por Alberto Betancourt Posada *

12 de noviembre de 2013. Es medio día en el campus universitario. Investigadores de diversas disciplinas interesados en la historia de la conservación de la biodiversidad acuden al edificio Adolfo Sánchez Vázquez a un acto de diálogo sur-sur. Las máquinas taladran inclementes los últimos remanentes del pedregal de San Ángel. El ruido es infernal. La UNAM destruye la reserva de la biósfera que está bajo su custodia. Pero no todo está perdido. El doctor Freddy Delgado arriba a la sala de videoconferencias de la Facultad de Filosofía y Letras para hablar sobre el buen vivir y la importancia de los conocimientos indígenas, aymaras y quechuas, para prevenir, mitigar, adaptarse y revertir los efectos del cambio climático.

La Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba, ha puesto en práctica uno de los experimentos de descolonización epistemológica más importantes del continente, pues se propone resolver los problemas ambientales mediante el diálogo intercultural e intercientífico, aseguró el director de su Centro de Agroecología. Durante su conferencia —organizada por el proyecto “Observar al G20 desde el sur”, el seminario “Globalización, ciencia y diversidad biocultural” y la Red de Etnoecología y Patrimonio Biocultural de Conacyt—, el prestigiado investigador explicó que el reconocimiento de Bolivia como nación multicultural implicó el reto de reinventar la educación superior a partir de asumir la necesidad de una ciencia diferente, en la cual es indispensable la participación de los pueblos indígenas en la elaboración de estrategias nacionales e incluso globales de preservación de la biodiversidad, conservación de ecosistemas y enriquecimiento de la diversidad agrobiológica. En Bolivia, señaló, tratamos de crear un sistema agrícola, agropecuario y ambiental alternativo al que promueven las grandes empresas trasnacionales. En Bolivia, el proceso de liberación implica revalorar el saber local.

Vivir bien es un concepto que pretende generar una alternativa a las formas de producir y consumir. La “ley de la madre tierra” —aprobada por el congreso boliviano en 2012, cuyo texto completo puede verse aquí— forzó a la universidad a afrontar la compleja y placentera tarea de detectar, dialogar y potenciar los saberes locales, y devolverlos en formatos que recuperen y validen la sabiduría tradicional. Por eso ha iniciado diversos programas de formación en saberes tradicionales comúnmente co-impartidos entre académicos institucionales y expertos tradicionales, en modalidades y niveles que van desde técnico, técnico medio, técnico superior, licenciado, maestro y doctor, en temas como climatología tradicional (mitigación y adaptación al cambio climático), agroecología tradicional (usos sustentables e ingeniería de alimentos (basada en el paradigma de la soberanía) y botánica tradicional, entre otros.

La Universidad Mayor de San Simón investiga y promueve un concepto de innovación (técnica, tecnológica, productiva) basado en los valores originarios, holísticos, amigables con la naturaleza, e inspirado en la solidaridad y la cooperación; es —aseveró— un enfoque alternativo a la innovación secuestrada por la competencia comercial. En tono afable, Freddy afirmó que se trata de desarrollar una innovación tecnológica para el bien común, una renovación asentada en el diálogo intercultural, en el cual todas las culturas saben algo y tienen algo que aportar y que aprender, y que en vez de patentar o esconder lo que saben, lo quieren compartir. Es un diálogo intercientífico —a reserva de que existen muchas posturas sobre cómo llamar a la sabiduría indígena: si ciencia de lo concreto, etno-ciencia, saber empírico, o ciencia popular.

Un yatiri en Tiwanaku. (Foto: Juan Karita, AP.)
Un yatiri en Tiwanaku. (Foto: Juan Karita, AP.)

El vivir bien, remató, implica bailar bien, comer bien, tener trabajo digno, convivir con respeto y afecto, conocer bien, sentirse a gusto, participar, relacionarse armoniosamente con la naturaleza. El concepto implica promover una idea más integral del desarrollo. Esa es nuestra visión pachacéntrica —es decir, regida por la Pachamama—, en la que la especie humana es parte y no reina de la naturaleza, dijo. Su aplicación nos llevó al concepto de desarrollo endógeno sustentable. La revolución boliviana ha implantado en la constitución el concepto de soberanía alimentaria, en complemento de y contrapunto a la definición de seguridad alimentaria promovida por la UNESCO. La ley de leyes de nuestro país, aseveró, ha planteado que el estado debe promover la producción y consumo de alimentos elaborados en el territorio boliviano y basados en las tradiciones andinas y amazónicas. No sólo se trata de que haya alimentos disponibles; se trata de fortalecer la soberanía, la axiología, la epistemología y la ontología plurinacional e incluso de toda la región sur.

Bolivia, esa revolución en curso en pleno siglo XXI, representa, sin lugar a dudas, uno de los futuros posibles de América Latina. Es un gran experimento social en materia de expansión de los derechos indígenas y en el diálogo de saberes para resolver problemas ambientales complejos. Sus logros constituyen un capítulo muy interesante de la historia de la conservación de la biodiversidad.

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