por Pedro Salmerón Sanginés *

Los individuos como él encuentran con facilidad justificaciones para cada uno de los actos de su vida, por crudos o miserables que sean: Arturo Pérez-Reverte, Hombres buenos

1. Memorial

Leí por primera vez a Arturo Pérez Reverte en 1993. Tenía pocos meses en la ciudad de México, y en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando en una de mis visitas masoquistas a la librería descubrí el llamativo título y la poderosa portada (para un incondicional del abate de Herblay, dicho Aramís) de El club Dumas. No sé de donde saqué para comprar el libro, pero sí recuerdo que lo leí de un tirón y que amé la novela, a pesar del final.

Inmediatamente después, y sin intermedio, me enamoré de la protagonista de La tabla de Flandes, y leí como pude, en cuanto los conseguí, sus libros anteriores (El húsar, pequeña pieza perfecta sobre los horrores de la guerra, y El maestro de esgrima, que nos recordó demasiadas cosas), así como los tres posteriores, que no llegaron a México con facilidad (Territorio comanche, tan alucinante como deprimente reportaje novelado; La sombra del águila, insospechado juego de matices, y Cachito, que me pude haber ahorrado), hasta la aparición de su siguiente novela mayor.

Leí La piel del tambor, aún olorosa a tinta, en el autobús de la facultad, en un viaje de prácticas en que el joven y brillante Renato González Mello nos explicaría de manera insuperable los murales de José Clemente Orozco en Guadalajara. Insuperable para mí, en ese momento, fue la tragedia del padre Lorenzo Quart. Por razones demasiado íntimas no escribiré por qué: mediada la botella de whisky (barato y clandestino) y sin rubor de ninguna especie, lloré.

Pérez Reverte nos asestó después, en rápida sucesión, los cuatro primeros volúmenes del capitán Alatriste y La carta esférica. Quizá era demasiado. Nos estaba malacostumbrando: ¡seis libros en otros tantos años! Y todos los leí, como los anteriores, sin pausa. La reina del sur nos gustó porque hablaba de nosotros. Los lectores de Benito Pérez Galdós sabíamos que pudo haberse ahorrado Cabo Trafalgar, salvo por el encargo bicentenario y la pasta gansa que conllevaba. Pero volvió a conquistarnos con El pintor de batallas y la crudeza profunda de aquel descarnado diálogo mortal entre dos hombres solitarios que habían sufrido lo indecible. El hombre es una máquina: al año siguiente salió Un día de cólera… y seguía con el capitán Alatriste. Y El asedio (lo leí en Cádiz, siguiendo en el plano los caminos, plazas y murallas ahí trazados), y El francotirador paciente, y Hombres buenos.

No sé si esta última es una buena novela o un mero artificio erudito que introduce a uno de sus personajes de siempre —esta vez llamado Pedro Zárate— en el París pre-revolucionario, haciéndolo dialogar —a él y a su acompañante, don Hermógenes Molina— con d’Alambert, Franklin y Condorcet, de la misma manera que su capitán Alatriste está siempre del brazo de Quevedo y Velázquez. No sé si sea buena o mala novela, si sea demasiado elemental o didáctica, pero la leí de un tirón, acompañando en su lento transitar a don Pedro y don Hermógenes, al abate Bringas y al malvado a sueldo Pascual Raposo.

Otra vez, pues, leí el libro completo. Permítaseme el paréntesis: dado que éste es un texto totalmente subjetivo y personal, puedo confesar que suelo dejar muchos libros sin terminar. Incluso de autores que en determinada época de mi vida han sido señeros. Abandoné a media lectura más de un libro de Salgari, de Dumas, de Robert Louis Stevenson, Conan Doyle y Taibo II. Incluso, de García Márquez, Dostoyevsky y Cortázar. Nunca pude con el Ulises de Joyce ni con Noticias del imperio de Fernando del Paso. Tampoco con la mitad de los libros de Carlos Fuentes u Octavio Paz. Leí hasta memorizarlos los pardaillanes de Zevaco, pero ningún otro de sus libros, y de pocos novelistas puedo decir que conozco su obra completa. Sí: Miguel Scorza (quitando Redoble por rancas, que es insuperable, cada uno de sus seis libros siguientes es mejor que el anterior) y Jorge Ibargüengoitia (a pesar de Maten al león). Por eso, reconocer que leí todas las novelas de Pérez Reverte de un tirón, no es poco decir, aunque confieso que también leo todos y cada uno de los libros de autores de paperbacks o best-sellers como Michael Conelly o John Grisham…

2. Asuntos de honor

El honor, la lealtad, España (la patria) son temas recurrentes en las novelas de Pérez Reverte, con un tono de melancólico conservadurismo que lo acerca más a Walter Scott que a su modelo explícito, Alexandre Dumas. Como con otros novelistas excepcionales (Mario Vargas Llosa y Héctor Aguilar Camín), hace años que he preferido limitarme a sus novelas y pasar de largo ante sus opiniones políticas.

(Por cierto: pienso, al escribir estas líneas, que ese Trasnochado concepto del honor —título del libro que habría escrito don Hermógenes Molina—, que bebí en las novelas de aventuras y de caballerías que me secaron el seso, es el responsable de las batallitas que he emprendido sin dejar en paz y de los numerosos enemigos que me he echado a cuestas, pero esa es otra historia).

Asuntos de honor. Hace unas semanas Ariel Rodríguez Kuri escribió:

Existe un déficit de honor en la sociedad mexicana —del honor entendido como esa cualidad moral que lleva al cumplimiento de la propia responsabilidad (en buena medida autoimpuesta) y a la salvaguarda de la reputación personal que deriva de su cumplimiento. El honor —un valor que legítimamente se puede considerar de antiguo régimen, pero que sigue vigente en una perspectiva republicana— no ha venido a lubricar y potenciar la vida pública mexicana.

Mi colega, quien nos ha contado cómo sufrió esta ciudad la revolución, y que está por contarnos la revuelta adolescente de los días 26 al 29 de julio de 1968 y la rebelión juvenil que le siguió, añora la ausencia de honor en México, la ausencia de elites… a fin de cuentas, la ausencia de una auténtica aristocracia. Ariel invoca, o parece invocar la necesidad de “un arcaísmo patricio”. Del honor a secas.

¿Honor? ¿El honor de los señores, de los aristócratas? La respuesta de Pablo Piccato es precisa y correcta en términos históricos y filosóficos, pero, con perdón suyo, no en lo que corresponde a la provocación ética lanzada por Ariel. Porque no creo que Rodríguez Kuri hable de la actuación concreta de los hidalgos, sino de sus modelos éticos y literarios.

Discutamos, pues, sobre el honor.

3. Honor

En mayo de 2011, la audiencia Provincial de Madrid falló contra Pérez Reverte y en favor de Antonio González Vigil. Sí, el creador del capitán Alatriste había plagiado al poco conocido guionista, y se le condenaba a pagar 181 mil euros por los daños ocasionados. La historia era muy vieja: empezó hacia 1996, cuando González Vigil entregó el guion a una productora, que posteriormente realizó Gitano, con guion de Pérez Reverte. (Aquí está la historia contada por GonzálezVigil.)

El capitán Alatriste —pariente de Sealtiel.
El capitán Alatriste —pariente de Sealtiel.

Había partes oscuras en la historia: con González Vigil, era coautor el gran novelista Juan Madrid (de quien Manuel Vázquez Montalbán dijo que, junto con él mismo, era en los años ochenta el único escritor español de novela negra), quien no participó en el juicio por razones que hasta donde yo sé, nunca opinó sobre el tema. Además, la furiosa reacción de Arturo Pérez Reverte me llegó a parecer la de un inocente. Don Arturo actuó como sus personajes —lo mismo Alatriste y Quevedo que Corso o Quart— cuando se ofende su honor: clamó que lo habían emboscado, que lo chantajeaban.

Que me digan que necesito copiar un guion de un tío que no conozco ni por lo visto conoce nadie es tan grotesco y ridículo, que sería para reírse si no hubieran llegado tan lejos como han llegado.

Al final, en julio de 2013, Pérez Reverte pagó 210 mil euros a que los tribunales, tras varias vueltas y revueltas, lo condenaron. Seguía clamando inocencia. En el ínterin, hubo otras demandas, por ejemplo, sobre su cuento infantil “El pequeño hoplita”. Pero fue el caso de Verónica Murguía el que disipó todas las dudas. Al menos las mías.

El 17 de marzo, en La Jornada, la gran cuentista mexicana denunció el plagio cometido por Pérez Reverte, en 1998, de un cuento publicado por ella en 1997. ¿Por qué hasta ahora? Porque el cuento que plagió el español forma parte de su antología recién publicada Perros e hijos de perra. La posición de la mexicana fue honesta y ejemplar:

No quiero dinero ni voy a entablar una batalla legal con un hombre que es mucho más poderoso y rico que yo. No soy ni poderosa ni rica, pero por esas razones me parece de lo más horrible que alguien haga pasar un documento como suyo, cuando es una persona que tiene una carrera hecha y derecha y no necesita nada y le publican donde sea. Lo que quiero es una disculpa pública, que retire el texto del libro, y si no lo hace entonces que done una parte de las ganancias a un refugio de perros en México.

Esta vez Pérez Reverte no se llamó a ultraje, sino que dio una explicación tan floja como absurda. Finalmente se disculpó sin hacerlo y siguió apareciendo como ofendido en su honra. Pero no hay duda ninguna: Alberto Chimal publicó el cotejo que, de los textos de Pérez Reverte y Murguía, hicieron Raúl Herrera y Laura Lecuona que, insisto, no deja duda ninguna de que se trata de un plagio. (Aquí el texto de Chimal y los cuadros comparativos.) Un plagio que Chimal explica:

Tarde o temprano, en fin, termina por descubrirse lo sucedido…, pero los plagiarios siguen intentándolo: siguen repitiéndose que “nadie se dará cuenta”. La terquedad puede deberse a que su punto de partida parece ser siempre el deseo de halagar su propio ego. Cumplir con una fecha de entrega perentoria (el motivo aparente de los Bryce y los Pérez Reverte: entregar el artículo a tiempo para salir en el periódico y cobrar el pago semanal) puede lograrse sin hacer copy-paste de una revista marginal o de un artículo de Wikipedia. Pero lograrlo a expensas de otro da, acaso, una sensación de poder: de ser el “león” que “se alimenta de corderos”, como escribió Octavio Paz, con un descaro que para muchos sigue siendo admirable, respecto de otro caso de plagio en el que él mismo fue el acusado. “El plagiado ya no existe”, parecen decirse a sí mismos. “Mi gloria lo borra”.

Cuando esos leones altaneros y poderosos son descubiertos, y denunciados, su reacción es siempre la misma: menospreciar el suceso, o bien descalificar al plagiado llamándolo “resentido” o “trepador”: acusarlo de querer aprovecharse de la fama de su plagiario.

De ahí la pertinencia pública de denunciar al plagiario, de señalar sus acciones, de no permitir la impunidad, aunque sea a nivel de cierta opinión pública, aunque quitarle 210 mil euros a Pérez Reverte sea como un pelo a un gato. Aunque Bryce Echenique reciba el premio. Aunque conserven sus cátedras, espacios y canonjías. Hace dos años, cuando se ventiló en los medios el caso de un laureado académico que resultó ser un plagiario serial y cínico, resumí la posición de varios académicos al respecto del asunto:

El plagio no es otra cosa, señala Guillermo Sheridan, que el contagio a la academia de una cultura que reconoce el despojo no como un acto inmoral sino como encomiable pericia. Dice Gabriel Torres Puga: Protestemos contra la complicidad (por participación o por omisión) y fortalezcamos los principios éticos de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, de nuestro gremio de historiadores, de nuestra comunidad académica. Correctamente afirma Luis Fernando Granados que los criterios académicos impuestos hace veinte años por el doctor Alzati (nuevamente funcionario de la SEP, desde el mismo día del atroz despido del etnólogo Sergio Raúl Arroyo de la dirección general del INAH), traen consigo el abaratamiento de la producción intelectual hasta el caso de obligar a individuos como Boris Berenzon y otros a plagiar para poder mantenerse en la estructura (https://elpresentedelpasado.com/2013/07 16/fausto-alzati-similares-y-conexos/ ). Un modelo que, en efecto, privilegia la puntitis sobre la calidad y el compromiso.

Pero Pérez Reverte no está en el SNI. Tampoco creo que necesite el cheque semanal de que habla Alberto Chimal. ¿Por qué plagia? ¿Porque puede? ¿Porque es el león? ¿Por eso se indigna cuando lo descubren? ¿Por qué nos malacostumbro al ritmo de un libro al año, o casi, y se malacostumbró el también a las mesas de novedades y los reflectores permanentes?

Nos malacostumbró Pérez Reverte. Quizá, como Mario Vargas Llosa en su última etapa, había encontrado una forma de narrar que explotaba con éxito (y nunca mejor dicho, calculando por lo bajo los millones que se habrá embolsado). Pero hay otros escritores que nos tienen acostumbrados al libro anual, como Paco Ignacio Taibo II, y que nunca plagiarían.

¿Por qué plagia? Quizá es el cinismo del impune. O la soberbia del aristócrata del que hablaba Pablo Piccato: ¿los caballeros sólo lo son con sus iguales, no con los plebeyos?

14 Comments

  1. Muy interesante, estoy de acuerdo con que el plagio es una conducta que viene de un prepotente, egocéntrico que se pone por encima de cualquiera. Muy bien descrito. Pero creo que el autor del artículo podría ahorrarnos toda la primera parte de su artículo. Para leer su reflexión , creo que a pocos, poquísimos nos interesa saber las novelas que ha leído de Pérez Reverte y de los libros que no ha podido terminar, ¿eso qué? (Suena a “Oigan, fíjese que he leído muchísimo y desde 199no sé qué, ah pero eso sí no leo ni a tal”. Flojera y narciso)

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  2. Digame usted si puede decirse honrado su punto de vista que, tras alistar la cantidad de libros que escribio perez-reverte y que nadie supongo que lo sepa perfectamente, escribio antes de el, tacha a este autor de plagiario, encima serial Por un fallo controvertido y tardio, y La media pagina de la mexicana sobre el perro del barrip, Como si fuera eso literatura… Ademas, la aurora es mencionada en el relato que el reproduce y que no anade nada en absoluto a su maestria. Si la falta de talento, de prestigio y de dinero es lo que motiva lastimeros analisis Como el suyo, bien venga la arrogancia de Los leones

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  3. Uno de los problemas es que el plagio es pensado como recurso del sin talento, cuando en realidad es también de los grandes. En la academia también hay plagio, pero no se le castiga imparcialmente, sino dependiendo quién lo hace, quién es la víctima y de quién son cuates ambos.

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    1. Pues busquemos que se castigue, que se señale siempre. Y acusemos. La impunidad, en todas sus formas y condiciones, proviene del silencio y del temor.

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  4. Qué raro que tan ilustre lector como usted, gran conocedor de libros, y por lo visto crítico sublime, titule un artículo sobre Pérez-Reverte “Por qué plagia?” La condena por plagio llegó controvertida y muy tardía, quien sabe si se le ocurrió, a usted que debe de ser un reflexivo profesional, la posibilidad de que se le quiso pasar factura, en un momento dado, a un personaje un poco incomodo, que tan tristes verdades ha ido diciendo en voz bien alta sobre este país y los compadres que lo habitan. Y el supuesto plagio, media paginita de trivialidades, por mucho que apreciables, aunque menos en términos de literatura que de humanidad, que Pérez-Reverte insertó en un cuento de los muchos que salieron de su pluma, yo diría que solo usted puede considerarlo suficiente como para referirse a Pérez-Reverte cual fuera un plagiario. O sea, salta a la conclusión y para nada parece servirle el conocimiento que dice tener de la obra de este autor. Vamos a ver, usted dice “aquellos como él”. Matice, por favor. Quiénes son aquellos como él? Los que tienen talento de verdad, tal vez? O cultura de verdad? Los que triunfan? Los que ganan mucho dinero gracias a una maquina editorial de la que, si pudiera, entraría a formar parte sin parpadear? Es comprensible que con tal de tener lectores, y qué lectores, uno está dispuesto a lucir cualquier idea, cualquier opinión, consciente de que con solo nombrar a personajes concretos se tiene seguimiento “viral”. Nombrar a Pérez-Reverte siempre le compensa a uno, evidentemente. Pero su supuesto ejercicio retorico es lastimero y contradictorio. Incluso le noto cierta mala fe. Supongo que no se va a ofender, seguro, considerando el progresismo y la abertura de sus posiciones, faltaría más. Vivimos en una democracia, lo demuestra el descaro con que quienquiera puede embarrar el nombre de alguien, o intentarlo, tan solo tecleando en un blog. Si me permite, le sugiero terminar los muchos libros que ha dejado a medias. No me cabe duda de que le falta un trecho largo para comprender lo que es la literatura.

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  5. Estimado Señor Del Bosque:
    No me presento como crítico y menos como sublime. Soy lector de a pie y espero seguir siéndolo. Un mero historiador de la mera República mexicana, como se describe mi amigo Alfredo Ávila. Y es como mero lector que me atreví (para escándalo suyo., evidentemente) a comentar.
    En efecto, la condena ANTERIOR llegó controvertida y tardía. Pero es esta vez, en el caso de verónica Murguía, cuando no cabe ya duda posible: consulte el cuadro publicado por don Alberto Chimal:

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    En cuanto al “quienes son como él”, verá usted que es un epígrafe literario, tomado de la última novela de Pérez-Reverte. Pero no se preocupe, que me mojo: los que se sienten leones, fuera de las leyes de los corderos.
    En cuanto a embarrar el nombre de Pérez-Reverte, no se angustie, que no lo hacemos nosotros: él mismo se encarga. Tampoco se preocupe por mi vínculo con la producción editorial: sin ser Pérez-Reverte, no puedo quejarme. pero más allá de eso… ¿si no hubiese yo publicado con modesto éxito media docena de libros, estoy impedido para mostrar o comentar el acto deshonesto de un afamado escritor?
    Sonamos, diría Mafalda. En efecto, la aristocracia quiere leyes distintas y distintos criterios para hombres no iguales.

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  6. Gracias por su respuesta, aunque no estoy seguro de que venga espontanea, sino me inclino a creer que después de mi comunicación tuitera, ya sabe, éste es un país de cínicos. De todas formas me alegra encontrarlo de acuerdo sobre la condena, o sea que fue tardía, y controvertida, y quién sabe qué más. En lo que se refiere al cuento mejicano, pues le dejo a usted juzgar el alcance del plagio, considerando que estima a Pérez-Reverte un artesano y a la Murguía una gran cuentista. O sea, allí no me puedo meter, seguro que me entiende. El tema de mi comentario no era el gusto literario de cada cual, ni la libertad de decir lo que se le ocurra a uno, cómo y cuando se le ocurra, faltaría más. Quise subrayar la mala fe con que usted tacha la entera obra de un escritor como Pérez-Reverte de plagio. Porque seguro sabrá que el titulo de su artículo no tiene otro significado. Y es difamatorio. Me dirá usted que cualquiera con dos dedos de frente es capaz de sacar conclusiones objetivas, pero me perdonará si le digo que tanta chapuza, tanta opinión intocable porque opinión, tanta mala leche personal ajustada al tema del día, es algo un pelín jodido, incluso en un país de cínicos. Usted dice que no tengo que preocuparme, o angustiarme por Pérez-Reverte: perdone, pero no entiendo cómo se le ocurra semejante hallazgo retórico. Yo no me preocupo en absoluto, ni me angustio por nadie, comenté únicamente la mala fe de su título, ejerciendo mi derecho de expresión, igual que usted ejerce el suyo.

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  7. vaya. para la próxima vez, estaré pendientísimo del Blog, aunque viaje. Que no transcurran ni diez minutos entre réplica y contrarréplica.
    ¿Mala fe? No conozco a Pérez-Reverte ni a Verónica Murguía. Y sin duda, el suyo y el mío son países de cínicos.
    El plagio, mi amigo, es un tema del que me he ocupado varias veces. Venga de un vividor académico o de un “genial escritor”. Si para ud la genialidad de Pérez-Reverte -Reverte lo exime o lo absuelve del asunto, muy su ética. Yo tengo otra.
    (No creo haber dicho que era un artesano: fue una respuesta tuitera, léala como tal. Y tampoco creo juzgar la obra completa de Pérez-reverte, pero sí su talante).

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  8. En vista de que no admitió, en la moderación, mi comentario original, pero respondiendo a la conminación hecha por usted en twitter a que publicara aquí, en el blog, las consideraciones de más de 140 palabras, comparto (de nuevo), el texto original sobre el plagio, así como la respuesta a algunas puntualizaciones recibidas sobre el mismo, entre ellas las suyas, en una segunda parte. Espero que ahora sean consideradas, por la moderación, dignas de aparecer aquí:

    1) https://leonardomoncada.wordpress.com/2015/04/24/sociedad-del-plagio/

    2) https://leonardomoncada.wordpress.com/2015/04/26/sociedad-del-plagio-ii/

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  9. Creo que a don Pedro Salmerón le asiste la verdad. Si no es plagio cuando lo comete un dizque león, pues entonces adiós la,ética de los escribidores. Cierto, es un país de cínicos el nuestro, pero porque lo hemos permitido. Empezamos por pasarlo a un consagrado autor y entonces caemos en el pudridero de la deshonestidad. Ya tuvimos a un connotado literato encaramado en la UNAM. ¿Entonces? ¿Hay que dejar pasar el abuso de los llamados leones? Bien, don Pedro. Saludos afectuosos

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  10. Acabo de encontrar este texto, porque justo estoy escribiendo algo respecto al plagio. Deja mucho qué pensar y, con su permiso, citaré un par de sus ideas en mi columna, si no hay inconveniente (y considerando que será cita y no vil copy-paste).
    A mí también me intriga por qué alguien plagia. Sobre todo alguien del calibre de Pérez Reverte—¿sí será por menospreciar al otro? Como en el caso de Murguía que de verdad no pedía dinero ni se iba a ir a tribunales. Tan sencillo como ver en los mismos comentarios que la menos precia alguien por escribir media cuartilla (¡no es tan fácil lograr un cuento con poco espacio!).
    Y si es por desaparecer al otro ¿para qué? ¿Por narcisismo? Creo que me seguirá intrigando, porque encima no podemos entrar en la cabeza de los plagiarios.

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