por Renata Schneider *

La restauración es una profesión divertida. Y es más entretenida aún cuando se trata de eliminar repintes aplicados por “decoro”: te sientes en medio de una sex shop de la Zona Rosa, mirando al viejito de saco de pana que, de lado, se parece tu profesor de lógica de la preparatoria.

La aplicación de capas de pintura sobre las partes pudendas de las imágenes bíblicas o mitológicas surgió en el mundo católico fundamentalmente tras el concilio de Trento. Por ejemplo, la cultura romana clásica, antes emulada, era vista como sacrílega. Erasmo de Rotterdam reclamaba que “nuestros ojos se recrean más con las representaciones de las bacanales o fiestas del dios Término, llenas de indecencia y obscenidades, que con la resurrección de Lázaro o el bautismo de Cristo” (ante la comparación quien no…).

Antes, no mucho antes, lo hicieron los luteranos y calvinistas, que vieron con buenos ojos la reacción iconoclasta que, en su caso, no se dirigió sólo al arte profano sino, muy especialmente, hacia las imágenes sagradas y los relicarios. Las cientos de imágenes retocadas, no sólo por mantenimiento decoroso, sino también para incrementar su eficacia devocional, tuvieron su contraparte en aquellas obras, paganas o no, que al ser producto de grandes maestros fueron respetadas tal cual (o a las cuales simplemente se resguardó en bodegas o gabinetes reservados, como ocurrió con una buena parte de los cuadros del museo del Prado, que pertenecieron a las colecciones reales y que se salvaron únicamente gracias a pretextos formativos o pedagógicos).

Iconoclastas en una iglesia, de Dirk Van Delen (1604-1605).
Iconoclastas en una iglesia, de Dirk Van Delen (1604-1605).

Así, el criterio del decoro se aplicó sistemáticamente hasta el siglo XX, pero los casos de adecentamiento de imágenes, tanto en Europa como en las antiguas colonias, es aun hoy día común aun en el ámbito de los cuadros costumbristas: la joven pastora que remoja sus pies desnudos en el agua del río resulta ser una atrevida muchacha que deja ver los muslos y hace hiperventilar a la solterona de la familia.

Pero destrucción o censura no están necesariamente en el mismo plano que las intervenciones que adecentan: los miles de párrafos condenados en los libros de teología mexicanos, tachados y con la firma al calce del inquisidor, no son iguales a las letras iniciales iluminadas de los libros de coro de la catedral metropolitana que los sacerdotes desdibujaron con el dedo humedecido en saliva o agua durante el canto para no ser presa de malos pensamientos. Tampoco es lo mismo la adecuación de los atributos de tal o cual santo o la rectificación de ángulos píos (como sería el caso del san Blas que pintó Miguel Ángel en la capilla Sixtina y que mira para donde no debe, desdeñando a su dios, y del cual, de hecho, no queda ya nada, siendo el santo actual una modificación desde el aplanado).

Es importante distinguir estos hechos y los motivos que los producen durante las restauraciones: eliminar hoy el repinte que cubre el escote de una Magdalena no obedece a las mismas razones que justifican que se disuelva la tinta que cubre las letras impresas de un libro prohibido durante el virreinato, o a rescatar mediante fotografías especiales los restos visibles de la imagen de un cuadro sacrílego carbonizado durante el mismo periodo.

Es interesante esta historia de cosas que se tocan, que no necesitan que uno se vaya a encerrar en un archivo a leer los hechos: en estos casos pueden verse simplemente. Pero también interesan porque son palpables, porque la intervención por decoro y la censura de entonces es identificable materialmente y puede rastrearse relativamente fácil: ¿es la censura de hoy tan sencilla?, ¿en un futuro próximo, por ejemplo, podremos identificar cómo se ha escrito y adecentado la historia oficial del panismo?, ¿habrá decisiones que tomar alrededor y sobre esos retoques o será sólo una memoria social la que nos recuerde los maquillajes?

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