Microcosmos urbano

por Érika Angélica Alcantar García *

El Sistema de Transporte Colectivo de la ciudad de México fue inaugurado en la glorieta de Insurgentes aproximadamente a las 9 de la mañana del 4 de septiembre de 1969. El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz encabezó la ceremonia, develó una placa en donde reconocía la proeza del Departamento del Distrito Federal y subió al primer metro con pasajeros que recorrió la línea 1, que entonces iba de Chapultepec a Zaragoza.

Así comienza el primer capítulo de la tesis “La estación del metro Insurgentes: El discurso urbano de la modernidad en la ciudad de México (1967-1976)”, que ue realizada al término de mi licenciatura en historia. El objetivo de la investigación era analizar el proceso de planeación, construcción y evolución de la glorieta de Insurgentes. Dentro de esta aproximación se consideró que la glorieta se encontraba inmersa dentro de procesos urbanos, políticos y económicos que estaban transformando a la capital mexicana. En un primer momento, me concentré en los procesos que permitieron la erección de este hito urbano en una zona particular, la del centro-poniente. En un segundo momento se analizó la conformación de los elementos del discurso de modernidad y la idea de ciudad preconizada por Gustavo Díaz Ordaz. Finalmente, en un tercer momento me centré en el análisis de los cambios que sufrió la glorieta a lo largo de una década a través de expresiones culturales como el cine, la literatura y la música.

Icono de la ciudad de México

Icono de la ciudad de México, mediados de los años setenta

Más allá de las cuestiones de contenido, el abordaje y la estructuración se me presentaban como una oportunidad para exponer una vertiente historiográfica. Me apoyé en la aproximación teórico-metodológica de la historia urbana. La historia urbana surgió como un subgénero historiográfico en la década de los años sesenta del siglo pasado. Su principal característica es que hace de la ciudad su objeto de estudio, tratando de abordarla en toda su complejidad. Existen varias aproximaciones a la historia urbana. Una de las propuestas más acabadas es la que considera a la urbanización y a la dialéctica socio-espacial como vías de análisis, en donde se puede ver la constante tensión entre las sociedades y la transformación del espacio. Así, se presenta a la urbe como un actor y no sólo como un receptor o escenario en donde se desenvuelve una sociedad. Esta vertiente fue con la que conocí la historia urbana, ya que fue la que revisamos en el seminario de investigación especializada de mi quinto semestre con el doctor Sergio Miranda. (Para más sobre este enfoque, véase Sergio Miranda Pacheco, “La historia urbana y la ciudad de México: Notas sobre una experiencia historiográfica”, en La experiencia historiográfica: VIII Coloquio de Análisis Historiográfico, edición de Rosa Camelo y Miguel Pastrana Flores [México: Universidad Nacional Autónoma de México (Instituto de Investigaciones Históricas), 2009]).

Al mismo tiempo, mis inquietudes me hicieron acercarme a los objetivos de la microhistoria, en donde un suceso, personaje o práctica logra arrojar luz sobre procesos más amplios. Una de las intenciones de la tesis era mostrar cómo a través de una simple construcción realizada a finales de los años sesenta se podían localizar y tratar de explicar algunas de las transformaciones políticas, económicas, urbanas, urbanísticas y culturales de la ciudad de México. Así, se propuso que en un primer momento se analizarían las estructuras políticas y económicas que enmarcaban los fenómenos urbanos concretos. Dicho análisis se centró en la relación directa que tuvieron las transformaciones urbanas generales en la ciudad de México, como las obras viales y de dotación de servicios, con los procesos políticos y económicos de la urbe en la segunda mitad del siglo XX. En un segundo momento se buscó dar cuenta de la forma en que influyeron los discursos de poder y la práctica de los expertos, los ingenieros y los arquitectos en la configuración de las ciudades, y específicamente en la capital mexicana. En un tercer y último momento se analizaron las expresiones culturales que tuvieron lugar en la década de los años setenta, como la literatura de la onda, el nuevo cine y el corrido urbano, que pueden explicarse gracias a los cambios de índole social, política económica nacional y local.

No obstante, estos niveles de análisis sólo se hacen explícitos en la introducción, en donde se detalla la metodología, pues la forma de presentar la investigación es la de un relato. En buena medida, la tesis es deudora de la micronarrativa de la historia cultural, en donde particularidades locales intentan vincularse con procesos generales por medio de una narración. La idea era presentar a la ciudad de México a través de la glorieta de Insurgentes, más que como el principal objeto de estudio de la investigación, como el personaje principal del que daban cuenta los datos, textos, discursos y demás fuentes analizadas.

Asimismo, el análisis de fuentes para aproximarme a las transformaciones socio-culturales remiten a la historia cultural.. En el segundo semestre de la carrera se nos solicitó la lectura de un texto de Carlo Ginzburg, “De todos los regalos que le traigo al kaiser”. Siempre lo recordé. En el texto, el famoso historiador italiano nos invita a pensar el cine como fuente para la historia, y para ello propone tres niveles de análisis: uno factual, uno discursivo y uno acerca de la vida de las películas. Con el debido cuidado, este tratamiento que se propone para el cine también lo llevé a cabo en el resto de expresiones culturales como la literatura y la música.

Para ello fue necesario introducir otro nivel de análisis que parece obvio: el de la ciudad. ¿Cómo era presentado el espacio de la ciudad de México en producciones culturales como el cine, la literatura y la música? Y para centrarnos en el objeto de estudio particular, ¿quién o qué habla acerca de la glorieta de Insurgentes, las colonias de su entorno o del metro dentro del periodo estudiado? Desde que se concibió a la glorieta de Insurgentes como el lugar sobre el que se desarrollaría la investigación se pensó en analizar un cuento de José Emilio Pacheco titulado “La fiesta brava” (1971 ). Posteriormente se llegó a la canción de “El metro”. de Chava Flores. La última fuente que se estableció fue Las dos Elenas, de José Luis Ibáñez (1965), gracias a una crónica de Vicente Leñero dedicada a la zona rosa en los años sesenta. Para abordar estas representaciones se tuvo en mente lo que menciona Roger Chartier: que hay siempre un enfrentamiento entre representaciones y órdenes discursivos.

Resulta obvio decir que a lo largo del análisis, y de la tesis en general, existieron una serie de limitantes, como el mismo universo de las fuentes disponibles que nos hablaran directamente de la glorieta de Insurgentes o de las zonas que fueron afectadas tras su construcción. Tampoco existía suficiente información a nivel local para contrastar el análisis. Sin embargo, no podía dejarse de lado la inclusión de los productos que nos ayudaran a delinear las transformaciones socioculturales a raíz de la construcción de la glorieta de Insurgentes, pues éstas son indispensables para comprender el papel que tiene actualmente como punto de encuentro, referente nodal e identitario de la ciudad de México.

Las grandes obras literarias y cinematográficas que seguían el modelo de las sinfonías y que estaban dedicadas a las grandes metrópolis parecen haber quedado en la primera mitad del siglo pasado. Afortunadamente, cada día son más los esfuerzos historiográficos que intentan explicar los procesos generales de las ciudades mexicanas o complejos fragmentos de las mismas a lo largo del siglo XX, incluida la segunda mitad. A la empresa de la interpretación de las ciudades llegaron antes los sociólogos, los geógrafos, los antropológos, los literatos y los artistas en general. Esto representa un gran reto para los historiadores, quienes hemos llegado afortunadamente tarde a contribuir con nuestras aproximaciones.

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