por Pedro Salmerón Sanginés *

Inicié una breve polémica “tuitera” con Alfredo Jalife a raíz de que apareció en mi timeline —“retuiteado” por alguien a quien “sigo”— un comentario suyo en el que llamaba “perro lacayo salinista” a Rolando Cordera. Mi comentario a tan hermosas palabras suscitó una respuesta cuya agresividad podría resultar, por lo menos, sorprendente. No lo fue tanto, sin embargo, porque hace un tiempo seguí con atención su debate con Adolfo Gilly, en el que Gilly se cansó de argumentar y Jalife de responder con insultos.

Por ello, al recibir sus insultos —repetidos por una veintena de sus seguidores—, seguidos del bloqueo que me impide responderle, hice una última y breve investigación para dar a conocer sus formas de debatir, y revisé lo que “tuiteó” durante tres horas del 3 de febrero pasado. Y en efecto, a diversos “tuiteros” —ocho o nueve distintos— en esas solas tres horas les endilgó dichos como los que siguen (reproduzco textualmente):

Ignorantazo de undécima / Ni n casa lo conocen Animalazo ignorante se mete a temas q lo superan / No te debí haber constestado c 12 seguidores Has de ser bot sionista / Lo defiende animalazo ignorante / Lo defiende el gangster neo$ioni$ta @federicoarreola $úbdito d televiso @enriquekrauze / depravado pedófilo abogado PUStulante / Con razón “abogado PUtulante defiende” como loca a gangster / el fascista sionista televiso / No es broma PAN repleto de pedotes, degenerados, rateros y casineros En vías d extinción / la fauna filo$ioni$ta d televiso / Obvio: el degenrado PAN y sus tuiteros de burdel ranchero / mandó morder su jauría ITAMITA-sionista-PRIANChucha / Basura pura Ni saben significado de semita Su definición d antisemitismo es de los sionistas Es mesiánico sionista neoliberal / ¡No se ubica este animal d quinta!

Podrían decirme que en las redes sociales sobran quienes utilizan adjetivos y “argumentos” similares o peores. El problema con el señor Jalife es que se trata de un “reputado líder de opinión” que cada semana tiene una plana entera en un diario que sigue siendo un oasis de información entre nuestros medios; el problema es que sus textos circulan profusamente en redes y blogs, y que tiene infinidad de seguidores en los movimientos de izquierda. El problema es que, siguiendo a Jalife, muchos militantes y activistas honestos creen que la crítica es “ataque a la libertad de expresión” y, en particular, que la crítica a Jalife está pagada por el sionismo internacional. Piensan que todos cuantos no estamos de acuerdo con él somos “lacayos” o “perros” (adjetivos caros a Jalife) del sionismo internacional o al menos del PRI o del PAN o de Televisa. Recurrentemente adereza estas críticas con comentarios homofóbicos y discriminatorios contra “greñudos”, “drogadictos” y  “locas”. Sus razonamientos son como espejos de los de la ultraderecha que ya hemos señalado, a propósito del flamante colaborador de Milenio, Enrique Sada Sandoval.

El problema, en fin, es que muchos lectores de La Jornada lo consideran una autoridad en geopolítica (incluso, la autoridad), y conforman su visión de los conflictos mundiales a partir de sus artículos. Ahora bien, ¿cuál es la autoridad de dichos artículos? Hace unos años, a propósito de un desplegado firmado por centenares de personas sobre el antisemitismo de Jalife (o quizá más bien —como entonces la llamó Miguel Ángel Granados Chapa— su judeofobia, pues el señor, haciendo malabarismos lingüísticos, dice que su odio a los “israelitas” no lo hace antisemita), Adolfo Gilly desmontó su “método”: sin discriminación ninguna, el señor Jalife usa como fuente todo aquello que soporte su visión del mundo, según la cual, la vida política y económica del orbe entero es controlada por un puñado de banqueros y políticos “israelitas” o “filoisraelitas”. (Los textos de Gilly, fascinantes y devastadores, pueden verse aquí.)

Jalife respondió. Su respuesta, como es su costumbre, se reducía al insulto y la estridencia. Y cientos de lectores se la festejaron como actitud “valiente” y censuraron a Gilly por pretender coartar la “libertad de expresión”. Quizá se trata, en cierta izquierda como en la ultraderecha, del aplauso fácil a quien tiene siempre el insulto a flor de labios, al que va a contrapié del epígrafe de André Malraux: “Evidentemente, juzgar es no comprender, porque si se comprendiera, jamás se podría juzgar.”

Al señalar a Jalife no se trata únicamente de llamar la atención sobre ese juego de espejos entre la ultraderecha y cierta izquierda. Trataré también de recordarles que sobre historia de México, por ejemplo, tenemos dos o tres grandes autores — Friedrich Katz, Lorenzo Meyer y Josefina Z. Vázquez— que nos han mostrado que no todo se define en Washington y que no todos nuestros gobernantes son “perros” o “lacayos”. Pero más allá de ello, a quienes leen a Jalife para entender la geopolítica en general y la del Medio Oriente en particular les recuerdo que en el mismo periódico se publica a Robert Fisk, un analista objetivo y veraz, un estudioso profundo de aquella región del mundo, cuyo libro La guerra por la civilización es una obra abarcadora, enorme, a través de la cual puede entenderse el origen del estado de Israel, el padrinazgo de los imperios británico y estadounidense, la complicidad de muchas elites árabes y la atroz guerra contra los pueblos —el palestino en primer lugar, pero no únicamente—, todo ello sin odio, racismo ni descalificación sin fundamentos. Hay un abismo entre este comprometido esfuerzo de explicación y las patrañas contenidas en las fuentes de los seguidores “izquierdistas” de Jalife y los seguidores monárquicos de Sada Sandoval: Los protocolos de los sabios de Sión y El judío internacional.

No pienso iniciar un debate con el señor Jalife. No tengo —ni quiero tener— su capacidad instantánea para el insulto. Este texto no es para él sino para los compañeros blogueros, para los militantes del movimiento social que lo consideran una autoridad y que lo siguen en su idea del mundo, para recordarles que no es el odio lo que ha movido a las revoluciones latinoamericanas: el odio como motor se convierte en Sendero Luminoso o en las peores partes de Hamas. Y ni el pueblo peruano ni el palestino tienen mucho que agradecerles a esos grupos.

Recordemos al “hombre nuevo” del Che Guevara: el verdadero objetivo de la revolución es cambiar al hombre, como lo habían propuesto antes que él Rousseau, Marx, Lenin, Trotsky. La tarea suprema, última, de la revolución es crear un hombre nuevo y relaciones humanas que excluyan el odio. Para el Che, la transformación radical de la sociedad exige la de las estructuras mentales de los individuos a través de la educación, la elevación del nivel cultural, la propaganda, el trabajo ideológico. El hombre nuevo se construye simultáneamente en la educación y en la práctica. El hombre nuevo “debe ser necesariamente un hombre interiormente más rico y más responsable, vinculado a los otros hombres por una relación de solidaridad real, de fraternidad universal concreta” (Michel Lowy, El pensamiento del Che Guevara, p. 27): un hombre que destierra el odio de sus análisis y de sus relaciones sociales.

* Profesor-investigador, Departamento de Ciencia Política, ITAM

5 Comments

  1. Keiser Report – Nacido para ser el idiota … lo “nuevo” en geopolítica, en aquel entonces parecía que todo seguía igual, sin embargo hoy nos damos cuenta que hemos llegado a la multipolaridad.

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