Como la cigarra

por Alicia del Bosque *

Se evapora, pues, el mito. Se extingue el disfraz (la botarga) que durante más de veinte años fue tenido como el rostro del movimiento social más importante del fin de siglo mexicano. Pero lo hace como el referente que le da sentido a la metáfora: del estado líquido al gaseoso para volver de nuevo al líquido, el pasamontañas del primero de enero de 1994 deja de ser —se evapora— para ser.

Quien sea que haya sido aquél antes de la primera toma de San Cristóbal de Las Casas, quien sea quien haya sido aquel otro de las conversaciones en la catedral, las convenciones, las declaraciones, las caravanas, las campañas y las organizaciones, del escribir delirante de las últimas dos décadas, a partir de la madrugada del domingo próximo pasado es una nueva máscara, tan ficticia y tan engañosa como todas, pero también tan útil y reveladora. Y aunque el nuevo nombre no tiene el pedigrí del evangelista del león, la doble invocación que contiene basta y sobra preservar el carácter del personaje —pues si algo definió la vida de José Luis Solís López y define todavía a Las venas abiertas de América Latina es su voluntad pedagógica.

No hay nada nuevo en esa afición a los juegos especulares, por supuesto. Desde el principio de su andar por el mundo (fuera de la selva), el nuevo zapatismo ha gustado de practicar la ironía y el humor, la ambigüedad y la opacidad, con plena conciencia de que la reinvención del mundo requería, requiere, transformar también el lenguaje de la política, estirarlo más allá de sí mismo para que las palabras recuperen algo de su vitalidad connotativa. A menudo, más aún, ese lirismo vanguardista —el boom latinoamericano hecho retórica— ha sido considerado como la principal de sus características, especialmente por aquéllos que seguimos imaginando que todo verdadero relato revolucionario debe incluir al menos una toma de Santa Clara o un asalto al palacio de Invierno.

El empleo de una canción de María Elena Walsh en el mensaje del 25 de mayo es particularmente ilustrativo de esta actitud subversiva: aunque la cita de “Como la cigarra” (1972) es más bien casual, y no se la identifica de ninguna manera en el manifiesto, la clave del texto es precisamente la apropiación de unos versos que alguna vez fueron patrimonio de la izquierda latinoamericana, en buena medida porque desde que Mercedes Sosa comenzó a cantarla, en las horas más oscuras de la última dictadura argentina, adquirieron un sentido cabalmente epocal:

Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí

Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui,
solo y llorando.

Hice un nudo del pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la única vez
y seguí cantando.

Que una canción “de protesta” de los años setenta del siglo XX sirva de pivote para el documento no hace sino confirmar que, efectivamente, los zapatistas se plantean las cosas desde las antípodas de la política convencional; esto es, en contra de un modo de construcción retórica que en general prefiere los lugares comunes y las vaguedades analíticas antes que la (re)elaboración de una poética de lo concreto. Al mismo tiempo, muestra hasta qué punto la cosmovisión de los indios rebeldes no es sólo resulta de los saberes ancestrales de Mesoamérica sino también de la cultura de masas contemporánea.

Sea como sea, la metamorfosis de Marcos en Galeano parece haber llevado al discurso zapatista hasta un punto de no retorno, al extremo mismo de sus posibilidades discursivas, pues en el renacer de uno en el otro parecería que se está completando una fase de la historia zapatista —que de este modo puede comenzar a evaluarse como un ciclo en sí mismo, como historia en el sentido tradicional del término.

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