Acayucan, 1787; una historia total

por Álvaro Alcántara López

Mi profundo agradecimiento a mis maestros Antonio Ibarra, Juan Pedro Viqueira, Antonio García de León, Marialba Pastor y Felipe Castro por haberme acompañado en esta aventura.

Yo quería contar una historia, quería contar una buena y compleja historia que sirviera para pensar problemas del presente y del pasado. Quería… pero al iniciar los estudios de doctorado no sabía muy bien cómo hacerlo. La tesis de maestría me había permitido conocer la historia social del sur de Veracruz, siguiéndole la pista al funcionamiento de las estancias y, más tarde, las haciendas ganaderas que allí se habían establecido desde finales el siglo XVI. Pero lo que me interesaba especialmente en aquel trabajo era la vida social que habría podido generarse en los intersticios del latifundio ganadero.

El asunto en cuestión estaba íntimamente relacionado en comprender cómo se había construido históricamente la cultura popular jarocha, un universo cultural festivo que me inventó a la vida poco antes de iniciar la universidad y al cual aún sigo vinculado. Aquel trabajo sobre la vida social en las haciendas ganaderas era una sugerencia hecha por Antonio García de León, maestro y amigo a quien conocí primero como sonero mayor del sotavento y, más tarde, como el enorme historiador que es. Toño tenía razón. Aquella primer pesquisa me puso en contacto con los actores principales de la historia colonial del sotavento veracruzano: la ganadería mayor, la población negra, parda y mulata, los pueblos indios, las oligarquías, las hechicería y conjuros y… los fandangos.

Interesada en demasía en aquellas provincias productoras de plata y aquellas regiones circundantes en donde los metales preciosos extendían sus “virtuosos efectos de arrastre”, sólo fue hasta los años noventa que la historiografía colonialista empezó a mirar a esas otras regiones donde parecía no haber pasado nada. En ese tenor, fueron las regiones productoras de cultivos comerciales (grana cochinilla, algodón, añil, cacao) las que primero empezaron a recibir la atención de los historiadores, de la mano del estudio de los circuitos mercantiles, la conformación de los mercados regionales y la animada polémica en torno a la conformación o no de un mercado interno novohispano.

Para el caso de la costa de Sotavento, a excepción de algunos trabajos un tanto dispersos (Aguirre Beltrán, Florescano, García de León, Widmer, Velasco Toro, Delgado Calderón, Ortiz Escamilla, Celaya o Juárez) era relativamente poco lo que se había trabajado sobre la segunda mitad del siglo XVIII y bastante menos desde el análisis de lo social. ¿Cómo había funcionado en las provincias costeras de la costa de Sotavento el sistema colonial? ¿Cómo se había dado la interacción social entre indios, pardos y europeos en aquellos siglos? ¿Qué papel habían jugado las oligarquías regionales en el mantenimiento del llamado “orden colonial”? ¿En qué medida los efectos de las reformas borbónicas permitían comprender la guerra de independencia en esta región? ¿Cuáles fueron las reacciones de indios y pardos a las políticas reformistas de la corona y los grupos de poder local y regional?

Tras haber trabajado desde la perspectiva de la historia regional las distintas provincias que componían las llanuras costeras del Sotavento (Nuevo Veracruz, Cosamaloapan, Los Tuxtlas, el extinto corregimiento de Guaspaltepec y la provincia de Coatzacoalcos o Acayucan), esta nueva investigación doctoral implicaba fijar la mirada en Acayucan y  reconstruir la vida social de aquella provincia a lo largo de cincuenta años. La investigación de maestría sobre las haciendas ganaderas me había alertado que el análisis del conflicto y la interacción social, las prácticas disidentes y los ejercicios de poder parecían ejes analíticos adecuados y útiles para contar mi historia sobre una región de la que poco se conocía.

La buena historia social que había conocido gracias a mis maestras y maestros de la UNAM me hacía querer contar una historia total siguiendo los ejemplos de Le Roy Ladurie, García de León, Thompson, Viqueira y Levi. Un ejercicio como el propuesto exigía, no obstante, encontrar un episodio revelador, la trama narrativa que me permitiera reconstruir, pero sobre todo engarzar, los episodios de vida y comportamiento más general de indios, pardos y algunas decenas de españoles. Reconstruir los escenarios y contextos donde lo político, social y económico y cultural pudieran expresarse. Después de mucho batallar, encontré en un motín de indios, ocurrido en el pueblo de Acayucan en octubre de 1787, lo que andaba buscando. El episodio llamaba la atención por haber sido la única acción colectiva de descontento popular del periodo colonial en la que se empleó la violencia (de parte de autoridades y de los indios) y que tuvo como desenlace la muerte de varias indias e indios y de algunos pardos y españoles del pueblo, incluido en estos últimos un teniente de justicia. (El alcalde mayor, que en un primer había sido capturado y entregado a las mujeres, pudo escapar de sus captoras y refugiarse en la iglesia.)

Para ese entonces habían pasado los mejores años de la “moda Braudel” (esa interesante y fructífera perspectiva de emplazar los acontecimientos, los ciclos y coyunturas en un análisis de larga duración, de historia casi inmóvil) y la llamada microhistoria italiana, aunque había generado cierto interés en el medio, lo cierto es que llegó y se fue (lamentablemente) como una moda más, reducida invariablemente a las “sorprendentes opiniones” de Doménico Scandella, que Carlo Ginzburg contó de manera apasionante y magistral en un libro por demás famoso.

Por otra parte, los trabajos de Le Roy Ladurie, Duby o Thompson, aunque mostraban convincentemente las ventajas de combinar el análisis social, cultural y económico, no parecen haber influido de manera consistente la producción historiográfica mexicana —o incluso latinoamericana— de los años ochenta y noventa. La mayoría de estas propuestas fueron subsumidas bajos los moldes de la historia regional y aparecían eventualmente como nota al pie en los trabajos o, en otros casos, como ejemplos de que también en la América colonial podían encontrarse esos personajes fascinantes y maravillosos de los que hablaba la historiografía europea de moda.

Sin embargo, estas prácticas historiográficas y sus autores habían dejado una profunda huella en mí; en aquel momento pensaba que ensayar una aproximación que intentara combinar esas tres perspectivas historiográficas podría ser de mucha utilidad para comprender lo que había pasado en una provincia ganadera veracruzana durante la coyuntura reformista borbónica. Mis profesores, lejos de matar mi ilusión, me alentaron a realizar aquel trabajo y, al final, me enfrasqué en una investigación que, sólo a punto de defender la tesis, supe que exigía de mucho tiempo y esfuerzo, pero sobre todo de maduración y oficio como historiador. A la distancia pienso que quizá no debí ser tan ambicioso. Que hubiera sido mejor proponerme una tarea más modesta; abandonar aquel viejo proyecto de historia total de los años setenta y diseccionar escrupulosamente la investigación para especializarme en asuntos más asequibles para un historiador en formación: las alcabalas, las milicias de mulatos, la oligarquía, los pueblos indios popolucas, la siembra del algodón, el tributo de indios… Pero uno es el animal que es y mi animal me alentaba a realizar aquella empresa. La cuestión era saber combinar los tiempos académicos con los tiempos de esa investigación, un dilema que cada vez más empuja a reducir la escala temporal y espacial de las investigaciones (y en no pocas ocasiones su complejidad), pues en la actualidad hay que publicar mucho y producir rápido.

Al final fui por mi historia y conseguí escribirla quizá mejor de lo que alguna vez imaginé —aunque no sin retrasos y sin arrepentirme más de una vez de mi obstinada decisión. Fue así como empecé a construir, desde el obsesiva y constante trabajo en el Archivo General de la Nación y tres breves estancias en el Archivo General de Indias, una microhistoria de la provincia de Acayucan durante la segunda mitad del siglo XVIII, a partir del análisis exhaustivo de cada personaje y episodio de vida que apareciera documentado en las fuentes coloniales.

acayucan

Si un motín de indios sería el punto de partida tenía que conocer la naturaleza y funciones de estos episodios contestatarios, tanto para el periodo temporal y espacial que yo trabajaba como para otras regiones del mundo y momento histórico. Y eso hice. De a poco me fui dando cuenta que en buena parte de las investigaciones había cierta naturalización de los movimientos sociales, que tendía (¿tiende?) a explicar la protesta social, especialmente aquellas ocurridas en espacios locales (asonadas, motines, tumultos o incluso rebeliones), a partir de lo que denominé en la investigación un ethos rebelde. ¿Por qué ocurrieron las protestas y rebeliones? —puede deducirse de varios trabajos—. Porque la gente quería hacerlo.

Una vez validada esta idea, si “así habían ocurrido los hechos”, al investigador sólo resta “documentar” esa voluntad y espíritu rebelde. Aunque de hecho lo que se hace es documentar las probables causas que “explican” el acto contestatario pero no la supuesta “voluntad” de rebelarse. La compleja variedad de litigios, demandas, representaciones, desobediencias o alegatos (individuales o colectivos) quedan subsumidos —en el mejor de los casos, pero no siempre— como momentos previos a la realización de un “deseo rebelde” que, ya se sabe, terminará por realizarse.

El riesgo de esta forma de ver las cosas reside en que se interpretan las acciones previas en función del desenlace del episodio rebelde (aplicando por lo general una explicación post factum), con lo cual se minimiza el contexto específico de las prácticas disidentes previas (litigios, demandas, burlas); se presta poca atención a los actores que allí intervienen y poco o nada se reflexiona sobre las tensiones sociales e intereses que entraban en juego. Si un episodio previo no involucra directamente a los actores que más tarde intervendrán en la rebelión o tumulto es frecuente que se le pase por alto o no se le vincule al estudio más amplio de las prácticas de poder y los recursos populares de hacer frente a ese poder.

Es entonces cuando cobra todo su valor interpretativo el análisis relacional, así como la escala de observación elegida para desarrollar la investigación. El nombre y apellido de los personajes (pero igualmente las toponimias de los pueblos y asentamientos) constituyen el hilo de Ariadna al momento de buscar en el archivo y de poner en relación y dotar de significado a unos episodios en función de otros, aun si estos habrían ocurrido varias décadas más tarde o más de un siglo antes. Se empieza entonces a reconocer y reconstruir del conjunto de prácticas disidentes, trayectorias sociales, vínculos y parentescos, cargos y oficios desempeñados o recursos legales desplegados a lo largo del tiempo.

Un segundo aspecto tiene que ver con el punto ciego del estudio de los movimientos sociales en su versión más clásica. Al fijar especialmente la atención en el momento del motín, rebelión o tumulto (es decir, en aquellos momentos de acción colectiva frente al poder, que puede incluir o no el uso de la violencia), suele reafirmarse la conservadora idea que sostiene que los grupos subordinados son incapaces de ejercer la acción política y la única alternativa que tienen para hacer saber a los poderosos su descontento y malestar es mediante el uso de su fuerza física —de la violencia pues. Muestra de ello es la sorprendente facilidad con que los trabajos asumen la versión oficial de los hechos, atribuyendo a los quejosos los estereotipos y bestializaciones con las que aparecen caracterizados en la documentación. Desde esta perspectiva, los grupos subordinados no sólo “reaccionan” irracionalmente frente a la opresión, abusos y maltratos de los grupos dominantes, sino que carecen de capacidad política para oponerse y resistir a la explotación laboral, el despojo o el maltrato. Esta percepción resulta, a todas luces, equivocada e indefendible en términos historiográficos.

La decisión de abordar la historia social de una provincia colonial  desde el estudio de la disidencia cotidiana fue mi respuesta metodológica a las concepciones historiográficas más conservadoras. Los acontecimientos ocurridos el día del motín y las pesquisas realizadas por la autoridad española durante las semanas posteriores, con el fin de poner en claro lo que había sucedido y fincar las respectivas responsabilidades, me permitieron reconocer a los actores y los elementos del sistema colonial que habría de rastrear hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. Allí estaban los pardos y mulatos milicianos que dispararon a la muchedumbre india; los notables del pueblo con su versión alterna de lo ocurrido y sus quejas contra el alcalde mayor; las facciones en pugna del pueblo indio; el alcalde mayor y su carácter bonachón y despistado; la oligarquía ganadera representada por alguno de sus miembros, pero en su versión de funcionario de la corona; las mujeres indias liderando la facción disidente; el teniente del alcalde mayor y sus funciones como recaudador de los repartimientos; el poder político del gobernador de Veracruz a través de militar enviado para pacificar al pueblo (el pueblo se encontraba en santa paz cuando éste llegó); los nuevos funcionarios de alcabalas y estancos reales que vinieron a complicarlo todo; el sistema de repartimiento; o el chisme y su run run venenoso, como medio predilecto de los acayuqueños para difundir las noticias, rumores y acontecidos del día a día.

A todos y cada uno de estos actores y personajes (o al menos a la mayoría), tras haberlos identificado el día del motín y luego separarlos para estudiarlos mejor, había que intentar reconocerlos y relacionarlos, incluso en aquellos episodios que a primera vista parecían más anecdóticos, como las tensiones producidas en el pueblo de Acayucan porque un apuesto y joven cura mantenía relaciones sexuales con la mujer del alcalde mayor y, tras la muerte de ésta, con su hija; o cuando las cajas de comunidad de los pueblos indios fueron desfalcadas a iniciativa del teniente de justicia (el mismo que dos años más tarde perecería el día del motín) y el alcalde mayor debió recurrir a la mediación de la oligarquía local para activar sus vínculos con los miembros del consulado capitalino a fin de presentar ante la real hacienda una libranza que cubriera el dinero.

Al ocuparme de reconstruir los contextos en que ocurrieron las demandas, denuncias, representaciones y protestas pacíficas de indios y mulatos a lo largo de medio siglo o más, pude reconocer la puesta en marcha de estrategias políticas definidas que claramente expresaban un conocimiento de cómo funcionaba el sistema de poder y bajo qué mecanismos y recursos legales o extralegales se podían limitar o revertir las prácticas autoritarias, sabiendo con toda claridad que los mismos funcionarios encargados de “impartir justicia” formaban parte (en la mayoría de los casos) de una oligarquía que cada vez más amenazaba su autonomía y sobrevivencia.

Al comprender estos episodios disidentes desde una lectura de conjunto cambió la percepción inicial que me había hecho del motín. Si rebelarse abiertamente contra el poder y la opresión no es el primer impulso, ni remotamente el segundo o el tercero de los grupos subordinados, el motín no necesariamente constituía el episodio disidente más importante, ni las acciones de resistencia ocurridos antes del 21 de octubre de 1787 eran momentos previos a una protesta violenta e irracional que debía ocurrir de manera inevitable.

Aprendí entonces que no siempre los motines, asonadas o tumultos ocurren porque los grupos subordinados así lo desean. Antes lo contrario. La conciencia de condiciones asimétricas de poder de parte de unos y otros muy probablemente hizo que, de inicio, los indios (pero también los mulatos y pardos) evitaran un choque frontal con alcaldes, curas, hacendados, comerciantes y demás funcionarios de la administración, empleando en cambio los recursos legales que tenían a su alcance. Paralelamente ocultaban algunos bienes, no declaraban el total de lo producido, invertían discretamente en la compra de ranchos o establecían alianzas con los enemigos de sus adversarios. La puesta en marcha de toda esa política disidente, de resistencia cotidiana, ha sido lo que mi investigación ha querido poner de realce.

Al final de la investigación cuatro aspectos me parecían que estaban al centro de las tensiones sociales de la provincia de Acayucan y de sus correlativas expresiones de disidencia: primero, los litigios de tierras y el intento de los indios por recuperar porciones de territorio perdidos entre el siglo XVI y XVII; segundo, la defensa de la autonomía india para decidir sobre los asuntos de los pueblos; tercero, la creciente presión fiscal y el robo de las cajas de comunidad a los indios. El cuarto y último aspecto refiere a un “actor” que se volvió fundamental en mi investigación: una familia oligarca y el poder ejercido por ella.

El análisis relacional me fue de gran utilidad para comprender el funcionamiento y composición de la oligarquía acayuqueña, un grupo de origen genovés que ejerció su poder durante varias décadas apuntalado en la posesión de latifundios ganaderos (es decir, mucha tierra disponible en una coyuntura de crecimiento demográfico que intensificó la demanda de tierra); el monopolio del comercio de algodón, cacao e ixtle, y la cooptación de los principales puestos y oficios de la administración colonial.

En la investigación logré documentar las acciones y estrategias que durante medio siglo y más desplegó esta red parental en la jurisdicción. Con ello se muestra la capacidad que elites como la acayuqueña tuvieron para reaccionar a las políticas reformistas, así como llamar la atención sobre el aprendizaje acumulado por estos grupos en la explotación laboral de indios y mulatos y en la buena administración de las jurisdicciones coloniales. La obtención de un alto grado de autonomía en el manejo de “sus” provincias fue la recompensa que obtuvieron las elites regionales por hacerse cargo de los asuntos administrativos de las Indias y asegurar la extracción de renta a favor de la hacienda real. Imprescindibles en funcionamiento del sistema colonial, las oligarquías regionales novohispanas constituyen un aspecto fundamental para comprender la suerte de las mencionadas reformas y el funcionamiento en su conjunto del virreinato en las décadas previas al inicio de la guerra, pero también del desempeño que muchas regiones tuvieron durante las primeras décadas del México independiente.

“Disidencia, poder, familia y cambio social en la provincia de Acayucan, 1750-1802” es un ensayo historiográfico que empleó a la provincia de Acayucan como un laboratorio para pensar problemas sociales, de antes y de ahora, intentando comprender el funcionamiento del sistema colonial español en las décadas previas al ocaso del imperio donde el sol nunca se ocultaba. Es un intento legítimo y honesto de contar una historia total y compleja, humana —demasiado humana—, que alcanza a expresarse pálidamente en un conjunto de documentos dispersos y fragmentarios que hablan más de lo que dicen, pero cuentan su verdad.

Quería contar una historia, una buena historia. Lo que no imaginaba era lo mucho que aprendería de mi oficio al escribirla.

 [“Disidencia, poder, familia y cambio social en la provincia de Acayucan, 1750-1802”, de Álvaro Alcantara López, ganó el premio Francisco Javier Clavijero del INAH a la mejor tesis de doctorado en 2016.]

6 Respuestas a “Acayucan, 1787; una historia total

  1. Muy interesante su trabajo y como dice fabiaveralda “iliminador”, ¿es posible conseguir el libro de su tesis?, ¿se publicará en el futuro?. Mi agradecimiento y admiración.

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  2. Pingback: Acayucan, 1787; una historia total | Alvaro Alcántara·

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