por Alejandro Herrera Dublán

El sismo del 19 de septiembre también puede evidenciar fallas estructurales en los entramados de la enseñanza de la historia, tanto en sus pilares pedagógicos oficiales como en los de la práctica individual de cada docente, al menos en la educación secundaria. En el plan de estudios aún vigente de la asignatura, la valoración sobre las capacidades de los adolescentes para relacionar equilibradamente el pasado, el presente y el futuro como componentes del tiempo histórico llega a la siguiente conclusión: son tan malos para establecer tal relación que ésa es la causa de que “vean el pasado como algo desligado del presente, y por tanto les resulte irrelevante”.

Por otra parte, de acuerdo con el mismo plan, “su reflexión sobre el mundo se caracteriza por la tendencia a considerar que sólo el presente tiene un significado real y [tiende] a ignorar la complejidad de los antecedentes y la responsabilidad por las consecuencias” ¿A dónde nos lleva asumir esa reflexión como obstáculo del aprendizaje? ¿Será que debiéramos mirarla positivamente, como parte de lo que explica por qué esos millenians irredentos fueron en gran medida los primeros en remover escombros y también como clave para justipreciar su actitud frente a la historia-que-se-enseña?

Claro: no hubo tantos voluntarios de secundaria, pero sí muchos de unos pocos años más. Si en el bachillerato o los primeros años de la universidad también quisieran convencerlos de que no hay que aventarse nunca a la primera, nada más porque el pasado es muy complejo (y sólo lo entiende quien aprueba sus materias de historia) o el futuro implica responsabilidades (que sólo los asalariados asumen bien), ¿dónde estaríamos hoy? En todo esto supongo, por supuesto, que los chavos rescatistas estaban escolarizados —en términos de Iván Ilich—, pero ¿y si fue por no estarlo que les valió un cacahuate ser malos para aprender historia en la escuela, resultando, en cambio, buenos para hacerla con sus manos?

En tercer tema del último bloque del curso de Historia II —o de México, su nombre de facto— se aborda el subtema “Respuesta de la población civil ante situaciones de desastre”. Siempre resulta de interés para los chicos; al menos en el centro del país. Lo sienten suyo aunque hayan nacido 17 años después. Centrado en varios libros de texto en torno al sismo de 1985, se resaltan acciones y omisiones del gobierno de De la Madrid (cuando sus autores se atreven a ello) que terminan por configurarlo como causa preponderante de los movimientos de participación ciudadana en la década de los años noventa.

Este último bloque abarca el periodo “de 1982 a la actualidad” y es el que tendría que ser —en su totalidad— más atractivo a los jóvenes porque se ajusta relativamente a ese presentismo tan nefasto que denuncia la SEP y no pocos docentes. Pero no sólo por esa razón fútil. Nadie, sea escolarizado o no, sea que hablemos de un conocimiento de tipo social o matemático, conoce primero lo lejano-ajeno para vérselas después con lo cercano-ignorado. Todos repetimos, antes de escolarizarnos y algunos, a pesar de ello, el patrón de aprendizaje de un bebé: mamamos literalmente lo cercano y luego dirigimos nuestros esfuerzos cognitivo-afectivos a lo lejano. Pero los cimientos resquebrajados de la historia-que-se-enseña no están asentados de ese modo. En ellos lo remoto en el tiempo es el fuste y el presente es capitel: un elemento no estructural, que se incluye como adorno en los planes de estudio, siempre al final de los cursos, cuando los chavos están hartos del ciclo, cuando llega mayo, el mes de los puentes, cuando los docentes están hartos de que a los chicos el pasado “les resulte irrelevante”.

La historia-que-se-enseña estaba agrietada desde antes del 19 de septiembre. La fractura más grande ya se indicaba en los elevados índices de reprobación que tiene a nivel nacional. La historia-que-se-enseña, si persiste en abrumar al estudiante con un pasado que se impone al presente, terminará por derrumbarse, a la manera de otro edificio citadino, sobre quienes dedican horas de su vida, docentes y alumnos por igual, a cumplir por obligación con los aprendizajes esperados que les plantea.

Quizá una situación así planteada sea lo menos importante. Mirando al futuro, el panorama en el corto y mediano plazo resulta aterrador. ¿Quién se va a encargar de que la reconstrucción necesaria sea justa y expedita? Del estado-nación que existía en 1985 sólo resultan visibles sus representantes actuales y ello porque se encargan de administrar el infierno mexicano, como lo define Javier Sicilia. ¿Las elecciones de 2018 son la otra orilla donde todo comenzará a solucionarse? Delfines y Delfinas que se adelantaron yacen en esas costas, abatidos por la corrupción del mar electorero y también por propia ineptitud.

Los alumnos de la generación 2017-2018 —para no extralimitarme— no conocen los temas históricos escolarizados que les permitirían asumir su propia defensa frente a lo que viene. Al día de hoy ignoran que existen unos “tecnócratas en el gobierno” que se encargarán de concesionar la reconstrucción necesaria al sector privado porque ése es el patrón impuesto desde hace treinta años gracias a “la presión de los organismos financieros internacionales” y una “transición política” que no cuajó, sin importar que el próximo año haya cambio de caras en el poder porque la nula “credibilidad electoral” existente no impedirá que se levanten las carpas del circo de 2018. Pero ya desde ahora vemos que “el costo de los partidos políticos” se sufraga con víveres para damnificados. Ni qué decir de la participación del narcotráfico en el futuro o el mercado ilegal y rampante de armas: no hay que poner más comillas porque el plan de estudios omite su existencia por completo. La historia-que-se-enseña en tercero de secundaria no permite, por ahora, prepararse para el futuro. Hay que esperar el último bloque para compartir con los chicos el conocimiento que hoy hace falta.

Iglesia (católica) de San Pedro Cholula, Puebla. (Foto tomada de aquí.)

En cuanto al pasado, parece como si el terremoto lo hubiera dejado en la lista de damnificados, en la humilde espera de recibir auxilio por haber perdido su imponente y “compleja” majestuosidad, porque la restauración de muchos de sus vestigios —si ocurre— dependerá tanto de los pedestres albañiles como de los curadores que dirigirán las obras; tal y como seguramente ocurrió al principio, durante su construcción, con frailes e indígenas como protagonistas y que en muchos casos comenzó allá por la segunda mitad del siglo XVI.

Al estudiar el periodo colonial nos enfrentamos siempre en grado elevado a prejuicios extraescolares en los alumnos, padres y autoridades escolares, con los que se pretende exaltar la raíz indígena de los mexicanos, por un lado (siempre y cuando sea mexica o maya, que no del tipo maría de la salida del metro) y, por el otro, a la maldad intrínseca de los conquistadores o la impiedad de la inquisición. No somos hijos de la chingada nomás porque lo dijo Octavio Paz. Somos otra cosa; algo que construyó ciudades reticulares, las primeras universidades y hospitales del continente, conventos e iglesias monumentales, siguiendo sí, órdenes de órdenes mendicantes delirantes por acelerar la segunda venida de Cristo, pero en diálogo con un saber autóctono.

El 7 y el 19 de septiembre vinieron a desgajar muchos de los edificios más valorados de ese periodo fundacional que es la conquista y la colonización. Los sismos se ensañaron en Mesoamérica. Parece que quisieron sembrar algo en una tierra socialmente fértil, en ese recorrido que hizo sobre lugares emblemáticos de la rebelión en nuestro país: el sur zapatista de Morelos, la Puebla de los Serdán, la Oaxaca de los juchitecos y el San Cristóbal del EZLN. Siguió la ruta de los dominicos y agustinos dañando sus vestigios, como si quisiera obligarnos a valorar a fuerza de perder. Dejó intocado el norte chichimeca primero, luego novohispano ganadero y después industrial desde el porfiriato pero al altiplano central con fuerza, sí, pero no le otorgó patente de corso para creernos, como casi siempre, el epicentro del dolor y de todo.

Al regresar a clases en un centro de trabajo que se encuentra en la colonia del Valle, agradeceré a mis alumnos su rebelde presentismo; intentaré contextualizar el pasado estudiado poniéndole un ojo al presente y otro a lo ido, animándolos a cuidarlo como de alguien desvalido y no tratarlo como algo que sólo les impone aprender. Cifraré mi propia esperanza en ellos, no ciega, como pide uno de los payasos del circo de 2018, sino fundada en lo que vi, en otros chicos que fueron alumnos hace cuatro o cinco años, justo en esos que se distraían más durante las clases, porque fueron esos los que anduvieron rescatando desconocidos cuando, de algún modo que no acaba de enseñarse bien en la escuela, entendieron que eran más bien conocidos, o sea otros, o sea ellos.

Viene el nuevo modelo educativo de Nuño, el mismo que orquestó la historia de Frida Sofía en su propia carpa. ¿Hay materia para creer que servirá para reconstruir la historia-que-se-enseña? Eso es materia de otro estudio.

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