por Carlos Betancourt Cid *

Uno de los eventos que más polémica causó durante los festejos históricos de 2010 fue el paseo y exhibición que se hizo de los restos mortuorios de los protagonistas de la guerra independentista, que se resguardan en el monumento conocido como el Ángel en la ciudad de México. Opiniones encontradas que, por un lado, calificaron el hecho como un acto necrológico innecesario o, por otro, como una exaltación merecida a los “héroes” que nos dieron patria, ocuparon el cuadrilátero del debate. Ambos extremos se postularon irreconciliables y vaciaron de contenido lo que hubiera sido una oportunidad de oro para reflexionar sobre el significado de los protagonistas del pasado y sus acciones.

Sin embargo, el propio episodio contuvo una significación particular, que abarcó diversos derroteros, ampliando las opiniones y demostrando que a los mexicanos nos interesa sobremanera la historia y que no podemos vivir alejados de ella. Fui testigo del paso solemne que se ejecutó bajo supervisión militar en la principal avenida mexicana y del entusiasmo que conjugó en un amplio sector de la población, que rindió homenaje a los restos mortales, lanzando claveles y vivas a su paso. La emotividad, parte esencial del espíritu de conmemoración, hizo acto de presencia ese día.

Al mismo tiempo, se dieron a conocer las declaraciones de la propia comisión encargada de las festividades, mediante las cuales anunciaban que se aprovecharía la oportunidad de extraer de sus lugares de descanso tales osamentas, para verificar su identidad. Muchos fuimos escépticos ante dicha propuesta, pues para lograr tal cometido era necesario emprender una investigación muy amplia, que lograra delimitar fehacientemente la descendencia de aquellos hombres y localizar a sus parientes actuales, si existieran, y así practicar los estudios correspondientes. No fue posible completar esta tarea, pues el tiempo para ejecutarla era insuficiente. Esta primera acción no lograda generó una acérrima crítica contra los organizadores. Lo cierto es que demostró la escasa planeación que tuvieron esos festejos, lo que contrasta con la que el gobierno de Porfirio Díaz desplegó cien años atrás.

En el bicentenario.
En el bicentenario.

Pero la polémica no quedó ahí. Varios comentaristas profundizaron sus censuras ante la falta de información sobre lo que se estaba haciendo con esos huesos. Mi primera reflexión fue que, en lugar de haber prometido acciones que difícilmente se cumplirían, se debía aprovechar la extracción de los restos para trabajar sobre su consolidación y mantenerlos en buen estado, por lo menos otros cien años. Y en efecto, este arduo trabajo se llevó a cabo por especialistas del INAH, pero no se difundió lo suficiente en su momento y pasó inadvertido para la mayoría de la gente.

Una vez restaurados, los huesos fueron exhibidos en la magna muestra montada en el Palacio Nacional y las reacciones resultaron igual de diversas. Desde el asco producido en algunos por contemplar esos residuos humanos hasta la veneración de otros a manera de reliquias, con un sentido religioso, de los remanentes de aquellos hombres del pasado, se dieron cuenta en la lujosa sala donde el público podía apreciarlos. A mí en lo particular no me provocó ninguno de esos dos sentimientos. Ante ellos percibí con energía inusitada su verdadera naturaleza humana y comparé la dureza de sus cráneos con la que tiene el mío, lo que me provocó una afinidad con esos esqueletos, que hizo a un lado la devoción mística y los situó a mi altura y la de todos los que pertenecemos a la humanidad, que estamos hechos, a fin de cuentas, no más que de carne… y huesos.

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