por Rafael Guevara Fefer *

Querido Pedro:

A propósito de tu imprescindible combate contra las diversas historiografías balandronas que se producen en y para el espacio académico, y también para esas otras que sirve a la política y al espectáculo, me surgen algunas reflexiones que comparto contigo en este blog.

La producción de conocimientos históricos puede caracterizarse como un sistema de ideas que explican al hombre a través del tiempo; también constituye una actividad bien arraigada e institucionalizada que ejercen ciertos individuos influidos por factores religiosos, nacionales, ideológicos y muchos otros de orden sicológico y social, y claro está por influencias del mercado (sea académico o cualquier otro). De tal suerte, resulta pertinente estudiar las condiciones sociales e intelectuales en las que los historiadores y las historiadoras crean conocimientos y desempeñan su quehacer, las cuales a su vez ayudan a orientar el rumbo que toman los diversos procesos gremiales.

El caso de las políticas científicas (históricas) de nuestros gobiernos actuales ayuda a esclarecer los términos de la relación entre conocimiento y sociedad, pues los hombres que las ponen en marcha a su modo construyen el futuro de la nación al tiempo que inventan las nuevas disciplinas, y a pesar de sus discursos dichas políticas mantienen la asimetría entre los modos en que se hace la historia y el resto de las ciencias sociales que impera entre los países del norte y del sur. Existen muchas voces de científicos e historiadores que aceptan que el contexto actual en el que se desarrollan las actividades científicas en el mundo se divide en central y periférico, desarrollado y subdesarrollado, moderno y atrasado. Hay quienes tratan de superar esta dicotomía argumentando que se ha dado y se da la excelencia científica en los países de la periferia.

Bien; pero las circunstancias en que se practican las ciencias históricas se construyen todos los días, el centro y la periferia no son un destino ni constituyen dos realidades distintas. Por el contrario, forman parte del proceso histórico que permitió que las ciencias sean como las conocemos hoy. Y hoy nuestros sistemas de evaluación académica, tanto de las instituciones locales como federales, privilegian —hagas historia o geofísica— la investigación sobre la docencia, la visibilidad internacional sobre la atención a problemas nacionales o regionales, la investigación pura sobre la comunicabilidad del conocimiento y su integración a la comunidad, la producción febril de objetos de publicación sobre la investigación valiosa.

Entre los males que, junto a todas las bondades posibles, traen los prides y los esnís, el peor de todos, creo, es abandonar el aula como el lugar más importante para de las ciencias y las humanidades institucionalizadas, como lo supieron bien quienes durante el siglo XIX reformaron la educación superior e inventaron la ciencias naturales y sociales como las conocemos hoy. Todos sabemos que para que la ciencia viva bien y viva bonito, no es suficiente con investigar, sino que también hay que enseñar, aunque parece que las políticas científicas y educativas nos llevan a investigar más y a enseñar menos.

La panza del SNI, de acuerdo con sus administradores
La panza del SNI, de acuerdo con sus administradores

Como bien sabes, los sistemas de evaluación hacen pensar que publicar fuera de nuestras fronteras es más mejor. Ante tal circunstancia, deberíamos desaparecer todas las revistas y publicar sólo en las extranjeras, pues al parecer tienen más “impacto”, como gustan decir los administradores del saber. Así podríamos ahorrar muchos árboles a favor de nuestros maltratados bosques y, por supuesto, dinero. ¿Qué te parece la propuesta? Es paradójico que un sistema de producción de conocimiento que ayudó a construir la generación de científicos y humanistas tan comprometidos como Manuel Gamio, Enrique Beltrán, Manuel Sandoval Vallarta, Daniel Cosío Villegas, Jaime Torres Bodet, Martín Luis Guzmán, Nabor Carrillo, José Joaquín Izquierdo, Ignacio Chávez, Hernández X. y tantos otros, propicie valores contarios a los de aquellos científicos esforzados por una ciencia propia que atiende la urgencias nacionales, que además debería ser exitosa internacionalmente.

Lo que tenemos hoy día es un sistema educativo y de investigación que privilegia a quienes son más productivos cuantitativamente y logran productos de interés para el exterior, aunque sea porque mantienen las líneas de investigación que controlan los científicos del centro, o porque están atentos a cumplir cabalmente con los trámites y requisitos que imponen los burócratas que deciden cuánto más debemos ganar y cuál es el privilegio social que nos corresponde.

Pero déjame que te (les) cuente, limeño:

no hay otra cosa detrás del estudiante que obtiene una licenciatura, sigue estudiando y obtiene un posgrado, supuestamente porque ha realizado una contribución para la ciencia y la humanidad. Si tal contribución es rotunda, el estudiante obtiene un lugar en el panteón de nuestra memoria científica o una chamba como investigador; incluso hasta puede llegar a ser SNI III. Por eso no es casual, ni enteramente absurdo, que siglas como ésta, que en principio sólo indican una situación escalafonaria —el tercer nivel de esa organización burocrática de nombre Sistema Nacional de Investigadores— haya terminado por ser los blasones, los birretes y las condecoraciones de nuestro tiempo. Y así aquel economista, ya con unos algunos tragos encima y molesto porque nuestro amigo —historiador, para peor fama—, lo había felicitado por la guapura de su hermana, esgrimió como venablo disuasivo, tan amenazante como un puño en alto, su título de Investigador Nacional Nivel III, como si esa condición estableciera una barrera infranqueable entre su prosapia y los arrestos amatorios de nuestro amigo, como si la virtud de una hermana, de un linaje, pudiera habitar en un cheque quincenal, o como si tuviera la autoridad para dar órdenes entre académicos de menor grado y civiles.

(Véase Rafael Guevara y Luis Fernando Granados, “Los nuevos caballeros”, en Metate, noviembre de 2005, p. 5.)

La cita no cuenta ficción alguna: es real el tipo que amenazó con su dedo flamígero a un sobreviviente de alguna de las tantas guerras de aquel tiempo. En ese contexto, ridícula resultaba la condición de reconocido investigador del antihéroe de la anécdota. He visto a esos personajes ridículos, abusivos y balandrones que abandonan el aula y que simulan investigar. Lo es peor es cada vez hay más de ellos.

Antes de despedirme, Pedro, va otra idea derivada de la última contribución del Wilphen Vázquez a este blog. Nuestra UNAM genera cerca de la mitad de la producción científica del país, pero sólo poco más del 20 por ciento de los esnís son unameños. No me sorprende tal productividad, pues habiendo tantos y tan buenos alumnos haciendo ciencias naturales, ciencias sociales, arquitectura, innovaciones tecnológicas, nuevas técnicas, fármacos, alimentos, vacunas, historia, literatura, teatro, pintura, música y cine, es fácil explicar por qué nuestra casa es tan productiva. La clave son los alumnos, Pedro. Siempre han sido los alumnos y recuerda que nosotros también fuimos esos alumnos.

Ciao —y suerte en tus próximas batallas.

2 Comments

  1. De ahí, querido Rafael, que también denunciemos el ausentismo y la irresponsabilidad docente. De ahí que también nos disguste profundamente que nos pongan tantos obstáculos para dirigir tesis de grado. De ahí que, pese a todo, sigamos en la Facultad. Grcias.

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  2. Estimado Rafael, me ha gustado su reflexión. Completamente de acuerdo en que el trabajo necesario de todo investigador incluye la docencia en todos los niveles. Ojalá que muchos lo comprendan pronto y le den así lustre a sus blasones (los que sean!).

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