Entre los escombros

por Bernardo Ibarrola *

Yo los vi. Cubiertos de polvo de pies a cabeza; sin edad, sin color de piel; sólo ojos y boca; moviéndose sin parar, como hormigas, entre los escombros, sacando toneladas y toneladas de piedras, torciendo varillas, inventando palancas, aprendiendo solos y a la primera el uso de soldaduras autógenas y martillos hidráulicos.

No hacían comentarios, comunicaban sólo lo indispensable. Díganle a los de allá que alejen más los escombros, porque ya no caben. Silencio, por aquí. ¡Silencio, los motores! Por aquí. Por aquí. Y los de allá recibían el mensaje quien sabe cómo y quitaban los escombros, y llegaban camiones que se llenaban en un segundo y se iban cargados de escombros. De vez en cuando se hacía un silencio y pasaba como flotando una camilla rumbo a un punto preciso; una vez cargada, a veces regresaba despacio, tocada apenas por cada mano, instantáneo cortejo fúnebre; otras salía volando, atenazada por tres espectros empolvados y frenéticos, ¡una ambulancia!, y a los tres minutos los espectros habían vuelto y volvía el ruido y el trabajo: a buscar vivos, a sacar muertos.

Hazte para allá, niño, me había dicho uno que conducía una camilla. No lo era tanto, tenía 14 años, pero me tardé en sobreponerme al terror del primer cadáver y supe que ahí no podría hacer nada. Así que comencé a moverme por la calle; era lo mejor que podía hacer para no escuchar el voceo de lugares conocidos que se habían caído, para no imaginar a las personas conocidas debajo de los escombros, muertas o, peor aún, vivas.

El multifamiliar Juárez. (Foto tomada de aquí.)

El multifamiliar Juárez. (Foto: UNAM, tomada de aquí.)

Entonces a mí tampoco nadie me dijo qué hacer. Me le escapé a mi madre y me puse a juntar herramientas de puerta en puerta, a tratar de calmar crisis de nervios con las pocas palabras que me sabía, a abrir latas y a cocinar sopa. Las cajas de comida llegaban, al igual que los garrafones de agua y los tanques de gas, sin que supiéramos cómo, ¿ustedes de dónde vienen? De Ingeniería, de la Ibero, de Zacatenco, nos decían mientras descargaban. Ya no nos traigan más, hasta mañana; parece que hay otra cocina en Querétaro y Mérida.

Yo los vi. Eran mi hermano y mi vecino a quien por poco mata un pedazo de loza que nada más le luxó el hombro. Era mi hermana organizando una cola de desesperados para repartir el efímero milagro de nuestro teléfono, que tuvo línea un par de horas más. Era el dueño insufrible de la ferretería de la esquina que abrió las cortinas de su local y que dijo llévense todo lo que les sirva (así lo hicimos, de inmediato). Eran mi vecina y mi madre y las hermanas de mi vecina que decidieron que había que hacer de comer para los muchachos. Eran los soldados que se incorporaron a las cuadrillas y que se notaban sólo porque se turnaban ordenadamente y en grupos para descansar y comer. Era aquel policía judicial, con el arma y las esposas en sobaquera, en el área más sensible del derrumbe, atento como un gato, buscando movimientos o sonidos entre los escombros. Era mi padre, en la madrugada, tras la jornada en la SEP, empolvado, sin rasurar, con una identificación que no usaba nunca en el bolsillo de su saco, en silencio, como nunca antes.

Yo los vi. Yo sé lo que hicieron hace 29 años. Gracias.

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