por Iván Martínez Rojas

El jueves 21 de septiembre de 2017, dos días después del terremoto, iba a una reunión de trabajo. Cerca de Félix Cuevas se subieron al camión unos chavos con chaleco y casco. O como le dicen ahora a esos jóvenes: millennials, centennials y otros neologismos.

Casi siempre los antiguos los designamos así, con un dejo de arrogancia. Dicen que no saben trabajar sujetos a horarios, que viven en la inmediatez, o que reconocen sus emociones y salud mental y por eso se afirman deprimidos o neuróticos u obsesivos. Nos mofamos un poco de ellas y ellos por ser humanos, por tener aspiraciones distintas a las de antes, por conocerse y reconocerse. Pero ahí están ellas, ellos. Jóvenes, sonrientes, fuertes, con los ojos brillantes. Casco en mano, con camiseta de tirantes, muchachas con el cabello revuelto, poniéndose de acuerdo sobre el lugar al que irán al otro día para que les dijeran a dónde pueden seguir ayudando.

He visto lo mejor de esas generaciones en la calle, con los rostros ocultos tras un cubrebocas o una palestina, caminando, montando motonetas, cargando palas y cubetas, en bicicleta haciendo equilibrio con un garrafón de agua, con la mirada al frente, muy al frente. O en retenes y centros de acopio organizando prioridades y necesidades entre un mar de donaciones. Un día irónico: el desastre les dio un propósito común.

No se dejaron manipular, no se permitieron hacerse pendejos. Sabían qué hacer, por las historias que les contaron sus abuelas y abuelos, sus madres y padres. O porque ahora pueden saber y comunicarse en segundos. Ellas, ellos, saben que todo es cuestión de horas, de poner las vidas por encima del capital. Aunque no conozcan a Marx.

Los he visto con el puño en alto. No gritando consignas sino pidiendo silencio. Pero no porque carezcan de postura política. Más bien porque su postura política es ante todo una postura ética. Primero la vida, primero un sonido casi imperceptible, primero un latido, primero una esperanza. Las y los jóvenes que he visto están listos para continuar al día siguiente, para cargar piedras artificiales, para dejar que la lluvia corra sobre sus hombros, para respirar polvo, corrupción y negligencia.

Porque lo saben. Saben que estamos parados sobre ríos de mierda y aire maloliente a sobornos, ambición criminal y complicidades. Pero les vale madres. Y no porque no les importe. Porque la madre siempre es origen, a pesar de todo. Saben que el mundo es jodido, que la forma en que hemos aceptado vivir no tiene nada para ellas, para ellos.

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Y aún así, salieron, llenaron las calles, los transportes. Hay ríos de cuerpas y cuerpos en las plazas, en los centros de acopio, en las vías. Porque el mundo también tiene todo para ellas, para ellos. Tiene la vida, la precondición de las posibilidades. Saben que hay un mundo posible distinto, aunque no sepan cómo construirlo. Porque ahora mismo tienen que rescatar entre los escombros los respiros de los sobrevivientes, los dolores de la muerte, arrebatarle al estado cada rescoldo de utopía.

Como aquel mítico hombre en la plaza de Tiananmen, se paran frente al trascabo, frente al Leviatán de la marina. Porque saben que en las primeras horas, los primeros días, cada intento de rescatar a alguien es una victoria ante el caos y la sumisión. Cada vida que se mantiene es una encrucijada, oportunidades para errar, para deprimirse, para renacer, para deconstruirse, reconstruirse, un día más, una lucha más, una incógnita eterna.

Los rescatistas que ya vivieron esto quieren perforar tres, cinco túneles para encontrar corazones latiendo… y luego seguir buscando aunque los corazones estén detenidos. El estado en sus brazos armados dice que hay que seguir procedimientos pragmáticos, aplicar criterios utilitarios. Los jóvenes saben que hay que mantenerse asidos de algo, lo que sea, ya veremos, porque el mundo de los antiguos se resquebraja y se hace polvo.

No sabemos qué sigue. Nuestro mundo no será el mismo. Aún no lo merecemos, ante sus ojos cubiertos de tierra, ante sus bocas secas y llenas con el polvo de nuestros errores, nuestras omisiones y nuestros pretextos.

Esos jóvenes que vi se bajaron del camión para ir a descansar un poco. En los días siguientes irán a limpiar la porquería que les dejamos, a acallar nuestros silencios. Es su mundo y no sabemos qué construirán sobre los espacios vacíos. Están conociéndose, organizándose en formas nuevas, autorregulando su información y sus manos. Están encontrando temas comunes, descubriendo quiénes tratan de dividirlos.

Con buena suerte, evitarán nuestros errores, tirarán nuestro escombro, planearán para mañana, romperán nuestros esquemas, rescatarán despensas de las garras de los tiranos, callarán nuestras discusiones de idiotas para escuchar un latido o una voz, o amortajar un cadáver que merece rezos, flores y ofrendas. Será una lucha: veremos batallas perdidas y victorias. Pero sobre esos jóvenes en las calles, en medio de ríos de gente, flotarán nuevas formas de ver la vida y la muerte, nuevas formas de solidaridad y fuerza.

Y no sé qué más decir, porque soy de los antiguos, con palabras antiguas. Pero eso es bueno, porque habrá que callar para escuchar sus palabras nuevas.

[Publicado originalmente aquí.]

 

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