Oasis privado, infierno público

por Bernardo Ibarrola *

La segunda acepción de la palabra oasis es “tregua, descanso, refugio en las penalidades o contratiempo de la vida”. Estupendo sustantivo como concepto de base de un nuevo, lujoso y pretendidamente vanguardista y ecológico centro comercial: Oasis Coyoacán.

Y en efecto, uno puede tomar la visita a ese lugar como un descanso, una tregua en el combate diario de la vida. Un refugio donde tener un poco de silencio, espacio y aire en medio de un desierto insoportable de humo, ruido y saturación. Sin embargo, es el propio centro comercial —el propio oasis— el que genera una parte del infierno del que supuestamente protege al visitante, el que hace aún más complicado el paso por ese punto de la ciudad, el que acentúa aún más la injusticia que supone el simple hecho de transitar, de transportarse.

Habría mucho que decir sobre las características de este enorme centro comercial construido en la esquina suroriental del cruce de las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Universidad; sobre su cacareado “lago artificial”, que iba a ser de tres mil metros cuadrados según diversas versiones, pero que en realidad no parece sino una fuente grande, a la que la gente ya arroja monedas; sobre la proporción entre los espacios de circulación común y los de los comercios; sobre el perfil económico de los potenciales visitantes en función de las tiendas instaladas. Baste, por ahora, con llamar la atención sobre algunos de sus rasgos que lo convierten en un esperpento urbanístico. Un perfecto antiejemplo para las buenas cátedras de arquitectura del futuro.

Los diseñadores de Oasis Coyoacán aprovecharon su ubicación en el corazón de la zona universitaria, cerca de barrios reputados como Chimalistac y Coyoacán y en el cruce de dos avenidas concurridísimas. Sin embargo, no hicieron nada para mejorar este ya muy conflictivo entorno; al contrario, diseñaron su centro como un fortín, encerrado en él mismo, enemigo de la ciudad y de sus habitantes.

Oasis autista. (Foto: Bernardo Ibarrola.)

Oasis autista. (Foto: Bernardo Ibarrola.)

Aunque su enorme predio ocupa la esquina de una enorme manzana, sólo tiene acceso peatonal por Miguel Ángel de Quevedo. En avenida Universidad, a unos pasos de la salida del Metro, en lugar de un acceso, hay un portón cochero y, unos metros atrás, el gigantesco muro de unos cines. ¿La razón? “[P]ara no interferir con quienes esperen el transporte público sobre esta última avenida ”, según declararon los empresarios responsables al El Universal hace casi dos años. ¿De veras? ¿Y las enormes entradas y salidas para automóviles y el paso permanente de éstos por la acera no interfiere con los peatones y usuarios del transporte público?

El argumento es de una sorprendente banalidad, pero la forma en la que fue enunciado es reveladora: quienes esperan el transporte público no son potenciales clientes ni tienen para qué entrar al centro comercial. Los clientes que esperaban los desarrolladores —y que ya llegaron— viajan en automóvil y pueden entrar o salir por Universidad o por Miguel Ángel de Quevedo. Ellos sí. Para empezar, porque si entran, tienen que pagar por el estacionamiento. Veinte pesos, como mínimo; lo que no pocos usuarios del transporte público gastan a lo largo de todo el día para desplazarse… o para comer.

De las proyecciones de mercado se desprendió esta conclusión arquitectónica, que es a la vez desatino urbanístico y ofensa política y social. Si quieres entrar a pie, camina casi trecientos metros, entre puestos de comida, “parabuses” (que en realidad son publicidad justificada con una techumbre y cuatro asientos), entradas y salidas permanentes de automóviles y colas interminables de usuarios de transporte público.

Cada quien tiene su lógica y la de los empresarios —estos empresarios— es la máxima ganancia y el menor costo, sea como sea. Se entiende, aunque sea lamentable, pues su ganancia —que haya clientes en las tiendas— depende casi completamente de que los servicios públicos funcionen.

Comercio sin peatones. (Foto: Bernardo Ibarrola.)

Comercio sin peatones. (Foto: Bernardo Ibarrola.)

Es más difícil de entender que los responsables de estos servicios públicos —es decir, nuestros gobernantes— hayan autorizado un proyecto así. Que se hayan limitado a imponer, como medidas de “mitigación”, la rehabilitación de banquetas y nuevo alumbrado público. Pero “una medida de mitigación concreta respecto a la vialidad, dijo que no les corresponde, que eso le toca a la Secretaría de Movilidad” en palabras del director general jurídico y de gobierno de Coyoacán. Aunque, eso sí, pidió “que hubiera un mayor número de cajones de estacionamiento de los que los empresarios estaban obligados a cumplir”.

Lo evidente, como han reportado varios medios, es que el desorden y la saturación en esta zona se incrementaron con la apertura del centro comercial, y que la respuesta burocrática es el trilladísimo a mi oficina no le toca. Con este tipo de funcionarios es inimaginable que la construcción de esa enorme obra hubiera podido significar, no la “mitigación” de efectos, sino la solución de problemas específicos de ese nudo urbano:

  1. No sólo el acceso por ambas avenidas, para que —al menos dentro de los horarios de apertura— los peatones pudieran sortear un tramo congestionadísimo de calle atravesando el centro comercial, como ocurre en Plaza Coyoacán y Plaza Universidad, sino un paso peatonal y ciclista completo, que ofreciera una opción de desfogue diseñada para las personas que no se desplazan en automóvil y que son la enorme mayoría.
  2. La construcción de un distribuidor modal en alguno de los sótanos del centro comercial, donde cabrían, sin dificultad, todas las rutas de peseros y autobuses que hacen terminal en las calles, con lo que éstas habrían podido quedar mucho más despejadas, mientras que los usuarios de transporte público habrían podido acceder directamente del metro al distribuidor, sin subir a la superficie, pues hay unos pocos metros entre los pasillos de la estación Miguel Ángel de Quevedo y los sótanos de Oasis Coyoacán.

Pero medidas como éstas son propias de ciudades con políticas urbanas robustas y mecanismos ciudadanos de control gubernamental más o menos eficaces. Obras privadas con coordinación pública que integran procesos y actores comunes, que apuntan hacia la formación de comunidades, por más precarias y conflictivas que éstas sean; nada que ver con nuestra ciudad, donde los oasis privados siguen apareciendo a costa de los infiernos públicos.

13 Respuestas a “Oasis privado, infierno público

  1. Vivo en Coyoacan y no pienso ir ahí, después de ver lo que causa en detrimento de mi calidad de vida y la de todo mi hermoso barrio, y claro que ire a manifestarme para que hagan algo porque si es su responsabilidad, toda empresa que lucre en Coyoacán, tiene responsabilidad de mantener la calidad de vida de esta sociedad

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  2. Tuve la fortuna de conocer este sitio agradable y poder leer un libro ya qué tiene sillones y espacios qué invitan a la lectura. Yo creó qué le falta más promoción.

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  3. Hahaha para mi que el que escribio el articulo no le alcanzo para gastar en la plaza. Yo estuve ahí anoche y el lugar está hermoso y denota buen gusto y exclusividad, cosa que diferencian al centro de Coyoacán con este espacio

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  4. No obstante la problemática vial y acceso a la plaza, es preocupante la tendencia creciente a sustituir espacios públicos, como parques o museos, en ambientes sujetos al mercado, es decir, plazas comerciales.
    Difícilmente se escucha hoy en di la creación de parques, no lineales -como los que se construyen en camellones-. El espacio que ocupa Osis Coyoacán bien pudo haber sido destinado para cenar un parque lo suficientemente grande para mitigar el impacto de vivir en la ciudad. ¿Que tan necesario es que en un radio de aproximadamente 4 kilómetros existan 4 plazas distintas?
    Solo podemos contestar estas preguntas a partir de un urbanismo salvaje donde la oferta y la demanda van mas allá de un bienestar común y pretenden acabar con la ya caótica Ciudad de México.
    Derecho a la ciudad.

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  5. Creo que la plaza esta diseñada para los usos y costumbres de sus potenciales clientes. Es justo criticar que en estas semanas la zona ha sido caótica por la nueva apertura y que probablemente se pudo haber hecho un mejor diseño en cuanto a entradas peatonales y de autos. Pero sugerir que se debió de haber construido un “distribuidor modal en alguno de los sótanos del centro comercial” me parece ridículo.

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