por Pedro Salmerón Sanginés *

Las facultades de Filosofía y Letras y de Economía de la UNAM acaban de rendir un homenaje al historiador británico Alan Knight, cuyo libro está en casi todas las bibliografías de los cursos de revolución mexicana a lo largo y ancho de la república, cuyas ideas sobre la revolución están en la base de muchos de las investigaciones más recientes.

Al acto en la Facultad de Filosofía y Letras obligaron a asistir a los estudiantes del posgrado en historia y de varios cursos de licenciatura. Me preocupa, porque elogiar así a Alan Knight muestra una debilidad en la formación crítica de los historiadores mexicanos: parece que se nos olvida la crítica de fuentes, el análisis historiográfico, el contraste de las ideas de un autor sugestivo y novedoso.

Don de Oxford.
Don de Oxford.

En efecto, ¿cuál es el sustento de las atractivas ideas de Alan Knight?, ¿cómo procede?  Según él, procuró “escribir una historia de la etapa armada de la revolución, la cual, aunque no pueda decirse definitiva (pocas lo son), es por lo menos amplia, nacional, original, y tal vez lo más aproximado a una historia definitiva y unitaria” (La revolución mexicana, vol. I, p. 13). El libro presenta una visión “contrarrevisionista” llena de ideas novedosas; por ejemplo, el análisis de la lucha de facciones con base en sus similitudes con la física atómica, para la cual, a fin de cuentas, carrancistas y villistas serían casi lo mismo, salvo en su núcleo (vol. II, pp.  824-825).

Las diferencias entre los núcleos explican, según Knight, tanto el muy distinto reclutamiento de las partículas orbitales como la derrota del villismo: la carencia de visión nacional y el localismo de los villistas, su carácter “serrano” y “ranchero”, la escasa solidez de su coalición (“El villismo se construyó para impresionar, no para durar”, convirtiéndose en “una coalición vasta y amorfa”), tuvieron un resultado militar evidente. “Fuera del norte-centro de México, las operaciones militares villistas no eran tan exitosas […]. Excepto Felipe Ángeles, soldado de carrera, el resto de los oficiales villistas  se desempeñaban con torpeza fuera de su territorio.”  Las derrotas villistas, “no eran solamente fracasos militares: eran también fracasos de voluntad política” (vol. II, p. 829).

Esta atractiva explicación tiene numerosos problemas. Knight pretende fundamentar sus afirmaciones en un estudio exhaustivo, pero al presentar los orígenes y trayectoria de los dirigentes villistas, comete más de veinte errores, a pesar de que insiste en la importancia del estudio a ras de tierra y la revisión detallada de lo que hay de peculiar en cada caso. Más de veinte errores a la hora de consignar en dos o tres páginas orígenes y antecedentes desvirtúa considerablemente generalizaciones tan tajantes sobre “núcleo” y “periferias”.

Pero quizá más importante que esos errores sea el hecho de que a la hora de presentar al núcleo villista, Knight elude mencionar las historias de vida de aquellos personajes con clara trayectoria de liderazgo agrario (como Calixto Contreras, Toribio Ortega o Porfirio Talamantes), que pudieran matizar sus tesis sobre el zapatismo “agrario” y el villismo “serrano”.

La ligereza de Knight en el uso de las fuentes queda manifestada al presentar el terror villista en la capital: “La violación, el tiroteo y el asesinato distinguieron su ocupación de la ciudad de México. […] En esas semanas, 200 fueron asesinados en la ciudad de México.” Puede ser que el terror villista sea cierto, pero no puede sustentarse en autores que nunca entendieron el villismo ni lo estudiaron en sus fuentes, como Charles Cumberland, Robert Quirk y John Womack, o en informantes de la época o posteriores francamente hostiles al villismo, como Cánova y Vasconcelos. No hay aquí, como no lo hay al contar la campaña militar, ni un asomo de equilibrio en el manejo de las fuentes.

Así, Knight explica la lucha de facciones con base en fuentes de uno solo de los contendientes, los carrancistas. Lo reduce todo a las batallas de Celaya (“famosa por sus fresas”, dice), donde también lo reduce todo a las  cargas de la caballería villista. No dice nada de Zapata, nada de los otros frentes, nada de los vaivenes de la guerra. Para contar este tramo de la historia se basa en Obregón, Barragán y Grajales, con algunas referencias a documentos de Hugh L. Scott y George C. Carothers, textos del Mexican Herald, y versiones e interpretaciones de historiadores posteriores, todos antivillistas (Cumberland, Quirk o Alfonso Taracena, por ejemplo).

La única fuente villista citada son las Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán, que terminan antes de la batalla de Aguascalientes y, una vez en 45 referencias, Alberto Calzadíaz. Ninguna fuente villista ni de los archivos militares mexicanos, nulo contraste de fuentes para relatar las batallas que “decidieron la suerte de la revolución”. (Para más, véase mi artículo sobre la guerra civil de 1915.)

Y así en todos los casos, así en todas sus novedosas ideas. ¿Por qué seguimos comprando cuentas de vidrio? ¿Porque son brillantes y novedosas? ¿Porque vienen de Oxford?

2 Comments

  1. Pssss, duro golpe al ego de Knight, en los historiadores de la ciencia (tema que me ocupa en mis trabajos de maestría) pasa lo mismo con las generalizaciones de núcleo a la periferia, es decir, el problema de entender la difusión unitaria de los saberes europeos en los espacios culturales novohispanos como una causa-efecto simplista. Creo que el virus de las historias teóricas son las generalizaciones sin sentido, pero ojo, tampoco son las malas de la película; un diálogo interdisciplinario puede lograr una conciliación armónica de procesos histórico-teóricos para estudiar visiones integradoras de mundo de los hombres del pasado, que no generalizaciones. De igual forma para mi próxima etapa escolar (doctorado) me despido de la historia (por aquello de las necedades de los historiadores de la ciencia adictos a los documentos que tampoco prueban gran cosa interpretativa) y me mudo a filosofía, sorry Clío!!!
    Saludos Pedro!!! ah todavía guardo el Tabasco Garridista que nos dejaste leer en historiografía de México hace ya unos 6 años…excelso libro

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  2. Ese tipo de actitudes, lamentablemente, son extremadamente frecuentes en la formación de historiadores en la Facultad, pues en realidad son pocas las clases donde se inculca un verdadero sentido crítico, en la mayoría de ellas se enseña a creer, a creer en los más grandes sólo por el hecho de serlo. Lamentablemente en el ámbito académico es común observar el ascenso de los que callan. Mientras en la Facultad se superponga implícitamente el “prestigio” a la labor histórica, este tipo de cosas seguirán ocurriendo.

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