por Bernardo Ibarrola *

Toda operación historiográfica se realiza con fuentes. Las fuentes, es decir, los vestigios del paso de las personas por el mundo, son tan diversas como las vidas que las produjeron, y más o menos reveladoras según sus propias características y la capacidad de quienes las leen.

Los registros de la memoria de las personas son unas fuentes muy particulares, pues expresan, además del pasado evocado, el momento y la voluntad de recordarlo. Todos estos registros, tanto los escritos por sus emisores (memorias y autobiografías) como los simplemente dichos y conservados en un soporte electrónico o digital, son palimpsestos de dos tiempos entreverados.

Marco Liberi, "Júpiter y Mnemosine".
Marco Liberi, “Júpiter y Mnemosine” (Museo de Bellas Artes, Budapest.)

Cualquiera que haya entrevistado con fines historiográficos sabe que es enorme la diferencia entre el pasado que uno imagina y el pasado que el testigo recuerda y comunica. También sabe que los recuerdos del testigo son, antes que nada, suyos, y que él dispone a su guisa de éstos. Unas veces habla rápidamente de lo que el entrevistador quiere (el entrevistador siempre quiere saber algo: por eso entrevista). Otras se lo guarda hasta el final para mantener la atención de su interlocutor y, si éste le cae gordo, sencillamente no lo dice. En no pocas ocasiones, repite exactamente lo que sabe que se espera de él, en una suerte de confirmación programada, y a veces pagada, de las ideas del entrevistador.

A pesar de los (casi siempre ingenuos) esfuerzos de disimulación técnica por parte de la antropología, la etnografía y la historia oral, el informador sabe que hay algo  en su memoria que interesa al entrevistador, y ese algo condiciona la comunicación entre ambos. La declaración de su memoria y el registro de ésta es, cada vez que ocurre, evidencia de ese hecho, de ese presente específico, antes que vestigio del pasado que evoca.

Puesto que así es la memoria individual, los historiadores que utilizan los diversos registros de ésta como fuente tienen que someterlas a las mismas operaciones de crítica (es decir, de examen y juicio) que el resto de las fuentes, partiendo para ello de la evidencia de su particular doble carácter. No es imposible, por ejemplo, encontrarse con dos narraciones hechas por la misma persona sobre un mismo acontecimiento —pero realizadas en momentos distintos— que declaren cosas diferentes y aun contradictorias. Esto no tiene que ser evidencia de error ni de mentira, sino de cómo el pasado propio significa cosas distintas según el momento y de cómo cada quien instrumentaliza —consciente o inconscientemente— esta significación, dependiendo de las circunstancias, en un sentido o en otro.

En estos casos, como en todos los demás, el trabajo de crítica deberá servir de base para tomar partido. Los historiadores califican las fuentes del pasado, no a sus emisores, y aspiran a desentrañar sus posibles significados para comprender a éstos, no para hacerles justicia dándoles a cada uno lo que le corresponde. La memoria como base para la justicia es asunto de jueces, fiscales, defensores y tribunales, no de historiadores.

3 Comments

  1. La historia no puede considerarse ciencia en tanto no aspira a predecir ni a elaborar leyes. Pero sí se le puede considerar ciencia en tanto se elabora a partir de procedimientos científicos precisos, genera conocimiento y éste se puede transmitir. Eso sí: cuando las fuentes no son tratadas como tales, estas condiciones no se cumplen y entonces no se está haciendo ciencia.

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  2. ¿Qué tiene la operacion histórica para que se la deje de confundir con memoria? ¿Cuál es el excedente de aquello que ya historico y no memoria? Lo sacralizado de la memoria parece ser transportado en operaciones historiograficas monumentales para preservar la comunidad y la identidad por el miedo a perderla, el boom de la nostalgia por la recuperacion del pasado. Parece que la funcion de la historia dada es llenar los huecos de la memoria…

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