por Jorge Domínguez Luna *

Al salir de la reunión con la Junta de Gobierno de la UNAM, como parte de la segunda etapa en el proceso de elección del nuevo rector, Sergio Alcocer declaró: “[N]o pertenezco ni he pertenecido a ningún partido, como tampoco tengo ninguna filiación de otro tipo más que ser puma de corazón” (véase esta nota de Emir Olivares y Arturo Sánchez Jiménez). Con estas palabras, el aspirante a dirigir la máxima casa de estudios del país pretendió ponderar su vínculo con la universidad sobre las versiones que lo colocan como un candidato oficialista y, en consecuencia, denuncian la intromisión del gobierno federal en la designación del sucesor de José Narro.

Ni sus discurso ni una discreta pero permanente campaña mediática han logrado esconder lo obvio: Sergio Manuel Alcocer Martínez de Castro, flamante ex subsecretario de Relaciones Exteriores para América del Norte, es la apuesta del gobierno federal para dirigir la UNAM por los próximos cuatro años. Quizá el grupo gobernante y los aliados de Alcocer en la universidad pensaron que la opinión pública minimizaría el brinco que éste dio de una subsecretaría de estado a su plaza de investigador. O que la memoria colectiva olvidaría que ha sido un miembro activo de primera línea tanto en la última administración panista como en la actual priusta. Quizá asumen que las empatías ideológicas se limitan a la militancia partidista.

Lo cierto es que la relación del ex director del Instituto de Ingeniería con el gobierno es su argumento más fuerte a favor y en contra. Empero, la negación de un vínculo por demás evidente fomenta la especulación y las sospechas de los malpensados.

Aspirante a rector.
Aspirante a rector.

Cuestionable pero —lamentablemente— legal, la candidatura del doctor por la Universidad de Texas es una práctica normal y recurrente en el sistema político mexicano. Sin importar si hablamos de división de poderes o autonomía, los grupos de poder, institucionalizados o no, son partícipes activos en casi todos los espacios de la vida pública. Por tanto, no debe extrañar la intromisión oficial en el nombramiento de la persona a cargo de la universidad más importante del país.

De hecho, el pudor no es algo que caracterice a la actual administración federal; así lo evidencia la designación de Eduardo Medina Mora como miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Al igual que pretende Sergio Alcocer, el nuevo ministro pudo llegar a uno de los poderes de la Unión gracias a la carencia de filiación política alguna y sin importar que se hubiera desempeñado en cargos de notable importancia con Felipe Calderón y Enrique Peña. Mucho menos importante les pareció a los senadores que calificaron la terna propuesta por el ejecutivo la denuncia de diversos sectores de la sociedad para señalar la imposición de un amigo del presidente en el máximo órgano del poder judicial —por ejemplo, las más de 60 mil firmas en el sitio Change.org en contra del ex embajador en Estados Unidos.

A diferencia de Medina Mora, Alcocer puede justificar su postulación con una impecable trayectoria en la UNAM, y desde su época de estudiante. El mejor promedio de su generación, haber encabezado el instituto de su disciplina y un cúmulo de logros académicos son argumentos necesarios pero no suficientes para aspirar a la máxima dirección universitaria. La trayectoria académica de los diez finalistas no dista mucho una de otra: cada uno ha sabido posicionarse en sus respectivos campos. Si la decisión dependiera de ello, deberían tener mayores posibilidades aquellos que se han desempeñado en la universidad de manera constante. A este respecto, Alcocer ha pasado doce años laborando fuera de la institución y cuando lo ha hecho ha ocupado diversos cargos administrativos. Pero la decisión no se circunscribe a los terrenos del Pedregal y esto significa una ventaja respecto de Rosaura Ruíz, quien, de acuerdo con la encuesta de Reforma, cuenta con el mismo nivel de aprobación entre la comunidad universitaria para ocupar el máximo cargo.

De tal manera, concebir a Alcocer como un candidato puramente universitario resulta imposible. Basta preguntar: ¿se puede ser ajeno al presidente en turno y ocupar la subsecretaría encargada de las relaciones con el país más poderoso del mundo? Si, como indican diversos reportes noticiosos, su estancia en dicho cargo se debió en cambio a su amistad con José Antonio Meade —actual secretario de Desarrollo Social y ex jefe suyo en las secretarías de Relaciones Exteriores y de Energía—, ¿podría Alcocer garantizar la autonomía en caso de que el ex canciller obtenga la candidatura a la presidencia por el PRI, lo que al parecer motivó su asignación al frente de la política social del país?

En todo caso, lo que revela la trayectoria burocrática de quien ha sabido sortear y obtener cargos públicos con personajes como Diódoro Carrasco, Santiago Creel, Georgina Kessel y el propio Meade es que forma parte de una elite burocrática con la disponibilidad de poner sus vastos conocimientos al servicio de quien sea que esté al frente del gobierno. Un grupo que ha ganado terreno en la administración pública durante las últimas dos décadas, gracias a su innegable capacidad técnica y a su aparente pureza ideológica respecto de los partidos políticos. Lo que es aún de mayor relevancia que el simple hecho de ser el candidato de la presidencia.

La Junta de Gobierno aún cuenta con dos semanas para designar al nuevo rector y, si nada extraño ocurre, es posible que en los próximos años la Universidad Nacional Autónoma de México enfrente cambios radicales, quizá para reformarla estructuralmente como al resto del país, quizá para realmente hacerla mejor.

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