatura en términos de la vanguardia. Renato González Mello y Anthony Stanton, curadores, centraron su atención en el lenguaje, en la experimentación y la innovación. En esta muestra hay obras de artistas como Diego Rivera (Paisaje zapatista introduce al guión museográfico), Dr. Atl, Siqueiros, Álvarez Bravo, junto a otros menos famosos, como Julio Prieto. La elección de las obras dependió de su carácter experimental o distante del canon nacionalista y de su integración novedosa con otras expresiones artísticas, como sucede en el programa radiofónico sobre “Troka el poderoso” (una especie de robot creado por Germán List Arzubide) con música de Silvestre Revueltas. El visitante sale de la exposición con la refrescante idea de que la vanguardia en México encontró sus propias formas y temas de expresión y que los artistas mexicanos podían ser revolucionarios en más de un sentido.

En contraste, la exposición internacional promovida por el estado mexicano, Mexico: A Revolution in Art, curada por Adrian Locke, recurre al cliché de presentar una visión panorámica de “lo mexicano” en el arte: representaciones del pueblo y de revolucionarios, escenas folklóricas, algunos paisajes y un autorretrato de Frida Kahlo. Incluye muchos de los artistas más procurados de este tipo de relato, empezando por José Guadalupe Posada. Locke, sin embargo, incorporó un ingrediente atractivo: obras de artistas extranjeros que visitaron o vivieron en México, particularmente durante las décadas de los veintes y treintas.

En una presentación en línea que Locke hace de la exposición, el curador menciona, de forma un tanto débil y confusa, que México se convirtió en un “centro de renovación estética”, una vez que la hegemonía cultural se desplazó de París por las guerras (aquí la presentación). Paradójicamente, el motor que echó a andar la renovación cultural mexicana fue la guerra civil (el título de esta exhibición indica que el “arte revolucionario” empezó en 1910, aunque en términos artísticos ese año no marca el inicio de un periodo) cuyas consecuencias políticas y sociales sirvieron de acicate a la creatividad artística y atrajeron a artistas, literatos e intelectuales de diferentes países, simpatizantes de causas político-sociales o buscadores de escenarios alternativos de primitivismo y exotismo. Así, grabados de Posada, La Tehuana de Herrán, el Carnaval de Huejotzingo de Chávez Morado, El viejo del muladar de Goitia, El hueso de Covarrubias, un paisaje del Dr. Atl, fotografías de Álvarez Bravo y Hugo Brehme, un autorretrato de Kahlo, alternan con obras de Philip Guston, Marsden Hartley, Edward Weston, Henrietta Shore, Tina Modotti, Josef Albers, Henri Cartier-Bresson, Edward Burra, Leon Underwood y Robert Capa.

En las reseñas publicadas en medios ingleses la exposición no sale bien parada. Todos extrañan los murales. Para los críticos, el “arte revolucionario” de México está indisolublemente ligado al muralismo —“sólo los muralistas fueron verdaderamente revolucionarios” dice Brian Sewell (aquí su reseña publicada por el London Evening Standard)—, a imágenes de revolucionarios de bigote y canana y a estampas de la vida del pueblo —que expresan un “país convulsionado y en constante cambio, en triunfo y lamento, sangrante y resurgente”, escribe Laura Cummin (aquí su texto para The Guardian—. Jonathan Jones incluso acusa a la exhibición de traidora por comportarse como “el burgués que vende al pueblo” confinando en el breve espacio de la galería a “la épica del México modernista” que para males se presenta fragmentada y con la intromisión de artistas extranjeros (aquí la reseña también para The Guardian).

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