por Fernando Pérez Montesinos *

1. En un fascinante y agudo ensayo publicado hace casi veinte años, el ya fallecido antropólogo e historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot escribió: “Cuando la realidad no coincide con creencias profundamente arraigadas, los seres humanos tienden a elaborar interpretaciones que la ajustan al espectro de estas creencias. Crean fórmulas para reprimir lo impensable y colocan lo inconcebible dentro del reino del discurso aceptado” (“An Unthinkable History: The Haitan Revolution as a Non-event”, en Silencing the Past: Power and the Production of History [Boston: Beacon Press, 1995], 72). Su ensayo argumentaba que esta incapacidad de pensar fuera de los cánones establecidos —de pensar lo impensable— llevó a la negación de la revolución haitiana de fines del siglo XVIII y principios del XIX. La idea de una revolución de esclavos era ultimadamente incompatible con las categorías de la época que afirmaban que los esclavos, por naturaleza, no podían imaginar un mundo distinto ni aspirar a la libertad. Esas mismas categorías, afirmaba Trouillot, persistieron por largo tiempo hasta el punto que siguieron informando muchos de los estudios históricos acerca de Haití y su revolución. La radicalidad de aquella insurrección de esclavos era tal que la hicieron una “historia impensable” (Trouillot: 95) incluso después de muchas generaciones de haber sucedido.

El argumento de Trouillot fue desde el principio controvertido y llegó justo antes de que varios historiadores y estudiosos comenzaran a hacer pensable esa revolución que, al menos en parte, había permanecido inconcebible (o por lo menos, negada). El aumento de estos estudios fue tal que ahora hay quienes piensan que tal vez se fue demasiado lejos. La revolución, ha argumentado con igual agudeza David Geggus, fue radical en el solo aspecto de haber hecho pedazos la idea de la esclavitud, pero nunca tuvo el carácter democrático y republicano que Trouillot y muchos después de él le asignaron (“The Caribbean in the Age of Revolution”, en The Age of Revolutions in Global Context, c. 1760-1840, comp. David Armitage y Sanjay Subrahmanyam [Londres: Palgrave MacMillan, 2010], 83-100). El debate, sin duda, ha de continuar. Sin embargo, el argumento de Trouillot no deja de acertar en al menos una cosa: los hechos “impensables” siempre representan al menos para una parte de la humanidad una amenaza; siempre traen consigo reacciones en contra que tratan de revertir sus peligros y traerlos de regreso al “reino del discurso aceptado”.

2. En otro ensayo, más reciente y escrito a propósito de los trágicos eventos del pasado 15 de abril durante el maratón de Boston, la periodista y psicóloga Maria Konnikova sostiene un argumento muy parecido al de Trouillot. “La mente humana”, escribe Konnikova, “es increíblemente adversa a la incertidumbre y ambigüedad; desde temprana edad respondemos a la incertidumbre y la falta de claridad elaborando espontáneamente explicaciones admisibles. Más aún, nos aferramos a estas explicaciones inventadas como si tuvieran un valor intrínseco. Una vez que las tenemos, no nos gusta dejarlas ir” (el ensayo puede consultarse aquí).

La cobertura mediática de aquel suceso y los hechos que le siguieron (la persecución y captura de uno de los posibles culpables y la muerte de otro de ellos) estuvo, como se sabe, plagada de errores e hipérboles. No fue sólo el afán de contar la noticia primero, sugiere Konnikova. También tuvo mucho que ver la inhabilidad de lidiar con la incertidumbre y la consiguiente predisposición a contar con respuestas inmediatas que coincidieran con historias que resultaran admisibles para autoridades, medios y público (estadounidenses, se entiende). Las interpretaciones que ligaron automáticamente el origen étnico y religioso con las motivaciones de los hermanos Tsarnaev circularon amplia y acríticamente. Hacer de la amenaza algo comprensible, asignarla a los enemigos de siempre, suspender el juicio crítico y el análisis de la evidencia por las viejas fórmulas; esa fue, una vez más, la forma de hacer encajar la realidad en el frasco de lo permitido.

Un beso (Foto: AFP)
“… si dos se besan, el mundo cambia…” (Foto: AFP)

3. No hace falta una revolución o un ataque alevoso y deliberado en contra de personas inocentes para precipitar generalizaciones fáciles, lugares comunes y alimentar el miedo. Desde el 18 de mayo de este año es legal el matrimonio entre personas del mismo sexo en Francia. Pocos días después (el 29 del mismo mes) se celebró la primera boda legal entre dos hombres. Semanas antes, miles de personas salieron a las calles para manifestarse en contra de la ley que hizo esta boda posible. El día del enlace (civil, claro está) decenas de policías se desplegaron para evitar un posible incidente. Nada ocurrió. Sólo dos personas se casaron por mutuo consentimiento y convicción. Para muchos, sin embargo, el hecho de que esta boda no haya representado ninguna amenaza para el buen funcionamiento del cosmos sigue siendo inconcebible.

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