por Halina Gutiérrez Mariscal *

En medio de noticias que hablan de 23 muertos por día como promedio en lo que va del sexenio, y del narcotráfico como una de las principales fuentes de empleo en el país, preguntarse qué papel ha jugado la educación que ha recibido la población nacional resulta, de tan obvio, extraño. Dado que quien esto escribe trabaja con la historia, y que el público lector espera en este espacio cuestiones en torno de ella, preguntarse sobre el papel que la enseñanza oficial de la historia ha tenido en la formación del ciudadano de a pie (con las carencias y muy particulares características de lo que en México llamamos ciudadanía) parece todavía más pertinente.

Todos nos hemos preguntado por qué de algunas reacciones de la ciudadanía ante hechos como los arriba citados. Por un lado, la indiferencia total de parte de aquél a quien las multiejecuciones, así como el desgobierno en el que el crimen organizado ha encontrado acomodo, resultan realidades contra las que nada puede hacerse… ni siquiera protestar (habrá que admitir que si bien se han levantado aguerridos y elocuentes movimientos de protesta en contra de la violencia, estos no han tenido una capacidad de aforo notable). Por el otro, el ciudadano que, cansado de vivir en medio de la impunidad y la violencia, toma la justicia en sus manos y decide defenderse y ajusticiar al crimen con sus propios medios, saliéndose así del esquema constitucional. Ambos extremos, como podrá verse, están lejos del modelo de ciudadano en democracia al que se dice aspirar.

Tocaré un solo punto que me pareció digno de ser puesto a consideración en torno de este asunto. En un libro más o menos reciente —Contra la historia oficial (México: Debate, 2009)—, José Antonio Crespo ubica el comportamiento de la ciudadanía mexicana como resultado de una transmisión de ideas, a través de la enseñanza de la historia, que va en contra del modelo de democracia que la sociedad actual afirma querer establecer y que defiende.

Crespo sostiene, lo cito, que en las escuelas se les enseñado a los niños una historia que los educa “como súbditos, propios para un régimen autoritario, resignados ante el héroe, ante el presidente, o como subversivos potenciales, porque les están enseñando la legitimidad de la violencia como redentora política. O te salen sumisos o guerrilleros. O hablando de las clases altas, te salen oligarcas. ¿Y dónde está el ciudadano demócrata?”

Un brillante Fildel Velázquez en la CTM
Un brillante Fildel Velázquez en la CTM

¿Dónde ha estado la deficiencia? Sin hacer de esto un mea culpa, y sin quitarle a los sistemas político y económico con sus deficiencias, la culpa que tienen de las malas condiciones actuales, ¿qué hemos hecho quienes transmitimos el conocimiento histórico, para crear ese inconsciente colectivo en la ciudadanía, que nos ha llevado a extremos tan lejanos del modelo democrático, que dicho sea de paso, ha sido presentado como la panacea que aún no sabemos si será? Pregunta que pongo a consideración del lector.

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