La nación ausente

por Wilphen Vázquez Ruiz *

Septiembre es llamado el “mes de la patria”. Como sucede cada año, buena parte de los habitantes de este país se aprestó a celebrar un año más del inicio de lo que ahora conocemos como la guerra de independencia, detonada por Miguel Hidalgo en 1810 y concluida en 1821 por una alianza peculiar entre las fuerzas realistas (comandadas por Agustín de Iturbide) y los restos de las fuerzas insurgentes (encabezadas por Vicente Guerrero). Esto último daría pie a los conocidos tratados de Córdoba, firmados el 24 de septiembre por Juan de O´Donojú y el propio Iturbide.

La finalidad de este comentario no es hacer un repaso de la difícil lucha que terminó por independizar a la Nueva España de la corona española. Tampoco se trata de un comentario sobre el largo y costoso periodo de guerras intestinas que se suscitaron en lo que hoy es México, o de aquéllas que sus habitantes tuvieron que enfrentar contra otros países en el resto del siglo XIX. Lo que nos ocupa en este momento es hacer una reflexión sobre el concepto nación que, en principio, tendría que identificarnos a todos los oriundos de este país como parte de esa entidad a la que llamamos México.

Hablar de nación implica necesariamente tener clara la conceptualización de un tipo particular de estado. En nuestro caso, México inició su vida independiente como un imperio que, sabemos, tuvo un triste final y que a partir de ese momento cedió su paso a los gobiernos republicanos, ya fueran centralistas o federalistas —con excepción, por supuesto, del segundo inperio entre 1864 y 1867—. El último de ellos, que tiene como base la constitución política de los Estados Unidos Mexicanos promulgada en 1917, derivó en un estado corporativista que encontró uno de sus baluartes en la ideología del nacionalismo revolucionario.

En mi opinión, y sin declararme “nacionalista” ni mucho menos defensor de la manera en que el otrora partido hegemónico condujo los destinos de este país, pienso que debe reconocerse que, incluso con su fuerte carga ideológica (la cual también debe ser analizada), si en algo tuvo éxito ese nacionalismo revolucionario fue en aglutinar con considerable efectividad algo tan diverso y heterogéneo como lo es la “nación mexicana”. Esto se logró por varias vías, siendo el modelo seguido en la educación básica quizá la más importante de ellas. En política exterior, por ejemplo, México fue un referente para muchas de las naciones del subcontinente latinoamericano. Por supuesto, no debemos olvidar los señalamientos que hacen autores como Lorenzo Meyer en cuanto a que la independencia “relativa” con la que contó el país siempre estuvo en función de la relación con nuestro vecino del norte y los intereses que éste tenía y conserva a la fecha.

Lo anterior necesariamente nos conduce a aclarar algunas de las potestades del estado y el por qué éste logra justificarse a sí mismo y ante el tejido social al que gobierna. De manera particular, Anthony Giddens nos recuerda que los estados actuales se entienden como estados modernos, ya que en ellos existe un aparato político que contempla instituciones de gobierno, así como un parlamento o congreso y una larga serie de funcionarios públicos que, en conjunto, gobiernan sobre un territorio dado y cuya autoridad es respaldada por un sistema legal. Cabe decir que las discusiones sobre la legitimación del estado no son nuevas. Ya en 1933, Hermann Heller señalaba que el estado solamente podía ser explicado si se partía de la totalidad del ser social y que la justificación del mismo no podía ser otra sino una con un argumento moral positivo.

Con base en lo señalado, sería de esperar que quienes componemos la nación, teniendo asegurado un “orden justo” por parte del estado, participáramos por completo de los derechos y obligaciones que el propio estado mexicano nos otorga. ¿Esto es así? ¿El común de los connacionales cumple con las obligaciones que impone un estado de derecho? ¿Cuántos, por ejemplo, serán quienes eluden o evaden las cargas impositivas con las que, en principio, se sostiene la seguridad social o la educación que las mayorías demandan? ¿Somos realmente una nación cohesionada? ¿Giramos en torno a un principio o ideal que logra aglutinarnos medianamente? Por supuesto, la existencia o falta de un concepto de nación obedece a circunstancias históricas y materiales específicas.

Para dilucidar este problema sería conveniente recordar que hacia la década de 1980 el modelo económico prevaleciente se agotó y derivó en una crisis económica brutal ante la cual el discurso del nacionalismo revolucionario dejó de ser funcional. Dicha crisis daría pie a un cambio notable en el concepto de nación que podía “hermanar” o no a todos los connacionales. Me explico: por supuesto que el concepto nación que se mantuvo hasta los años ochenta debía cambiar en aras de alejarnos de un concepto enteramente ideológico para transitar a uno que fuera realmente crítico y constructivo. Pero fallamos. En el camino como sociedad tuvimos algunas oportunidades para recomponer la carencia de un sentimiento de nación realmente palpable. Tan sólo en 2000 desperdiciamos una oportunidad por demás valiosa para catapultar un cambio cultural, social y político a partir de un cambio de régimen. Pero, insisto: fallamos.

¿Puede decirse que existe algo como la “nación mexicana”? En lo personal considero que no, cuando menos en el sentido que he expuesto hasta ahora. Claro está que existen algunos elementos que pudieran ayudarnos a subsanar esta falla, pero no son, ni de lejos, suficientes. Por ejemplo, considero que resulta banal el enorgullecerse de algo tan aleatorio como lo es haber nacido en un país determinado. Otro tanto puede decirse acerca de  las bondades naturales que caracterizan a nuestro territorio e incluso sobre las aportaciones que México ha dado a la cultura universal desde el establecimiento de los regímenes postrevolucionarios del siglo XX. Basta hacerse las siguientes preguntas: ¿cuál es el nivel de conocimiento que, en general, tiene la población sobre nuestra historia reciente o lejana?; ¿cuántas personas a pie de calle conocen la obra de autores como Luis Barragán, Samuel Ramos, Octavio Paz, Edmundo O’Gorman, M. M. Ponce, la familia Revueltas, Francisco Toledo, Manuel Felguérez, Rafael y Pedro Coronel o Daniel Lezama (por citar unos cuantos entre muchos otros)? Yendo aún más lejos, ¿qué pueden representar esta historia, naturaleza, intelectuales y artistas para la mayor parte de la población ante las limitantes y necesidades a las que está sujeta, muchas de ellas apremiantes?

Ahora bien, las preguntas que he planteado no pretenden, en absoluto, restar importancia a todas las manifestaciones y producciones culturales que reflejan la pluralidad, riqueza y potencialidad de este país. Sí en cambio se dirigen a señalar que lo primero de lo que podemos estar o no orgullosos es de nuestro actuar en lo individual, imbricado por completo con la colectividad de la cual formamos parte y uno de cuyos elementos nodales es el estado y, por ende, el gobierno en turno. Si existe un motivo de celebración o no, cada quien lo decidirá. Pero de lo que no podemos sustraernos es de que no hay como tal un concepto de nación que por ahora sea capaz de aglutinarnos en defensa de un proyecto político, económico, social y cultural de mucho mayor envergadura, distinto de aquellos con los que contamos ahora y que lejos de esperar a que uno o más mesías lleguen a proponerlo debemos hacer, en lo particular y en lo colectivo, lo necesario para que éste sea generado y pueda ser exitoso.

3 Respuestas a “La nación ausente

  1. Muy interesante.No nunca se ha dado un proyecto de Nacion que unifique a la mayoria,sabemos la division del siglo XIX:liberales y conservadores la cual persiste,quitele nombres a los partidos y seguimos siendo liberales y conservadores.Tal vez se deba a la pesima distribucion de la riqueza que siempre ha habido.

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    • No estoy totalmente de acuerdo y me disculpo si mi comentario provocó tal idea. En lo personal me sumo a quienes consideran que en algunos momentos de nuestra historia sí ha existido un proyecto político, económico y social que aglutine a buena parte de esa “nación” a la que pertenecemos.
      Además del nacionalismo revolucionario, por ejemplo, pienso también en lo que nos legó la fundación del Estado moderno a partir del triunfo de los liberales tras la Guerra de Reforma y el segundo imperio; pero en la historia no hay nada definitivo ni mucho menos permanente excepto, al parecer, esa terrible inequidad en la distribución de la riqueza señalada desde que A. von Humboldt recorriera la Nueva España antes de que ésta se independizara. Si aquella podrá ser o no modificada en las próximas décadas, dependerá de lo que logremos ahora como miembros un tejido social por demás amplio y heterogéneo.

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  2. En principio, en cualquier tema y más en el que se ventila, hay que asentar la comprensión común, una definición general aceptada y de ahí, partir para no caer en confusiones o contradicciones. Es decir, entendernos para que se logre la intercomunicación.

    Es el caso que afirmar la ausencia de Nación, en México pues, es una barbaridad. Hay Nación Mexicana que no tiene ello que ver con ejercicios o acciones de gobierno o régimen, fallidos. Es más complejo que afirmar como lo hace el articulista: “Fallamos”.

    ¿Dónde queda la historia común, los lazos de cultura, de folclor, de idiosincrasia, el idioma, la organización política y las Instituciones –que no los individuos que dicen representarlas, ni los partidos políticos- bueno, hasta la religión y el mismo territorio? Con todo y los segmentos de usos y costumbres de ciertos lugares, pues se piensa en algunas cosas, sobre todo culturales y de economía en forma distinta, pero al final están vinculadas a la idiosincrasia general, de ahí que se le llame “nacional”.

    Hay sí, como en toda regla, alguna excepción, pero será más por ignorancia. Porque hay mexicanos que quieren ser o parecer extranjeros. Así visten al estilo de donde pretender ser, adoptan modas, usos, costumbres y tics extranjeros. Eso es viejo se llama malinchismo o simplemente confusión mental y social.

    Hay que entender que aunque el gobierno nace de una Nación, no al revés, el primero no necesariamente representa en este caso, los intereses netos de los mexicanos y por ejemplo, el decir que el nacionalismo sea “revolucionario” no tiene más sustancia que un slogan que no dice nada en los hechos, más que exaltar ciertos atributos aquí mencionados, sin generar un cambio de fondo. ¿Qué es lo revolucionario? Como adjetivo significa que sé es parte de una revolución, que puede ser política, social, cultural, económica, etc. El nacionalismo es el apego a la propia Nación y todo lo que implica, igual es una doctrina ideológica que pretende reafirmar la prevalencia de los elementos citados que componen a la Nación.

    Es verdad, que como miembros de una Nación –los individuos somos uno de sus elementos intrínsecos- hemos dejado de hacer, de actuar o exigir el cumplimiento de los derechos humanos más básicos, a quienes dicen falsamente, nos representan política y constitucionalmente, pero eso no quiere decir que dejemos de ser una Nación o parte de ella mejor dicho. Y cualquier celebración puede bien ser ajena a quienes dolosamente representan a la Nación Mexicana, porque somos los nacionales y no el gobierno quienes debemos ser y sentir la mexicanidad, tampoco es esta última, tomar tequila como agua, ni vestirse de charro o chinaco en los llamados “días patrios”; tampoco ir de acarreado al “Grito”. (Pobres de nuestros pobres connacionales).

    Nuestro orgullo o felicidad de ser y estar, en México y como mexicanos, ciertamente será una decisión personal con sus consecuencias, pero no caigamos en el garlito de que ya no hay Nación Mexicana, o que esta en otro lugar (Ausente) y menos ni como ocurrencia, pongamos a la venta nuestra Patria.

    ¡Viva México! Con todo y la “globalización”.

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