¿Los tiempos han cambiado?

por Arturo E. García Niño *                                                                                                                                                     

En el fondo, el presente es (casi) el pasado

En la presentación de América (Barcelona: Ediciones B, 1999), primera parte de la trilogía American Tabloid o Underworld USA Trilogy, completada con Seis de los grandes (Barcelona: Ediciones B, 2001) y Sangre vagabunda (Barcelona: Ediciones B, 2010), James Ellroy, uno de los tres más ácidos forenses del american way of life afirma y define:

La auténtica trinidad de Camelot [ver notas al final de este artículo] era ésta: Dar Buena Imagen, Patear Culos y Coger. Jack Kennedy fue el testaferro mitológico de una página  particularmente jugosa de nuestra historia. Tenía un acento elegante y llevaba un corte de pelo sin igual. Era Bill Clinton, salvo la penetrante mirada escrutadora de los medios de comunicación y unas cuantas llantas flácidas en la cintura” (p. 7) [las negritas son de mi autoría].

El mito del clan Kennedy y ese tiempo presuntamente idílico lleno de eficiencia, buena onda e inocencia, enfrentado a lo que a partir del fin de los sesenta y la mitad inicial de los setenta —Altmont, California; Kent, Ohio; Watergate—, y definitivamente en los noventa, le definió el rostro a la cotidianidad política y social estadunidense, es para el creador de lo que él mismo ha definido como “la historia alternativa” [1] eso: un tiempo mítico sustentado en la necesidad del establishment gringo, apoyado en las alcahuetas muletas de los mass media y de la industria cultural toda, para enmascarar la realidad realmente existente y validar/contradecir lo escrito y cantado por el clásico en dos momentos de la historia reciente. Cierto fue que en los sesenta los tiempos estaban cambiando y que definitivamente en el tránsito del siglo XX al XXI las cosas han cambiado —lo único seguro en la historia del mundo y de los humanos transitándolo es que a un día siempre le seguirá otro día—, aunque las prácticas esenciales de la política y los usos discrecionales de ésta en beneficio de la casta que la ejerce son las mismas y desdicen en los hechos a unos medios de información masiva que en su casi integralidad —valen las honrosas excepciones— pregonan, sin sustentar sus dichos, que la corrupción es mayor hoy que antaño. Lo que no es cierto, por cierto, ni para el caso estadounidense ni mucho menos para el de nuestra vida nacional.

¿Un nuevo tiempo mexicano?

Un clavado a los archivos nacionales y extranjeros, así como a las hemerotecas respectivas, corroborará que las Casas Blancas y las de Malinalco, los usos personales de los helicópteros en pro de la unión familiar, los departamentos de lujo en el extranjero, Iguala, Tlatlaya, Tanhuato, las fosas clandestinas de Morelos, las ofensivas y vulgares riquezas —inexplicables sólo para los ¿ingenuos?—, el crecimiento exponencialmente exitoso del rancho San Francisco del Rincón, las fortunas que desde la aparente nada llegan y cambian de clase social a las familias y amistades íntimas y cercanas de la casta política, los segundos pisos exdefeños que no sabemos cuánto costaron, los presupuestos de las universidades escamoteados, el no pago de pensiones porque se las gastó el gobierno, el desaseo en la construcción de la línea 12 del Metro, los Bejarano y anexos, los Duarte —el de Chihuahua y el de Veracruz—, los Eruviel, los Moreno Valle, los Velasco, los Moreira —los dos—, los Borge, los… todos, pues —¿o casi todos?— los diputados, senadores, alcaldes, gobernadores, secretarios de Estado, dirigentes partidarios… no son la excepción y productos de un nuevo tiempo mexicano, sino la más reciente serie de hechos constitutivos de la historia nacional en el terreno de una larga duración construida durante más de cinco siglos.

Los casos ejemplares enumerados desordenadamente un párrafo atrás son la continuación de un estado de cosas cambiante con innegables saldos a favor del bien social —resultado de largas y tozudas luchas sociales antes que dádivas desde el poder—, pero, contradiciendo a la mayoría de la opinocracia periodística, con un lastre anclado en prácticas políticas inamovibles a pesar de estos nuevos tiempos que vivimos cuando las cosas ya cambiaron. One  more time Ellroy:

La nostalgia como técnica de mercado nos tiene enganchados a un pasado que no existió nunca. La hagiografía convierte en santos a políticos mediocres y corruptos y reinventa sus gestos más oportunistas para hacerlos pasar por acontecimientos de gran peso moral. Nuestra línea narrativa… se ha difuminado hasta perder cualquier asomo de veracidad (América, 7).

Y para el caso nacional, y más en específico para el veracruzano de mi interés y vivencia inmediata, dicha línea no existe ni para el periodismo detractor de toda acción gubernamental nomás por ser gubernamental; ni existe para el celestino y saltimbanqui, aunque vergonzante, que ataca por su impericia y desaseo al político a punto de dejar el poder —y por ende ya en desgracia—, ensalza al presunto entrante y clama en cínico acto hagiográfico por esos reinventados “políticos mediocres y corruptos” del viejo tiempo que, dice mi querido Jaime López con certeza, en su momento fue un nuevo tiempo.

El viejo nuevo tiempo periodístico veracruzano

Si la corrupción devino política gubernamental en el sexenio de Migue Alemán Valdés, el ente amorfo designado como “el sistema” fue aceitando dicha política y, desde el unipartidismo y el control corporativo de los órganos e instancias del poder y de sus aparatos de construcción de la hegemonía como los mass media —ponderados y por ende privilegiados—, creó una relación convenenciera no sólo con los dueños de los medios de información masiva impresos y audiovisuales, sino con los propios periodistas. Vueltos correas de engrane del discurso oficial los medios y sus hacedores generalizaron un periodismo a modo con ínsulas críticas que se metieron en las fisuras del sistema, mismas que pueden contarse con los dedos de una mano: a pesar de sus asegunes Política, Excélsior en la primera mitad de los setenta, los primeros veinte años de Proceso, las primeras décadas de unomásuno y de La Jornada (una buena síntesis pertinente acerca de los entretelones de las prácticas que involucran a tres importantes periodistas nacionales puede verse aquí). Luego, el bregar de los movimientos sociales, las acciones colectivas y la propia estrategia de sobrevivencia del tal sistema abrieron las puertas para que la libertad de expresión se encumbrara en paralelo a la construcción de nuestra inacabada democracia. Lo malo fue que en provincia la transformación de la práctica periodística no fue asumida críticamente y con calidad narrativa y argumentativa de manera generalizada, salvo casos emblemáticos en Guadalajara, Monterrey y dos tres estados más. En Veracruz sobran la mayoría de los dedos de una mano a la hora de contar casos semejantes y los periodistas consuetudinarios aún padecen, unos del gusto por lo palaciego y otros de la diatriba vacía.

"La Prensa Vendida" (Fuente: Las Andanzas Descalzas).

“La Prensa Vendida” (Fuente: Las Andanzas Descalzas).

Los columnistas políticos habituales posiblemente más difundidos que publican en los medios de información masiva  impresos y electrónicos veracruzanos pueden dividirse, para efectos operativos al interior del presente textito, en dos grupos: el conformado por ex jefes de prensa o comunicación social desde los gobiernos de Rafael Murillo Vidal hasta el actual, por haber hecho idéntico trabajo en el PRI  y, en menor número, por haber sido candidatos a cargos públicos por el mismo partido;  y el integrado por quienes han trabajado en campañas priistas y de otros partidos y se alejaron de esas organizaciones, por quienes arribaron al periodismo opinativo por diversas circunstancias —en algunos casos a manera de “ascenso” desde la infantería reporteril— y por militantes de partidos políticos de presunta oposición. Algunos de ellos en ambos grupos son dueños de los medios de información en que publican sus textos y casi en su mayoría —recordemos que hay honrosas excepciones— esgrimen recursos propagandísticos y pontificadores —¿infancia es destino?— que anulan toda sombra de argumentación posible que pudiera colarse entre sus letras. Sobra decir que, ahora sí todos, provienen de una tradición que considera natural vender espacios publicitarios  a funcionarios y empresarios para obtener sus consiguientes comisiones y han encarnado la cultura del “periodicazo” y/o “golpeadora”.

Las campañas políticas rumbo a las elecciones del 5 de junio en la entidad veracruzana son un transparente aparador que exhibe el hacer periodístico en el solar veracruzano. Unos apuestan a que el lector tiene una memoria flaca y floja y ya olvidó lo publicado hace algunos meses, pero el archivo los destapa: atacan a Javier Duarte —un lastre, un cadáver político—, a quien hace poco vitoreaban y lisonjeaban, y al expriista Yunes hoy del PAN-PRD; y ponderan y chulean al Yunes del PRI. Otros atacan al Yunes del PRI  e intentan ocultar, sin lograrlo, su velado apoyo por default al hoy Yunes del PAN-PRD.

No hay argumentos y sí remedos de éstos, no hay análisis, no hay pruebas documentales, en muchos casos se atropella a la sintaxis, a la ortografía y a la lógica expositiva, se privilegia al rumor  y se valida lo dicho en las redes sociales, las fuentes habitan el terreno de la anonimia, aunque siempre son “confiables” y/o “de alto nivel” y la filtración vía comilonas “en cortito” produce renglones bien pagados. Hay en unos actos de fe, producto de los convenios publicitarios, en el Yunes priista, así como cuentas pendientes y antipatías bien ganadas con y hacia el Yunes expriista; y hay en los otros un síndrome del marginado y rencores por haber quedado fuera de la lógica del poder, lo que se comprueba nomás con echarse un clavado a los archivos de sus textos y a sus historias laborales. En las dos vertientes pueden rastrearse sus propiedades y viviendas, para corroborar enriquecimientos que se explican por sí solos en un gremio mal pagado, o las plazas de trabajo obtenidas para sí y para hijos y familiares tanto consanguíneos como políticos… todo ello resultante de su “quehacer periodístico”.

Preocupa a unos columnistas el qué tal que sí pierde el Yunes del PRI y pierden ellos,  arremeten entonces contra el gobierno duartista agonizante y vuelto indeseable  pasivo, lo acusan de corrupto, ineficaz, imberbe y… esgrimen el panegírico del pasado donde, diría Ellroy, “políticos mediocres y corruptos” como Hernández Ochoa, Gutiérrez Barrios, Dante Delgado y Alemán Velasco, iguales a Duarte en fines y proceder, “son convertidos en santos y [reinventados] sus gestos más oportunistas para hacerlos pasar por acontecimientos de gran peso moral”. Y preocupa a los otros que la negra y desaseada historia y actuación del Yunes expriista vuelto panrredista lo lleve a perder la elección, porque entonces quedarán dos años más fuera de los convenios publicitarios a los que aspiran. Como sea, estas campañas políticas en Veracruz develan las filias y fobias —por convicción o por interés o por vísceras o por sabrá el diablo porque uno no sabe nunca nada— de un gremio periodístico que intenta  mostrencamente ocultar lo que es válido y respetable cuando se dice abiertamente: su parcialidad partidaria o hacia uno de los dos Yunes.

Asimismo, los pro Yunes del PRI  buscan minar al adversario —¿acaso hay otro que no sea el Yunes panrredista?—, ponderan a quien le puede quitar votos a éste —el caso del gris expriista Méndez de la Luz— pero no al otro Yunes y echan a andar la versión del acuerdo entre López Obrador y Duarte —hecho que no dudo haya sido y que no puedo afirmar no haya sido— para joder al Yunes priista, quitarle votos al Yunes panrredisa y levantar a Cuitláhuac García, el anticlimático candidato de MORENA. Los otros acusan a los demás candidatos, de cuyos nombres no puedo acordarme  —¿tres o cuatro?—, de comparsas del Yunes del PRI porque sólo aparecen para atacar al impresentable Yunes expriista, exgordillista, excalderonista y hoy panrredista.

Al final del día los dos polos en que operativamente desagregué al gremio periodístico veracruzano coinciden en señalar lo que es cierto por evidente: las limitaciones intelectuales, el mal tino, la corrupción y la orfandad neuronal de los actuales gobernantes en Veracruz—idénticos a casi todos en el país, por cierto—. Aunque no son más mediocres, más ineficaces ni más corruptos que sus antecesores. Son iguales. Hernández Ochoa, Gutiérrez Barrios, Dante Delgado y Alemán Velasco eran Javier Duarte, “salvo la penetrante mirada escrutadora de los medios de comunicación [nacionales, de las redes sociales] y unas cuantas llantas flácidas en la cintura.” Y los dos Yunes son lo mismo: políticos rupestres maculados por su origen priista—como los distribuidos en todos los otros partidos vueltos resumideros del PRI— reflejados en el espejo de un gremio periodístico veracruzano ad hoc, que no arriba todavía al estadio donde el interés por informar partiendo de fuentes con nombres y apellidos, analizar liberado de supersticiones e interpretar con base en pruebas documentales y datos duros, sea su guía de acción. Un gremio periodístico el veracruzano de todas las edades con profundas raíces en, y atado a un pasado que no lo nutre para dar cuenta del presente. Peña Nieto “es un joven viejo. Piensa como viejo, actúa como viejo, tiene ademanes de viejo”, dijo en entrevista reciente Enrique Krauze y coincido como en pocas ocasiones con él en que tal cual es el hoy ocupante de Palacio Nacional, como lo es también el gremio periodístico veracruzano.

 

Nota:

[1] Ellroy afirma que su “Cuarteto de Los Ángeles” —integrado por El gran desierto (1990), La dalia negra (1993), L.A. confidencial (1993) y Jazz Blanco (1993)—, aunado a la trilogía American Tabloid/Underworld USA Trology, constituyen una historia alternativa, desde el lado oscuro, a la oficializada acerca del periodo entre 1947 y 1972, año de Watergate. Agregaría que con dichas obras, más la cuatrilogía de Gore Vidal —integrada por Burr  (1975), 1876 (1977), Washington DC (1994), Hollywood (1994) y apostillada con La edad de oro (2002)— y El poder del perro (2009) y El cartel (2015), escritas por Don Winslow, puede construirse una versión de los entretelones precisa, lúdica y crítica a la historia y a la historiografía oficiales que arranca en los inicios de Estados Unidos como nación y los claroscuros de los padres fundadores para culminar, hasta ahora, en la primera mitad de la década inicial del siglo XXI. La narrativa de ficción es alcahueta de suyo y da cuenta de los hechos como pudieron, o mejor aún como debieron, haber sido.

Una respuesta a “¿Los tiempos han cambiado?

  1. Interesante clavado a los archivos nacionales y extranjeros, así como a las hemerotecas respectivas, para hacer notar las escandalosas fortunas qye acumulan ciertos políticos durante su gestión ya sea como gobernantes o funcionarios publicos de cualquier categoría en el sector público. Lo que aparentemente siempre se trata de ignorar o minimizar es que esos malos gobernntes fueron electos por el pueblo en donde teóricamente todos los votos cuentan por igual, ya sea de pobres, ricos, educados, ignorantes e iletrados. No profeso nunguna fe pero un clavado a la Biblia en Romanos 13 dice: Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.
    ¿Dios nos estará adelantando el purgatorio para llegar a su seno libres de toda culpa?

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