por Édgar Gutiérrez *

¿Qué es lo que hace considerarnos exitosos en la vida? La respuesta muchas veces está ligada a la forma en la que hacemos dinero y al éxito profesional. Sin embargo, las posibilidades de llegar a ser un profesionista son limitadas y más limitado aún ser un profesionista exitoso.

Analicemos lo siguiente: en México se ha logrado que un gran porcentaje de la población tenga educación básica, pero los números son desalentadores en cuanto se avanza en la escala educacional. En números: de cada cien ciudadanos que pueden ingresar a primaria, 98 lo hacen, pero sólo 94 la concluyen. El 50 por ciento de los que terminan la primaria, terminan la secundaria. De ahí en adelante, cifras más, cifras menos, por cada grado escolar la cifra se irá reduciendo al menos en otro 50 por ciento, de tal manera que —siendo optimista— solo 12 ciudadanos de un grupo de cien terminarán una carrera universitaria.

Y la tragedia no para; sigue, persiste y se hace más letal al ingresar al mercado laboral. ¿Qué sucede? Los egresados de carreras donde la mano de obra profesional es abundante (derecho, administración, contaduría, sistemas) tendrán sueldos reducidos, ocasionados por el exceso de oferta. Los egresados de carreras como ingeniería mecánica, robótica, bioquímica y, aunque parezca extraño, historia, se encontrarán con una demanda bien remunerada pero muy reducida en cuanto a su acceso laboral.

Parece que la respuesta al problema es estudiar un posgrado. Pues bien: sólo dos de los 12 ciudadanos que terminaron una licenciatura terminarán un posgrado. El tiempo que un estudiante dedica a la escuela es 17-18 años más o menos, sin incluir el posgrado. Esto ocasiona un claro problema económico para las familias que sostienen la educación del estudiante, lo que provoca que un ciudadano que quizá tiene las aptitudes intelectuales tenga que abandonar su educación por entrar al mercado laboral y aportar ingresos para su familia, o bien hacerse cargo de sus propios gastos. El simple actuar del individuo en la sociedad, el trabajo y la familia será un factor determinante para que un ciudadano abandone la escuela.

Poder seguir estudiando hasta niveles de posgrado se convierte, así, en un asunto de clase, ya que las familias que pueden darse el lujo de sostener a uno de sus integrantes hasta concluir un posgrado es cada vez menor, y depende de una estabilidad económica que es incongruente con la inestabilidad laboral actual. La única alternativa es obtener una beca de Conacyt —pero para actividades científicas y humanísticas casi exclusivamente.

La realidad del trabajo
La realidad del trabajo

No dejemos de lado que la oferta educativa pública en niveles de educación superior es sumamente inferior a la cada vez mayor demanda. Esto es directamente proporcional a que solo 12 de cada cien terminen la educación superior. ¿Y qué pasa con los otros 88? Probablemente emprendieron una carrera técnica, se volvieron obreros, comerciantes, etcétera, con el objetivo de ganarse el sustento y formar parte de la economía productiva.

Doce de cada cien concluirán una carrera universitaria en la que no todos lograrán el título universitario y aún así nada garantiza que un ciudadano que ha concluido hasta este grado escolar sea exitoso profesionalmente. ¿Por qué? Debido a que dentro del mercado laboral los egresados de carreras universitarias se encontrarán con una oferta laboral sumamente complicada. Los egresados se toparan con sistemas outsourcing, donde no podrán generar antigüedad ni disfrutar de los beneficios o prestaciones de la ley, o bien, en el peor escenario, estarán en regímenes de contratistas o con ingresos por honorarios. Considerando aquellos egresados que puedan acceder a una empresa, no outsourcing, ¿cuántos no terminaran en una empresa que por cuestiones de “estrategia fiscal” cambian de razón social, una y otra vez, y aprovecharán dicho cambio para finiquitar y volver a contratar a sus empleados?

Los pocos que se colocan en una empresa debidamente establecida que ofrece prestaciones superiores a la ley y, aún con sueldos competitivos, se enfrentan a otros problemas: las oportunidades de crecimiento (fuera de los discursos de empresas que desean el desarrollo de sus empleados) están profundamente limitadas debido a que muchas empresas prefieren egresados de escuelas privadas. Las posibilidades de desarrollo serán, precisamente, para aquellos que tengan un posgrado, o para aquellos empleados de intercambio en el extranjero. Además, casi todas las empresas (aún aquellas que dicen ser un “great place to work”) desarrollan tendencias al amiguismo y al nepotismo, y generan pequeñas mafias de poder que terminan por estrangular el mercado laboral.

De nueva cuenta, se crea un círculo vicioso entre una clase que se cierra y una clase que intenta entrar en ese círculo y que, una vez dentro, se niega a aceptar más gente que intenta mejorar la situación por la que atraviesan.

El camino laboral se encuentra minado por una serie de prácticas feroces y despiadadas. Y debido debido a lo cerrado del mercado, los que ostentan mandos medios se valdrán de toda clase de artimañas y deslealtades para conservar sus puestos, o para subir los siguientes escalones del éxito profesional. El robo de ideas, el plagio y el arrebato intelectual son parte de lo que un empleado encuentra en el terreno laboral, bajo la amenaza constante e implícita de ser sustituidos por personas más jóvenes que por la mitad de su sueldo querrán ocupar su lugar.

La clase media, la media baja y las clases populares se encuentran entonces ante disyuntivas bastantes alarmantes, entre las cuales la educación no parece ser la solución. Quizá es el momento en que las clases populares encuentran la respuesta al estancamiento en actividades ilícitas y, en especial, en el narco —aún cuando les brinde un bienestar efímero—. Las clases medias educadas no estarán exentas de sentirse atraídas por ese apetitoso camino de ascendencia material, accediendo a interactuar con dichas actividades, convirtiéndose en sus facilitadores logísticos, proveedores de las clases más altas y recaudadores de las clases inferiores.

Con base al análisis anterior, en algo estamos fallando en el actual modelo educativo y económico. La respuesta no está en lo mal que se enseña en las escuelas, sino en las oportunidades reales que produce ir a la escuela, en el desarrollo que un ciudadano pueda obtener con esa forma de ganarse la vida: la poca expectativa de obtener un buen empleo y de conservar después ese empleo.

Estamos, como país, haciendo algo mal. Quizá la explicación se encuentra en que los poderosos necesitan masas de pobres para seguir ostentándose como ricos, la manera en la que necesitan de desposeídos para continuar siendo los privilegiantes de dar y ofrecer empleos.

Estamos ante nuevas estructuras sociales que siguen privilegiando una profunda desigualdad social. Estamos errados en no crear nuevas estructuras fiscales de desarrollo para pequeñas y medianas empresas que logren ocupar la mano de obra que egresa de las universidades. Estamos fallando en la estructura académica para orientar a los estudiantes a crear nuevas oportunidades de trabajo. Estamos fallando en legislar las estructuras laborales, para aminorar primero y desaparecer después todas las violaciones a la ley. Estamos ante la oportunidad de hacer una revolución ideológica que cimbre las bases empresariales que fortalezcan la múltiple competencia y no sean factores que potencien los monopolios.

Estamos fallando en la apertura de carreras de alta proyección de desarrollo a futuro. Estamos errando en seguir creando desde hace poco más de un siglo los mismos centros de trabajo en los mismos lugares (es decir, la generación de empleos sigue centrada en ciudades como México, Guadalajara o Monterrey). Estamos errando en no crear inversión pública que desarrollaría las fuentes de empleo que la inversión privada no ofrezca. Cometemos un error en permitir las diferencias abismales en los salarios de los empleados de una misma empresa. Un ejemplo: un analista ganará (bien retribuido) 10 mil pesos, un líder de proyecto 15 mil pesos, el gerente del área 40 mil y el director de área 120 mil —como se puede observar no hay equidad en el nivel de ingresos dentro de una estructura empresarial.

Estamos fallando en la orientación vocacional de la futura fuerza de trabajo. Estamos ante la necesidad de reestructurar los planes educativos, de acortar los tiempos en que un individuo tiene que acudir a una escuela. Estamos pues ante un gran reto como sociedad para realizar una revolución cultural, ideológica, académica, económica y administrativa para evitar una revuelta social catastrófica, ocasionada por las grandes diferencias y los continuos agravios que como sociedad paulatinamente hemos sufrido. Estamos pues, ante una gran oportunidad o un gran reto.

1 Comment

  1. Muy sombrío es lo que se pinta en este escrito. ¿$10,000.00 mensuales para un analista? Esto equivale a 625 USD. Mensuales. Ello es 7,500 anuales en esa moneda. No sé si esto ya incluya impuestos. Con o sin impuestos es muy poco definitivamente. Supongamos que con aguinaldo y vales de despensa se logran ganar 9,000.00 e incluso 10,000 USD. Me imagino que estos sueldos son fuera de MTY, GDL y DF. Si se tiene que emigrar a estas tres ciudades (o a Tijuana) ¿Por qué no emigrar mejor fuera del país? En otros lugares como EE.UU, Inglaterra, Canadá se requiere de gente capacitada para estas profesiones y los salarios son competitivos por que se requiere de gente capacitada en estas áreas ¿Por el inglés? Para las carreras de sistemas el inglés es indispensable. Los títulos universitarios de nuestras universidades son válidos en todo el mundo. Depende de la institución contratante la forma de equivalencia que solicite, la iniciativa privada por lo general no exige equivalencia. Pero si el título. Emigrar fuera del país no es lo óptimo para nuestro país, pero si para el individuo. Las tecnologías de la información facilitan la competencia global, quien tenga las competencias y el arrojo no debe de limitarse a lo que el país ofrece.

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