El arte de la polémica

por Pedro Salmerón Sanginés *

Falleció don Moisés González Navarro, uno de los grandes capitanes de la historiografía mexicana. Sus colegas y discípulos hablarán en las próximas semanas, mejor que yo, de sus aportaciones a la historia social del porfiriato, de las migraciones y extranjerías, y a la comprensión de masones, cristeros, agraristas y otros actores sociales de nuestra historia. Por mi parte, debo decir que mis primeros trabajos como historiador le deben mucho a su adaptación de los tipos ideales weberianos a la realidad política mexicana, así como a su puntual análisis de la Confederación Nacional Campesina.

Moisés González Navarro

Moisés González Navarro

Hoy quiero recordar otra faceta de su trabajo: la del agudo e implacable polemista, capaz de enfrentar a mentes tan brillantes como la suya. Dos polémicas quiero traer a cuenta, para recordar esa forma de discutir, que hace del debate un proceso de creación y enriquecimiento intelectual.

1. En 1970 se publicó El porfiriato: Vida política interior, primera parte, uno más de los volúmenes que integran la magna Historia moderna de México, coordinada por don Daniel Cosío Villegas. Cosío Villegas, además, es el autor del volumen que ahora nos ocupa o, mejor dicho, que ocupó entonces a don Moisés González Navarro —Historia Mexicana, XX: 3 (enero-marzo, 1971).

La reseña crítica de don Moisés es despiadada. El primer párrafo elogia la agilidad y amenidad de las 900 páginas en las que don Daniel da cuenta del ocaso de Lerdo e Iglesias ante los astros ascendentes de Díaz y González. Pero los elogios parecen limitarse al tono y al estilo. Muy pronto inician las críticas. La primera tiene que ver con la manera en que, en 16 años, cambiaron las opiniones de don Daniel sobre el general Díaz y cómo cambió también don Daniel. Pero el principal reproche es de orden metodológico: al inicio del proyecto, don Daniel pretendía dejar hablar a la historia misma, al documento. Ahora, por el contrario, “corren parejas la documentación y la pasión” y Cosío Villegas regaña (o comete “violencia innecesaria” con) a personajes de la época que historia.

Así pues, aunque “Cosío Villegas es el mejor historiador del México moderno”, “como viajero de la misma barca” (la Historia moderna de México, en la que don Moisés escribió el volumen relativo a la vida social del porfiriato), “me pregunto si el éxito de esta empresa pudo haber sido mayor de haberse estudiado conjuntamente la vida política, la económica y la social”.

Quizá la crítica no parezca tan despiadada, pero motivó la airada respuesta de Daniel Cosío Villegas (en el mismo número de Historia Mexicana), para quien las críticas eran infundadas, incluso absurdas. Al leerlas, uno se siente más cercano a don Daniel que a don Moisés, pero las aclaraciones sobre el papel del historiador, sobre el manejo político de los archivos y sobre la historicidad de las personas mismas (no se puede esperar razonablemente que pasen veinte años y una persona siga siendo la misma, lo que se refiere tanto a don Daniel como a don Porfirio), no se habrían ventilado sin la crítica aguda de don Moisés.

2. Es justo en torno al volumen sobre la vida social del porfiriato que se produce la segunda polémica que quisiera recordar, en la que don Moisés es quien responde la crítica.

En 1986, Jean Meyer publicó “Haciendas y ranchos, peones y campesinos en el porfiriato: Algunas falacias estadísticas”, Historia Mexicana, XXXV: 3 (enero-marzo 1986). Se trata de un artículo brillante, abiertamente revisionista, que cuestiona con inteligencia los datos estadísticos del porfiriato sobre la tenencia de la tierra y la condición de los trabajadores del campo. Era un tema sobre el que ya venían trabajando algunos estudiosos del zapatismo, como Horacio Crespo, Salvador Rueda o Ruth Arboleyda, pero que el artículo de Meyer disecciona con una precisión que nos obligó a dejar atrás las simplificaciones de cierta historia precedente sobre la omnipresencia del latifundio y el peonaje por deudas en el campo mexicano, para encontrar una enorme cantidad de variaciones y matices. Además de ello, su manera de leer el censo de 1910 me enseñó la manera crítica en que deben abordarse las fuentes primarias.

La crítica a muchas de las posiciones precedentes era, pues, frontal y uno de los criticados fue don Moisés González Navarro, quien respondió en el siguiente número de la revista con un texto titulado “Falacias, calumnias y el descubrimiento del Mediterráneo”. En él, González Navarro muestra algunos errores en la lectura de sus Estadísticas sociales, criticadas por Meyer. La primera, dice, es haber omitido la aclaración inicial de que dichas estadísticas sólo podían entenderse en relación con el tomo IV de la Historia moderna de México, pues ahí se señalaba con claridad el punto central del análisis de Meyer: la enorme dificultad que entrañan las estadísticas y la nomenclatura para llegar a cualquier conclusión sobre el tema (y la cita de don Moisés de su libro, es terminante en ese sentido). También refuta la crítica de Meyer sobre los datos sobre los trabajadores sin tierra y sobre el significado de la hacienda, mostrando que buena parte de los errores que Meyer señala en realidad no existen en su historia social del porfiriato. Don Moisés pone énfasis en la enorme riqueza de las denominaciones regionales de la propiedad de la tierra, que él había señalado en su libro, y en el hecho fundamental de que incluyó ciertos datos agrarios pese a su imprecisión, indicando que eran los datos que existían y de los que se podía echar mano, pero sin hacerlos suyos: di “a conocer esas estadísticas, pero no las hice mías”.

Vaya como homenaje a don Moisés, este breve rescate de dos de sus múltiples debates. La crítica, tan necesaria, ahora tan ausente. Los cuatro textos aquí citados pueden consultarse en línea. Recomiendo su lectura para aquilatar debidamente el carácter polémico, agudo, vibrante, sarcástico incluso, de la crítica histórica.

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